Ricardo Magallán
29 de octubre de 2013 / 10:05 p.m.

La balanza de la historia reciente de los naturalizados en la selección nacional se inclina más hacia la desilusión, la pura llamarada de petate, que a ese halo de héroes con el que han llegado envueltos estos futbolistas a reforzar las filas tricolores.

Entripados más que alegrías es lo que han provocado esos futbolistas no nacidos en México que encontraron en el futbol mexicano, y su selección, ese reflector que en su patria de origen jamás iban a alcanzar.

Sinha, quien incluso a sus 37 años acaba de ser convocado una vez más al Tri buscando ser parte de esa solución para resolver la encrucijada que significará el repechaje frente a Nuevo Zelanda, es, sin duda, el que mejores resultados entregó a la causa verde.

El brasileño fue 'piedra angular en el proceso de Ricardo Antonio La Volpe y lo coronó anotando en el Mundial de 2006 en el partido frente a Irán. Pero más allá de eso, con altibajos es cierto, pero el brasileño naturalizado mexicano fue motor de ese equipo que hasta hoy es famoso por calificar "caminando" a la justa mundialista.

En 2002, Gabriel Caballero rompió con una sequia de 40 años sin naturalizados en el Tri. El argentino de nacimiento fue parte del plan emergente que aplicó Javier Aguirre para calificar a México casi con calzador, al Mundial de Corea y Japón. Lo brindado en la cancha por el de Pachuca se columpió entre la medianía y destellos. Sólo eso.

El sueco Sven Göran Eriksson abrió de par en par las puertas del Tri a los naturalizados durante su corta y fracasada etapa como seleccionador nacional. A Leandro Augusto le pesó la camiseta y dejó claro que sin el aparato que había a su alrededor en Pumas, se extraviaba. A Lucas Ayala cuesta trabajo recordarlo como seleccionado, se habla más de un favor personal que lo colocó ahí que de méritos propios.

Matías Vuoso fue presa de las críticas. Le tocó vivir una de las etapas más crudas del Tri y los dardos no le perdonaron, el argentino fue su blanco preferido. Peo hoy Matías se puede seguir jactando que un gol suyo, que de inicio parecía totalmente intrascendental frente a Canadá, en Edmonton, terminó por ser decisivo para que México pudiera calificar al hexagonal final rumbo a Sudáfrica 2010.

El gran villano de la lista es Guillermo Franco. En 2006, el atacante fue relegado por el grupo que en aquél entonces reinaba en el vestidor del Tri, encabezado por Rafael Márquez y Oswaldo Sánchez. Lo borraron. Y La Volpe lo permitió.

En 2010, la historia es conocida. El Guille se convirtió en enemigo nacional por su mala actuación en Sudáfrica que, incluso, provocaron agresiones en contra de su familia. La terquedad de Javier Aguirre por alinearlo, en contraste con mantener en la banca a Javier Hernández, la joya recién descubierta del futbol mexicano, hicieron más ruda la animadversión sobre Franco.

Los últimos naturalizados en selección, ambos argentinos, viven historias contrastantes. Damián Álvarez ha tenido muy pocos minutos de actividad, reforzando el rumor de que su convocatoria obedeció a un favor a su club, Tigres, por parte de FMF para dejar de ocupar plaza de extranjero que a otra cosa. El caso de Christian Giménez, tras cuatro partidos, y muchas opiniones divididas, demostró que la basta de algo más que puro corazón para destacar en selección. Chaco mostró coraje, pero aportó nada para evitar que el Tri se fuera a pique.