Francisco Zúñiga
17 de agosto de 2013 / 01:58 a.m.

 

Escobedo • Por un momento, el viaje en taxi para tres amigos parecía que fuera a terminar en el reino de la muerte.

Dos veces pensaron que morían a bordo de esa unidad.

Primero cuando vieron al enorme camión que invadía el carril secundario de la carretera Monterrey-Nuevo Laredo y se abalanzaba a toda velocidad contra ellos; luego cuando los empujaba para aplastarlos contra la estructura tubular que protegía un poste.

El doble impacto fue tremendo, los tres amigos y el conductor aún no se explican cómo salieron vivos de la odisea.

Eran las 8:00 horas cuando el taxista Aarón Guerra Becerra, de 32 años, se detuvo para recoger a Fermín Javier Ramírez Flores, de 20; José Gabriel Izquierdo Zavala, de 42; y Florentino Hernández Hernández, de 32; con la intención de dejarlos en la avenida Sendero para que pudieran transbordar a un camión de ruta, tal como habían acordado.

El viaje era corto y estaba a punto de terminar, cuando el destino trenzó los hilos de los cuatro viajeros con el de Leonel Reyes, chofer de un camión de transporte empresarial.

Los cuatro pasajeros del taxi no recuerdan mucho, porque fue muy rápido, sólo se acuerdan que vieron sobre ellos el monstruo blanco que amenazaba devorarlos para llevarlos al más allá.

El grito quedó atorado en las gargantas, porque ni tiempo hubo de sentir miedo.

El camión brincó el camellón que divide a la carretera de los carriles secundarios y arrolló al Tsuru con placas 21-76- MLE, habilitado como vehículo de alquiler.

Afortunadamente la inercia del coche impidió que el choque frontal lo aplastara y fue prácticamente arrastrado con el frente del vehículo pesado.

Fue cuando los pasajeros volvieron a ver de cerca a la muerte; el camión los trituró contra la estructura tubular y, de golpe, el auto se retorció como una lata vacía.

Los viajeros del taxi lo pensaron dos veces antes de abrir los ojos, temían estar en el otro mundo; pero la vida les dio otra oportunidad, pues aunque golpeados y con posibles fracturas, todos salieron por su propio pie del amasijo de fierros que quedó del coche en el que viajaban.