ISRAEL SANTACRUZ
30 de marzo de 2013 / 03:16 p.m.

Monterrey  • Las luces brillantes y el sonido atrayente de los casinos no se detiene, ni siquiera enViernes Santo, y pese a que el pecado de la avaricia se cataloga como capital, a final de cuentas la casa no pierde… ni siquiera en vigilia.

Los estacionamientos de varias salas de apuestas en el área metropolitana y sobre todo algunas avenidas principales de Monterrey lucieron abarrotadas.

Podría decirse que ni un alfiler cabía pese al éxodo vacacional de los regiomontanos.

Las taquerías no abrieron este viernes, tampoco los tables, bares, cantinas ni otros giros que normalmente dan color a la noche de Monterrey.

En los casinos no fue así.

“"Sí, viejo; ’ta bueno ‘mbe. Nomás un rato, no me tardo"”, señala una mujer a su esposo, quien la deja en la entrada del Jubileé en una modesta camioneta, tan descuidada y vieja que hace varios años dejó de pagar tenencia vehicular.

Pero eso no importa: la esperanza de obtener uno de los autos que ofrece el casino si se llega a determinados puntos de juego la hace verse intocable.

Imposible perder una racha luego de ganar varias veces.

La mujer entra y ni siquiera recarga la tarjeta. Entra de lleno hasta el área azul, uno de los puntos de juego determinado, y en donde observa a un hombre de casi 60 años, no mucho mayor que ella. Tendrá que conformarse con la máquina de al lado.

Como si se tratase de un ritual de la fortuna, la mujer saca una pequeña escultura de una rana dorada con una moneda en la boca, toca la pantalla e inserta la tarjeta. Al final se persigna y lanza un llamado al cielo, como esperando respuesta y beneficios. Pece no recordar que en un Viernes Santo pero hace casi dos mil años,a un hombre barbado de 33 años de nada le sirvió orar ni reclamarle a Dios que lo hubiera abandonado.

El juego comienza... y gana. Vuelve a jugar, y vuelve a ganar. Es poco, modesta la ganancia, sin embargo al poco se oye su clamor: “"ésta no es mi máquina"”.

La mujer toma su bolsa, su amuleto y se pierde en la multitud que abarrota el Jubileé. Tan sólo son las 18:12 y el lugar está lleno, así que no hay muchas máquinas de donde elegir.

Dentro de los casinos las luces envuelven y La Matadora llama. La máquina muestra una sensual torera en un ceñido traje de luces, mientras al fondo un descomunal toro pretende lastimarla.

Es suficiente para que alguien caiga en dicha máquina y comience a jugar.

Enseguida un hombre de no más de 40 años inserta su tarjeta, a los pocos minutos es atendido por una de las decenas de hostessque buscan brindar el mejor de los servicios, pese a que en cualquier momento los operativos municipales arriben buscando cerrar la mina de oro.

“"No, no sé"”, dice tímida Tania, una mesera morena pero de rubia cabellera y sonrisa carismática, pero que se oculta tras preguntarle si es posible que lleguen operativos y no permitan seguir con el juego.

“"Han venido a hacer inspecciones, pero eso sólo el encargado lo sabría. Pero no creo que haya problema, aquí todo es seguro, ¿qué le sirvo?"”, pregunta para cortar la charla.

En el baño el ambiente ostentoso es el mismo pero con un ritmo de trabajo más en calma.

“"No, mi jefe, aquí está tranquilo ahorita. La banda empieza a caer más despuesito de las 7, pero este día está tranquilo, yo creo más de rato llegan, luego de las visitas a la iglesia, total, a Dios lo que es de Dios y al César lo que es del César"”, señala mientras entrega papel para secar las manos.

Pero el Jubilee no es el único. Los valet parking del Revolución, ubicado en la avenida del mismo nombre, luchan para acomodar algunas camionetas que ya no alcanzan lugar.

El Hollywood de la avenida Constitución en su cruce con Degollado, luce tan lleno que las aceras aledañas son para quienes no alcanzan cajones de estacionamiento.

Y es que pese a ser Viernes Santo y ser vigilia… la casa nunca pierde.