23 de septiembre de 2013 / 10:31 p.m.

Ciudad de México • Es miércoles 18 de septiembre. Ya pasaron dos días después de que se desgajó el cerro de La Pintada, en Atoyac de Álvarez, Guerrero. El saldo es mortal pero aún no hay cifras oficiales, y la autoridad solo informa acerca de sobrevivientes y desaparecidos.

Un helicóptero de la Marina aterriza en algún punto de Acapulco. De la aeronave baja una veintena de personas; son sobrevivientes de la tragedia en La Pintada. Salieron vía aérea porque en tierra los caminos están incomunicados. No han comido, no han descansado, y no saben que sigue.

Rosario Núñez y sus hijos pisan tierra. La mujer nunca imaginó que cruzaría la sierra en un helicóptero, pero sí creyó que un día el cerro se desgajaría. Hace 30 años su padre, Vicente Núñez Ávila se lo dijo.

"Mi papá nos dijo que el cerro se iba a caer. Yo si le creí, porque veíamos como se abría y se filtraba el agua", platica.

De Acapulco, Rosario y sus hijos abordan un camión que los lleva a Chilpancingo donde se encuentra con su hijo mayor, Alejandro, quien les brinda asilo. Después de asearse, comer y descansar un poco, la realidad parece un alud más grande que el que cayó sobre las casas del pueblo.

"Tenemos que empezar de cero, en La Pintada teníamos nuestra vida. No había trabajo y por eso mi esposo trabajaba en un rancho de Oaxaca, pero ahí teníamos nuestra casa, y ahí mis hijos estudiaban".

El jueves 19, Felipe Moreno llega a Chilpancingo procedente de Oaxaca para reunirse con su esposa Rosario y sus hijos. La familia Moreno Núñez esta completa, pero 22 de sus familiares están sepultados por el alud.

"Ya perdimos la esperanza de volverlos a ver", comenta Rosario.

Rosario y tres de sus hijos fueron testigos de cómo el cerro empujó tres casas al río, cómo el alud enterró la escuela contigua al patio de su casa. También su patio quedó bajo tierra y vio como la estructura de su vivienda se cuarteaba.

"Estaba como quebrándose", dice Rosario. En Chilpancingo, la familia Moreno Núñez enfrenta la expectativa, no saben que sigue, no saben que es lo que viene.

Aunque su casa no fue derribada, Rosario tiene en claro que no van a regresar a La Pintada porque tiene miedo que el cerro termine de devorarse lo poco que quedó del pueblo.

Pero ahora no saben qué hacer. Todo son rumores. "Dicen que nos van a reubicar, que nos van a dar casitas en otro lugar, pero también dicen que se van a tardar, eso no va a ser mañana, ¿qué vamos a hacer mientras nos reubican?"

La familia Moreno Núñez se reparte entre la casa del hijo mayor, y de otro familiar en Chilpancingo. No se dan abasto, no hay suficiente lugar para todos y la comida escasea.

Otros familiares son los Moreno Romero, una familia de cinco integrantes que también sobrevivió al desgajamiento del cerro. Ellos se preparan para viajar a la Ciudad de México y recibir refugio en casa de otros familiares.

"La vida se detuvo. Una tragedia es una pausa", dice Rosario. Los Moreno Núñez no saben por dónde empezar, quieren rescatar los cuerpos de sus difuntos y darles cristiana sepultura, quieren saber en dónde vivirán ahora, en dónde estudiaran, y en dónde trabajaran.

El alud que sepultó todo

Lunes 16 de septiembre. La lluvia no daba tregua y caía con fuerza en La Pintada, Atoyac de Álvarez. Los techos de las viviendas parecían ser el mejor refugio.

Desde la ventana de su casa, Rafael Moreno Núñez, de 15 años y estudiante del Cebata 66, no le quitaba la vista al cerro.

"Es que se escuchaba algo muy raro, como que crujía", platica en entrevista con MILENIO.

Rafa es joven, pero es el hombre de la casa. Su hermano mayor Alejandro vive en Chilpancingo, y hace más de un mes que su papá, Felipe Moreno, se fue a trabajar a un rancho en Oaxaca para mandar dinero. Antes de irse, Felipe le encargó a Rafa que cuidara a su mamá, Rosario Núñez y a sus otros dos hermanos menores.

Un estruendo le recordó a Rafa el encargo que le hizo su padre.

"Se escuchó como una bomba, como una explosión. Casi ni nos dio tiempo de nada, corrimos porque mi hijo (Rafa) grito que corriéramos, que nos saliéramos de la casa".

Rosario y sus hijos menores salieron corriendo por la cocina, sin detenerse llegaron hasta el borde, donde está el puente que cruza el río. Volteó hacía atrás y vio como una columna de tierra se tragaba el pueblo.

La mujer no se decidía a cruzar.

"El puente se movía horrible, y yo dije ‘no voy a pasar’, porque el agua del río llegaba hasta el puente". Rosario sintió que algo la empujó… apenas si se dio cuenta cuando ya estaba del otro lado del río.

Fue Rafa el que la empujo. El joven libró los escombros y polvo del alud que cayó, y consiguió correr hasta donde estaban su mamá y sus hermanos para llevarlos al otro extremo y ponerlos en un lugar seguro.

Junto con otros cuantos vecinos, Rosario y Rafa se quedaron al otro lado del río. Miraban atónitos.

"Ya no había nada, nada de nada. Ni las casas, ni los vecinos, ni nada".

Rosario narra que la eran cerca de las cuatro de la tarde cuando ocurrió la tragedia. En las siguientes horas, algunos sobrevivientes regresaron para ayudar a personas que estaban atrapadas.

"Se escuchaban los gritos, la gente pedía ayuda". La mujer asegura que alcanzaron a rescatar a tres personas y un grupo de hombres trabajaba en liberar a su sobrina Brenda de nueve años.

"Ella gritaba que no se quería morir y nada mas se veía su mano", cuenta Rosario.

Eran cerca de las nueve de la noche, cuando el interior del cerro volvió a crujir. Un segundo desgajamiento sepultó a los hombres que intentaban rescatar a los demás.

"Después de eso ya no escuchamos nada, ni gritos de auxilio ni nada". El silencio, la lluvia y la oscuridad de la noche era todo lo que le quedaba a los sobrevivientes de La Pintada, en Atoyac de Álvarez.

LILIANA CAVAZOS