9 de septiembre de 2013 / 01:17 p.m.

Buscaba alivio y atención, pero experimentó una historia muy distinta. Una de terror.

Ver cómo ataban, pellizcaban, humillaban y dejaban sin supervisión, alimento e higiene adecuada a adultos de hasta 90 años, influyó para que María Luisa González Carmona, de 64, decidiera escapar de la Casa Hogar Consuelo de Cerralvo.

Sólo quiso volver con la intervención de la Procuraduría de la Defensa al Adulto Mayor para que le devolvieran la tarjeta bancaria donde le depositaban su pensión de 2 mil 200 pesos, ya que la dueña de la casa de reposo supuestamente se apoderó de ella para cobrar el importe.

MILENIO Monterrey acompañó a Sonia González Quintana, delegada del Instituto Nacional de las Personas Adultas Mayores (Inapam) hasta una vivienda de la colonia Privada Los Cyranos, en Juárez, para recoger la denuncia de González Carmona, afectada por el desgaste de cartílago en rodilla y cadera y la amputación de un dedo de su pie por la diabetes.

Además del maltrato, la denuncia incluye no proporcionar a los adultos mayores líquido para beber durante lapsos prolongados de tiempo, a fin de evitar que éstos orinasen, así como el ingreso de bebidas alcohólicas los fines de semana para ver partidos del fútbol por personas ajenas al asilo, supuestamente amigas de Laura Vela Villarreal, dueña del sitio, ubicado en Guerrero 318 y Juárez, en la cabecera municipal de Cerralvo.

El relato de González Carmona es doloroso. Sentada en la sala de su casa, habla con la delegada.

“A la señora Natalia (compañera en la cas de reposo) la sentaban en una silla de ruedas amarrada para que no se parara porque se podía caer; pero yo pienso que si tenían ese problema, oiga, voy y la paro para que camine. Y lo inhumano es que estaba sentada todo el sagrado día; la señora metía las manos tratando de desamarrarse y ellas decían que por eso se moretoneaban”, cuenta.

“Tenía su bracito forradito (de piel), porque yo digo que estaban muy desnutridas; tenían las marcas de los moretones donde les daba pellizcos la dueña Laura Vela. La regañaban porque estaba mojada hasta la cabeza, y la cambiaban una sola vez y ya no la volvían a cambiar sino hasta el otro día.

“Había una señora de nombre Yolanda, con andador; supe que ella entró por su pie y ahí se cayó y no la atendieron; le dolía, ya que se había falseado, me acomedí a ponerle una pomada y vendarle su pie. Pero la señora (la dueña del asilo) se molestó conmigo, porque la estaba ayudando”, indica.

“PRÁCTICAMENTE SOLOS”

María Luisa estuvo en la casa de reposo 11 días del mes de abril y todo mayo; el 1 de junio prefirió huir del lugar, aunque fue sorprendida por la dueña.

“Cuando me di cuenta de que la puerta no la cerraban ni de día ni de noche pues aproveché, me salí; cuando se dio cuenta ya estaba afuera y me quiso meter a la fuerza. Le dije: ‘Ni se le ocurra porque conozco mis derechos, si usted me mete a la fuerza la acuso de secuestro’”, narra.

Una semana antes de que tomara la decisión de salir, González Carmona recuerda cuando otro de los compañeros, un hombre en silla de ruedas con problemas visuales, sufrió una caída sin que alguien estuviese ahí para atenderlo.

“Como la señora se iba a la 2 de la tarde y regresaba hasta las 6, estábamos prácticamente solos. Se cae el señor de unos 80 años y dura más de tres horas tirado. Gritaba: ‘¡Auxilio!’. Aunque había un timbre que para cuando pasara algo, el señor quedó atravesado, yo con el andador y otra señora con silla de ruedas no nos permitió pasar.

“Cuando pudimos timbrar, se asoma (Laura Vela), le dijimos que el señor se cayó, y entra y dijo que no pasó nada”, relata.

A Yolanda, la mujer a la que ayudó a atenderse una lesión, la dejaban sin comer todo el día, sólo porque le contestaba a la dueña, menciona.

“Les tenían mucho miedo, lo que hacía yo es que cuando se iba Vela, de perdido le daba un vasito de agua”, indica.

La adulta mayor cuenta además de las reuniones celebradas los fines de semana, a donde ingresaba personas ajenas a la casa de reposo, y en las cuales se bebía y hacían apuestas, mientras que al mismo tiempo, no había dinero para comprar ni siquiera leche para los ancianos recluidos.

“Una ocasión pasó que no había leche, no había para tomar café, y nos tomamos con agüita el café con galletitas, y le pregunté a la señora que le ayudaba, y me respondió que no tenía dinero. Entonces, no tienen dinero para comprar leche y café, pero sí para su cerveza, es injusto”, dijo.

 — EDUARDO MENDIETA

“PRÁCTICAMENTE SOLOS”