26 de agosto de 2013 / 01:46 p.m.

Monterrey • Eran ya 500 pesos lo que Laura le había depositado a su tarjeta 35 minutos atrás, cuando llegó al casino Revolución.

La mujer, de unos 55 años, vestida con ropa sencilla, se sentó frente a una máquina decorada con imágenes de cartas y artículos de ilusionistas, junto con la leyenda “Magic Money”.

Se escuchó un chistido y, alzando una mano, decidió llamar a uno de los empleados y después sacó su cartera de la bolsa… lo jugado no era suficiente.

“¡Muchacho!, ¡muchacho!”, le gritó al ver al trabajador, quien apresurado acudió hasta su lugar. “Póngale otros 200”.

“No me está dando nada, nada más me están dando una friega”, agregó mientras una sonrisa se dibujó en su rostro.

Eran apenas las dos de la tarde en un jueves y, en esta casa de apuestas, cientos de clientes ya jugaban en las máquinas que están al interior.

Han pasado ya dos años del peor atentado del crimen organizado contra la población civil en Nuevo León: el incendio del Casino Royale. Nada de eso importa, pues aunque el Revolución también ha sido atacado a balazos y con granadas en al menos dos ocasiones ?la primera en abril de 2011 y la segunda en julio de 2012?, los pasillos lucían llenos.

Aunque en las pantallas se da información de las salidas de emergencia, hidrantes y extinguidores, nadie se percata de ello, toda la concentración se enfoca a introducir la apuesta correcta y en la esperanza de sacar la “atracción mayor”.

En el área de Bingo, se colocaron Cristina junto con Liliana, dos mujeres de unos 40 años, quienes salieron de su trabajo para ir a jugar, como frecuentemente lo hacen.

“Estamos por la hora de comida”, menciona Cristina, “aquí comemos, aunque jugando hasta se te olvida que tienes hambre y más si vas ganando”.

“Luego se nos hace tarde porque nada más tenemos una hora, ya nos han regañado, pero la divertida quién te la quita”.

El no poder caminar bien no es impedimento para ir a apostar y un ejemplo de ello son Manuel y su esposa Maricela ?quien porta un andador?, ambos de más de 60 años quienes se ubicaron en máquinas instaladas en la planta baja.

“¿Ya llevas todo eso?”, le dijo Manuel a su esposa al verificar su pantalla, tras recargar su tarjeta con la terminal móvil de un empleado.

“Sí, ya me dio 500”, le respondió, “pero es que esta máquina es buena, siempre da y aunque no lo fuera, cómo nos vamos a otra”.

 — CRÓNICA POR NADIA VENEGAS