21 de febrero de 2013 / 12:57 p.m.

La fiebre por la pesca del pepino de mar ha cobrado la vida de 86 personas en playas de Yucatán, quienes se sumergen en busca del equinodermo sin la preparación ni el equipo adecuado y bucean hasta 25 metros de profundidad.

México • Everardo se hace llamar buzo, pero eso es sólo de nombre, porque carece por completo de entrenamiento formal. No sabe de mezclas de oxígeno ni de paradas de ajuste. Ignora todo lo relativo a tiempos límite, burbujas de nitrógeno o de cómo los pulmones se comprimen en la profundidad. De los bends, la temida enfermedad que amenaza a todos aquellos que trabajan bajo el agua, admite no tener idea, aunque sospecha que ese dolor clavado que trae en el hombro tiene una relación directa.

Lo que sabe a ciencia cierta es que el pan de su mesa está en el fondo del Caribe y que tiene el símbolo del yuan chino en el dorso. Es un buzo de pepino de mar, un submarinista improvisado dedicado a la cada vez más peligrosa extracción de la holoturia floridana e isostichopus badionotus, equinodermos de alta demanda en las cocinas de Asia y en los estómagos de millones de chinos. Animales marinos convertidos en el detonante de un frenesí inédito en las costas de Yucatán, en donde a diario decenas de hombres arriesgan su vida para participar en lo que solo puede describirse como una fiebre.

—¿No te da miedo ahogarte?

—Pues sí. A todos nos da miedo. Pero no hay de otra.

Everardo, cuyo nombre real se mantiene bajo reserva a petición suya, insiste en que hay que sacar el pepino a como dé lugar, aunque sea por medio de una compresora de aire que, a la larga y sin que él lo sepa, le está haciendo correr el riesgo de que los alveolos de sus pulmones estallen. “"Hay algunos compañeros que se han ahogado, pero es porque vienen a trabajar cansados"”, dice.

La realidad es que no son pocos los buzos que han fallecido. Según datos obtenidos por MILENIO, el frenesí del pepino de mar ha sembrado de tumbas y viudas la costa de Yucatán, donde al menos medio centenar de personas han fallecido en los últimos cinco años en su intento por hacerse ricos debajo del agua.

El censo de víctimas, compilado por la Secretaría de Fomento Rural del estado, da una idea de lo terrible de la muerte de algunos de estos buzos: la cifra varía, pero va de 50 a 80 personas. Muchos fallecieron ahogados. Otros por infartos. Y varios más, por descompresión, luego de acumular burbujas de nitrógeno en sus cuerpos. Tras dañar los pulmones, esas burbujas pueden terminar en el torrente sanguíneo e irse al cerebro.

“Morir por descompresión es terrible. Son dolores realmente impresionantes”, admite el doctor Rafael Sánchez, quien encabeza Medicina Hiperbárica Integral, una empresa dedicada a la atención de heridos con cámaras especiales. A raíz del elevado número de accidentes de buceo en la entidad, instaló en Mérida un consultorio dedicado, entre otras áreas, al cuidado de pescadores “"descompresionados"”, como se llama en Yucatán a quienes llegan con nitrógeno en la sangre.

“"Cuando vienen con nosotros, muchos ya están en estado crítico. Diría que 80 por ciento de nuestros pacientes vienen con accidentes de descompresión nivel II, que ya es muy serio, con dolores intensos en los hombros, las articulaciones, vómito y a veces hasta pérdida de conciencia"”, señala. “"Vienen como bultos. Amarillos. Es horrible ver a un buzo en esas condiciones. Llegan sin presión, con el rostro congelado…"”

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Tras estudiar medicina hiperbárica en España, Sánchez pasó los primeros años de su carrera trabajando con empresas petroleras en el Mar del Norte, la India y Sudáfrica. Fue ahí, en las plataformas, donde practicó cuidados de urgencia en decenas de buzos industriales, profesionales que aun cuando están entrenados para sumergirse a grandes profundidades, también sufren accidentes.

