25 de abril de 2013 / 01:42 p.m.

La infinidad de flashazos la deslumbran y le taladran el cerebro. Clara Tapia Herrera se siente desmayar en medio de ese torbellino de cámaras fotográficas y de televisión… del cúmulo de grabadoras de reporteras y reporteros que consignan que ella —sin saberlo— ahora es “cómplice” del llamado “Monstruo de Iztapalapa”.

Es el 6 de septiembre de 2011. En el búnker de la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) se presenta ante los medios a Jorge Antonio Iniestra Salas, de 32 años, cinco personas más —entre ellas dos de sus hermanas y un hermano—, y a Clara Herrera, de 44, y ex pareja del primero.

Todos en un primer momento acusados por los delitos de secuestro, homicidio en razón de parentesco, lesiones calificadas en razón de parentesco, corrupción de menores, trata en su modalidad de explotación laboral de menores y violencia intrafamiliar.

Clara, con una blusa y sudadera de color rojo, aparece sentada; está muy seria y en su gesto pétreo parece apretar los dientes. Le resulta inconcebible que ella, que padeció años de humillaciones y violencia de parte de Jorge Antonio, ahora sea presentada como una criminal. Es tanto el dolor que le es imposible llorar.

Iniestra Salas secuestró y violó durante siete y cuatro años (respectivamente) a sus dos hijastras, Gabriela y Rebeca; a esta última la asesinó en 2009 junto con la hija pequeña producto de la violación.

Clara era una mujer que lo único que quería era el bienestar de su familia. Pero eso no le importó al sistema judicial: ella pasó de ser víctima a presunta responsable del secuestro y violación de sus dos hijas.

A casi año y medio de distancia, Clara sigue presa en el Centro Femenil de Readaptación Social Tepepan, en la delegación Xochimilco, al sur de la Ciudad de México, en espera de ser sentenciada o lograr su libertad. Es acusada del delito de corrupción de menores contra sus tres hijos: Gabriela, Rebeca y Ricardo.

En entrevista con Cimacnoticias en ese penal, Clara narra su historia, el horror vivido al lado del que en verdad es un “monstruo”, su miedo a denunciar por haber sido amenazada, la búsqueda y negación de justicia, y su rabia por padecer una doble victimización.

Con el uniforme azul marino característico de las internas de este reclusorio, esta mujer, morena y de facciones recias, se muestra tímida. Como muy pocas veces, lleva suelto su cabello negro y lacio; luce unos pequeños aretes.

Al iniciar la conversación, Clara toma inesperadamente la mano de la reportera y en voz baja comienza a hablar como una niña atemorizada: ""Sigo teniendo miedo. ¡Jorge aún está ahí! ¡Se va a burlar de mí! ¡Lo conozco! ¡Tengo miedo!”".

La mujer no oculta el pavor que le provoca el reencuentro, cara a cara, con su ex pareja a pocos días de realizarse una audiencia en el Reclusorio Sur en la que ella narraría su historia ante un juez, los abogados y el propio Jorge Antonio, detenido en ese penal.

Tras lo que pareció una regresión infantil, Clara toma aire y se infunde valor para relatar su vida, pero no le es fácil. Su rostro tiene un aura de desamparo mientras que sus ojos carecen de brillo. Al hablar muestra una dentadura ennegrecida por los cuatro años que tuvo que comer de la basura al darle todo su dinero a Jorge Antonio Iniestra.

Vida de violencia

Clara es originaria del municipio poblano de Chiautla. Cuenta que desde que tenía 10 años de edad comenzó a vivir episodios de violencia en su propio hogar. Las lágrimas vuelven y es tan apretado el dolor, que prefiere no dar detalles de esos momentos que la marcaron al grado de considerar como “normales” tales agresiones.

Estudió enfermería, pero no concluyó sus estudios porque “se enamoró” por vez primera y tuvo un embarazo que provocó que la expulsaran de la escuela. Así nació Gabriela, su primogénita. Su entonces pareja evadió la responsabilidad paterna y las abandonó.

Años después, Clara creyó volver a encontrar el amor. Se casó y tuvo dos hijos más: Rebeca y Ricardo. Durante 12 años sufrió humillaciones, insultos y golpes de parte de un esposo alcohólico. Luego él emigró a Estados Unidos y desapareció de su vida.

Sola y con tres hijos buscó trabajo. Encontró empleo como conserje en la escuela primaria Manuel C. Tello, en la colonia San Lorenzo Xicoténcatl, delegación Iztapalapa.

Clara entonces comenzó a ahorrar con la ilusión de comprar una casa, pero entonces el dinero ya no alcanzaba y buscó un segundo empleo. En un golpe de buena suerte encontró trabajo de limpieza en una casa donde se exhibían muebles.

 

Ahí conoció a Jorge Antonio, su compañero de trabajo. El guardia de seguridad privada se acercó a ella y la comenzó a cortejar.

