2 de julio de 2013 / 12:52 p.m.

¿Entonces a quién sepultamos?”, dijo la hermana de Guadalupe cuando lo recibió a su salida del Centro Varonil de Readaptación Psicosocial (Cevarepsi), la cárcel para enfermos mentales en la Ciudad de México. A Lupe lo creyeron muerto durante dos décadas; como él, poco más de 100 internos están abandonados en ese reclusorio.

Guadalupe estuvo preso y abandonado más de 20 años acusado de robar infantes. Pasó por todos los penales de la capital para ser atendido psiquiátricamente. Al ser diagnosticado con esquizofrenia, las autoridades penitenciarias lo trasladaron al Cevarepsi.

En esa cárcel no se cumplen condenas, sino medidas de seguridad que van de los 12 meses hasta los 50 años, dependiendo del delito, del parte psiquiátrico y comportamiento del interno.

Actualmente, en el Cevarepsi hay una población de 379 internos, de los cuales alrededor de 110 están abandonados, como Guadalupe. Algunos ya cumplieron con su condena, pero no obtienen su libertad, debido a que nadie se hace responsable de ellos.

Por años la familia de Guadalupe lo buscó en Lagos de Moreno, Jalisco, de donde es originario. Un día llegó la policía y pidió que identificaran un cuerpo, debido a que tenía las características del desaparecido. Días después se hizo el velorio y fue sepultado.

Sin embargo, sus parientes nunca imaginaron que su hermano se encontraba purgando una condena en la Ciudad de México.

Luis, uno de los técnicos penitenciarios de la cárcel para enfermos mentales, viajó al lugar y encontró a los parientes del reo, y aunque llevó una fotografía, no la quisieron ver, pues aseguraron, ya lo habían enterrado. Le pidieron que fuera con una hermana que vivía en Nezahualcóyotl, Estado de México. La encontraron y ella accedió y se trasladó al Cevarepsi donde platicó con Guadalupe.

El día de su salida de la prisión ""la hermana de Lagos de Moreno solamente dijo: ‘¿Por qué no me lo entregó antes? ¿Entonces a quién sepultamos?´"", contó Jaime Abasolo Rizada, director del Centro de Varonil de Readaptación Psicosocial.

En el Cevarepsi la mayoría de los presos están por delitos graves como homicidio en razón de parentesco y robo. De acuerdo con Humberto Corona, perito en psiquiatría y encargado de la Unidad Médica de dicho centro de reclusión, los internos cometen sus fechorías en un momento de espectro psicótico, es decir, pierden contacto con la realidad.

MILENIO ingresó a la cárcel para enfermos mentales y ahí constató que conviven homicidas seriales, esquizofrénicos, violadores, reos con trastornos bipolares, afectivos, psicóticos, depresivos y ladrones con retraso mental. En su mayoría, por delitos inimputables.

Debido a que nadie lo visita en el Cevarepsi, Botitas, de aproximadamente 20 años, tiene que trabajar como bolero para tener recursos y comprar en la tienda del penal. Fue diagnosticado con retraso mental.

Cuando llegó a reclusión, acusado del robo de un celular, no hablaba, pero gracias a la rehabilitación se sabe que vive en La Merced y su madre es prostituta. En dos años, nadie lo ha visitado. Y aunque hay personas que visitan a su interno con frecuencia, en el momento en que está a punto de salir libre ""la familia abiertamente dice: ´No me lo quiero llevar, no me lo voy a llevar’. De esos 110 (presos abandonados), le podemos sumar unos 10, 15 o más internos que pudieran surgir en el lapso del año"", mencionó.

En el dormitorio número 3 del Cevarepsi, destinado para los internos con mayor grado de vulnerabilidad y de la tercera edad, estaba Abraham, quien padece esquizofrenia y fue acusado por delitos sexuales.

Explicó que su encomienda es monitorear a sus compañeros, quienes padecen epilepsia y distintos trastornos como incontinencia, entre otros.

""Un ejemplo es Sixto Aguilar: sufrió un accidente y ahora no puede mover su lado izquierdo y necesita de apoyo y ayuda por parte de monitores"", expresó.

A los internos se les dan aproximadamente tres medicamentos controlados al día, dependiendo de su padecimiento. Un antipsicótico, un anticolinégico y un ansiolítico.

Las enfermeras van a los dormitorios y la ingesta la supervisan dos custodios, quienes también son capacitados para tratar con este tipo de presos.

Casi ninguno de los presos tiene la capacidad económica para costearse un tratamiento psiquiátrico y menos el medicamento, pues puede costar entre 800 y 3 mil pesos mensuales. De acuerdo con los especialistas, si los pacientes llevan a cabo su tratamiento, pueden hacer una vida normal.

Los talleres

Como parte del tratamiento, los presos tienen diferentes talleres donde realizan piñatas, tejen con rafia, hacen cruces de pael y alhajeros y baúles de madera, pintan y esculpen.

Uno de los alumnos más destacados en pintura al óleo y trabajos en madera es un homicida y violador de los noventa, quien pidió que no se diera a conocer su nombre.

Platicó que desde los ocho años le gusta dibujar y pasa en el taller hasta cuatro horas al día. Una epilepsia le provocó un daño cerebral que le produjo una crisis psicótica. Toma medicamentos controlados. Su condena es una de las más largas: 316 años.

Los reos también tienen actividades, como Borrego, quien es el encargado de bordar en los uniformes los nombres de los presos. Otro grupo se encarga de lavar y planchar la ropa.

 — SILVIA ARELLANO