2 de noviembre de 2013 / 01:01 a.m.

Monterrey.- Karla Paola le habla con cariño a su niña Kailey.

Le llevó globos, y un muñequito, y le platica de su hermanita mayor.

Cuando se dirige a ella, los ojos se le llenan de amor, y arde en deseos de abrazarla y besarla. No puede, porque la bebé duerme en su tumba.

“Todos los días la recuerdo, la tengo en mi corazón”, dice Karla Paola Ruiz Vázquez, quien hace tres meses sepultó a la pequeña, que nació excesivamente prematura y no pudo sobrevivir.

Apenas la tuvo tres días en sus brazos, suficientes para que ahora viva para siempre en sus recuerdos.

“Siento mucha tristeza cuando pienso en ella, la esperaba con ansias y se fue… es muy difícil, más cuando no vivió nada, yo quería que viviera muchos años, pero no se pudo”, dice.

Por en el día de los Santos Difuntos, fue a visitar a la niña, le llevó globos que colocó en la cruz que corona la  tumba, y ahí puso un muñequito y flores. Como arreglaría su cuarto, así arregló la sepultura.

Igual que Karla Paola, la gente que llega al cementerio, no va por sus muertos. Va por sus seres queridos, y los siente tan vivos a como antes.

María del Carmen González Martínez visita a su esposo Romualdo Ruiz Huerta, y a sus padres, Josefina Martínez y Porfirio González, cada semana. Pero hoy es algo especial. Limpió la tumba donde yacen desde hace muchos años, para dejarlos presentables para las visitas que llegarán.

Ella va seguido hasta el Panteón Las Huertas, en Guadalupe, y platica con ellos. “Vengo, les rezo, y les cuento de lo que pasa en la semana, también les pido que me ayuden, que intercedan por nosotros”, dice esta mujer, que tiene diez hermanos más que visitarán a sus padres.

Mientras vivan en su  recuerdo, dice María del Carmen, seguirán vivos, aunque estén en otra parte.

Cuenta la tradición que el dos de noviembre, los muertos pueden regresar por unos instantes al mundo de los vivos y aspirar el aroma de los alimentos que les gustaban cuando vivían.

Por eso la gente les lleva lo que más les agradaba, aunque muchas veces son cosas sencillas: tortillas de harina, un mole, frijoles refritos.

Si los muertos captan los aromas, entonces no debe ser muy difícil que escuchen.

Juana Romero lo sabe. Por eso le llevó mariachi a su esposo Felipe Ochoa.

Durante media hora, las guitarras, violines y trompetas unieron sus sonidos para entonar las canciones como Te Vas Ángel Mío y otras típicas en las despedidas.

A don Felipe, quien murió hace tres años, le gustaba más las del Viejo Paulino, o de Luis y Julián, pero por ahora, lo único que había a la mano era el mariachi.

“No sé a lo mejor por ahí anda, escuchando. A nosotros siempre nos gustó la música, y seguro debe estar escuchando”, dice la mujer, sentada en la tumba vecina, mientras su nuera limpia la tumba al son del mariachi.

Para todos ellos, la muerte no los separa de sus seres queridos. Los tienen ahi, cerca de su corazón.

Francisco Zúñiga