El 25 de octubre de 2004 él la invitó a salir. Nunca antes alguien la había llevado a comer o tomar algo a un sitio que ella considerara “lujoso”. Su carácter serio y reservado no le ayudaba a tener amistades y mucho menos a socializar en lugares públicos.

Por eso, ese día que fue a un Sanborns con Jorge Antonio, ella se deslumbró. Acostumbrada a no salir de su casa, Clara se sintió incómoda. El “Monstruo de Iztapalapa” le habló de libros, películas y viajes. “Me apantalló”, acepta abrumada.

Él le presumió que era egresado de la universidad, contador de profesión, como su padre, y una persona que trabajaba “por hobby”, ya que al provenir de una familia “acomodada” no tenía necesidad de ganar un sueldo.

Esa noche ella le contó su vida, sus desamores, la violencia de su todavía esposo y los pasajes de agresiones que vivió de niña. Jorge Antonio hasta la animó a denunciar a su ex marido y la acompañó a la Procuraduría General de Justicia del Distrito Federal (PGJDF) para presentar una queja.

Por tercera ocasión, Clara creyó que encontraba el amor.

El infierno""¡Ahora lo sé! ¡Lo tenía todo planeado!"", exclama la mujer en una mezcolanza de rabia y llanto. Revivir ese episodio fue como si Clara abriera de nuevo los ojos para darse cuenta de que su ex pareja le mintió todo el tiempo, que le mostró una falsa preocupación por ella y por el bienestar y educación de sus hijas, con tal de lograr su cometido.

En enero de 2005, tres meses después de haberse conocido, Jorge Antonio se fue a vivir con ella a la conserjería de la escuela. Fue entonces que el verdadero rostro del sujeto salió a la luz: él le advirtió que por sus presuntos conocimientos de contabilidad, a partir de ese momento controlaría el dinero de la familia.

Con su forma de hablar y sus argumentos, Iniestra se ganó a los niños con regalos y poco a poco Clara fue relegada de la familia. Pasaba el tiempo y Jorge Antonio inició a mostrar su lado más violento. Las agresiones verbales se volvieron frecuentes.

La noche del 25 de marzo de 2005 Clara descubrió a su pareja violando a Rebeca, de solo 12 años de edad. El llanto de su otra hija de 15 años, Gabriela, ante la atrocidad del “monstruo”, fue lo que la despertó.

En ese momento, —relata con los ojos húmedos—, Clara sintió furia y coraje. Pensó en hacer algo, pero el miedo la paralizó.

Jorge exclamó que estaba enamorado de la niña y que era ""una relación normal"". ""Dijo que él tenía amigas que tuvieron hijos desde los 13 años y no pasaba nada porque las autoridades no hacen caso y no les creen (aludiendo a la violación), así que a mí tampoco me creerían"", recuerda Clara las palabras que le lanzó Iniestra.

Esclavitud

En 2006 —continúa Clara su relato—, Iniestra les prohibió a las niñas salir del cuarto donde vivían, con el argumento de que procuraba su bienestar lejos de las “malas influencias”. Las ventanas nunca más se abrieron porque él las selló con tabique y madera.

Clara nunca estuvo de acuerdo con esa situación; en el fondo sabía que “no era normal”. Pero pudo más su miedo ante las amenazas del “monstruo” de matar a su hijo Ricardo y llevarse lejos a las niñas si ella denunciaba lo que ahí pasaba.

Según la PGJDF, 80 por ciento de las denuncias de violencia intrafamiliar son por agresiones psicológicas.

A cambio de saber cómo estaban sus hijas secuestradas, la mujer le entregaba cada semana a Jorge Antonio todo el dinero que ganaba como conserje, que en promedio eran 6 mil pesos mensuales. Pero para el presunto criminal eso no era suficiente.

Clara fue obligada además a vender baratijas o ropa usada en los tianguis de Iztapalapa. Sin un peso en la bolsa, ella se alimentaba de las sobras de comida que recogía de los botes de basura en los mercados ambulantes.

Desde junio de 2007 hasta 2009, Clara y su hijo Ricardo fueron obligados a vivir en la azotea de la conserjería. Ella mantuvo económicamente a su ex pareja, quien hasta se compró un taxi con el dinero que le entregaba cada semana.

Tal fue la esclavitud que padecieron Clara y sus hijos, que Jorge Antonio inventó lo que él llamó un “sistema de puntos” para permitir a la mujer ver a Gabriela y Rebeca.

Tal sistema consistía en que Clara y Ricardo hicieran todo lo que el “monstruo” les ordenara, a fin de que juntaran “100 puntos” y así dejarles ver a las niñas, quienes solo se asomaban por una ventana.

Pero si desobedecían alguna indicación o hacían algo que no era del agrado de Jorge Antonio, de inmediato perdían los “puntos” alcanzados.