Muchos de los que llegan a su consultorio en Mérida son todo lo opuesto. Improvisados. Amateurs. Pescadores que quieren ganar dinero en el pepino. Y a los que alguien les vendió la idea de que trabajar debajo del agua es posible con sólo una compresora de aire.

“"Quienes trabajan con compresora no entienden que a determinadas profundidades es necesario mezclar el oxígeno con helio porque los pulmones están comprimidos. Si se respira una mezcla normal de aire, los alveolos llegan a estallar"”, explica.

Para quienes no fallecen por sus heridas, queda el riesgo de la lesión. Las burbujas de nitrógeno que se producen por permanecer demasiado tiempo el fondo, además de ascensos poco controlados, pueden alojarse en las articulaciones, lo que hace necesario que los accidentados pasen varias sesiones al interior de la cámara hiperbárica para recuperar el movimiento. De lo contrario, pueden quedarse atrapados en un rictus.

Cada sesión de recuperación dentro de la cámara puede llegar a costar 5 mil pesos. Pero muchos pescadores, según Sánchez, ya no regresan a sesiones subsecuentes, debido a la falta de disciplina o recursos.

—¿Quiénes trabajan con compresora están jugando con el tiempo?

—Diría que, tarde o temprano, el nitrógeno los va a alcanzar.

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La depredación tiene un lugar central en los crecientes riesgos de la pesca del pepino de mar. Según explica Felipe Cervera, secretario de Desarrollo Rural de Yucatán, en los primeros años de explotación del equinodermo era posible extraerlo a profundidades de dos o tres metros, en donde el buceo puede realizarse sin equipo especializado. Pero esos bancos hace mucho que ya desaparecieron, sobreexplotados, víctimas de una extracción desmedida que vio a la población de holoturia floridana e isostichopus badionotus reducirse en un 90 por ciento en tres años.

Hoy, las “"manadas"” que quedan están a 15, 20, 25 metros. Profundidades donde una compresora no basta y en las que ya se debe contar con entrenamiento, además de seguir estrictamente las tablas de la Marina de Estados Unidos sobre tiempos máximos de permanencia debajo del mar.

“"Lo que esto ha generado es que muchos pescadores que no se dedicaban a bucear y no tenían capacitación, empiezan a sumergirse. Es entonces cuando empezamos a tener una serie de fallecimientos por descompresión y también lesionados. Y hablo de lesiones permanentes"”, detalló el funcionario.

Algunos de esos lesionados viven, permanentemente, postrados, con las articulaciones destruidas por completo. Pero hay otros que, al final, mueren en medio de dolores atroces.

Ese fue el destino de Hugo Villajuana, un pescador del poblado de Chuburná —a unos 50 kilómetros al norte de Mérida—, quien falleció “descompresionado” el año pasado, apenas en su segundo día de trabajo como buzo.

María Bernaly, su viuda, admite que la decisión de ir a la pesca del pepino de mar fue, netamente, económica. “"Nosotros vivíamos en una casa de cartón. Y él quería comprarnos una mejor casa. Por eso se fue a lo del pepino. El primer día se aventó bien. Al segundo ya no regresó"”, lamenta.

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Evererado dice haber pasado una sesión en la cámara hiperbárica. Se “"descompresionó"”, luego de estar más de una hora pescando pepino en Celestún. Tuvo suerte: por lo que explica, puede adivinarse que la burbuja de nitrógeno se quedó atrapada en un músculo y no llegó al torrente sanguíneo.

“"Estábamos a unas 13 brazas y por el esfuerzo o cansancio tuve una molestia en el hombro derecho. Terminé en el hospital. Pasé dos días allá"”, recuerda.

—¿Dolió?

—Vaya que dolió. Es un dolor que no le deseo a nadie.

VÍCTOR HUGO MICHEL