En octubre de 2006 y abril de 2007, Rebeca y Gabriela —respectivamente— salieron de su cautiverio solo para parir a sus hijos producto de las violaciones de Jorge Antonio, quien le exigió a Clara que aportara más dinero para la manutención de sus hijas y los bebés.

Ella tuvo que trabajar al cuádruple. Además de las labores como conserje y la vendimia en los tianguis, consiguió un empleo nocturno de limpieza en un cine y los fines de semana lavaba ropa. Su jornada laboral fue de más de 12 horas diarias.

Jorge Antonio controlaba la tarjeta de débito de Clara y además recibía dinero en efectivo.

El 18 de junio de 2009 hubo un asalto a la conserjería y sin el consentimiento de Clara, el “Monstruo de Iztapalapa” secuestró a las niñas en una casa que tenía en la colonia Renovación, en la misma delegación.

Después del secuestro, Jorge Antonio iba cada mes a buscar a Clara (a la consejería) para “informarle” el estado de sus hijas a cambio de dinero. Durante los siguientes dos años, y en cada visita, Clara le suplicaba para que le regresara a sus hijas, pero él le contestaba “que ellas no querían verla”.

La denuncia

Alejada de su familia y sin amigos, Clara no pudo más, y ya en 2011 se armó de valor para pedir ayuda y rescatar a sus hijas.

Buscó a su hermana mayor, Cruz, para que la acompañara a pedir información ante varias instituciones.

Las personas que escucharon su historia la cuestionaron por no haber hecho nada, la calificaron de “mala madre” y hubo quien le restó importancia a lo narrado.

Clara y su hermana recurrieron a la asociación Alto al Secuestro, de la activista y ex candidata del PAN al Gobierno del DF, Isabel Miranda de Wallace, para preguntar cómo poner una denuncia. Pero la recepcionista, de nombre Gabriela, las paró en seco y les dijo que solo se atendían casos con denuncia de por medio.

Luego acudieron al Centro Integral de Atención a la Mujer “Juana de Asbaje” —dependiente del Instituto de las Mujeres del Distrito Federal—, en la sede de la delegación Cuauhtémoc, donde la responsable, Ana Vanessa Rodríguez Rivas, les dijo que su jefa —la ahora diputada federal del PRD Malú Micher— solo veía “casos relevantes y no asuntos como ése”.

En la Fiscalía Especial para los Delitos de Violencia contra las Mujeres y Trata de Personas (Fevimtra), de la PGR, hubo quien le dijo a Clara que ella tenía la culpa por permitir todo lo sucedido.

En julio de 2011, en la Fevimtra, Rosa María López Suárez, entonces subdirectora de Coordinación y Enlace en Materia de Trata de Mujeres y Niños, las atendió, pero les dijo que en la Fiscalía se revisaban delitos del ámbito federal y por tanto el caso no era de su competencia.

La funcionaria las remitió al Centro de Terapia de Apoyo a Victimas de Delitos Sexuales de la PGJDF.

Todo este viacrucis duró tres meses. Hartas de ser ignoradas por las autoridades, Clara y su hermana tomaron papel y lápiz y en 22 hojas describieron siete años de violencia. Clara redactó en primera persona todo lo que ella y su hijo recordaban. Lo hizo con mucho detalle, para que quien lo leyera se percatara de la gravedad del asunto.

El 1 de julio de 2011 Clara acudió a la Coordinación Territorial IZP-6 de la PGJDF en Iztapalapa, para levantar una denuncia de la que resultaron los delitos de corrupción de menores, explotación laboral infantil, violación equiparada, retención y sustracción de menores, amenazas, extorsión, robo y abuso de confianza. Los hechos quedaron asentados en las causas penales 245/2011 y 256/2011.

La justicia en su contra

La mujer narra que el martes 6 de septiembre de 2011 recibió una llamada telefónica de personal de la PGJDF, para que se presentara a reconocer a las personas detenidas por su denuncia.

Cuando acudió a reconocer a los detenidos en el lugar había mucha gente, fotógrafos y camarógrafos. Una mujer se acercó a ellas y preguntó “¿quién es Clara Tapia?”. Ella se puso de pie y acompañó a la mujer.

""¿Señorita, yo también puedo pasar?"", alcanzó a preguntar su hermana Cruz antes de que se marcharan. Un agente le respondió ""no señora, solamente ella"", a la vez que le explicó que ""solo le harían un examen médico"".Minutos después, Clara apareció sentada junto a Jorge Antonio y sus supuestos cómplices. Era su presentación ante los medios.

Sin orden legal, ni aviso previo, ella pasó de víctima a “delincuente”. Lo peor fue que en ese momento Clara se enteró de que su hija menor Rebeca —que ya tendría 18 años— y su nieta de tres meses fueron asesinadas por su ex pareja en 2009, justo el año en que las había secuestrado.

Ahora esta mujer tiene una doble condición jurídica: es acusada de corrupción de menores, pero también es defendida como presunta víctima de violencia intrafamiliar.

— ANAYELI GARCÍA MARTÍNEZ