14 de junio de 2013 / 02:11 p.m.

México• Terminaba la inauguración de los primeros 10 kilómetros del Túnel Emisor Oriente y la puesta en marcha de la planta de bombeo El Caracol, en Ecatepec, y el presidente Enrique Peña Nieto le pedía al jefe de Gobierno del Distrito Federal, Miguel Ángel Mancera, que se aproximara a su camioneta negra blindada. Dialogaban alrededor de cinco minutos: el priista gesticulaba con amabilidad, el ex procurador capitalino asentía…

—¿Qué tanto platicaban al final? —le preguntaba MILENIO a Mancera. —¿Hablaron de los problemas de seguridad del Distrito Federal? ¿No siente usted la necesidad de ayuda del gobierno federal?

No le gustaban las preguntas, se ponía muy serio, intentaba controlar la mirada de desaprobación, y contestaba:

—Siempre estamos en colaboración. La verdad es que la colaboración con el gobierno federal en materia de seguridad es permanente, es estrecha, y vamos a seguir con estos esquemas…

—¿Pero no siente usted que se empieza a ir de las manos (la seguridad), como dicen algunos?...

Sonreía forzadamente, entrecerraba los ojos, y negaba reiteradamente con la cabeza.

—¿No, absolutamente no?

—No.

—¿No hablaron de eso?

—No. Estamos tranquilos…

Estaban tranquilos y contentos él y el Presidente durante su breve recorrido por el TEO, como le llaman a la obra. Risueños, platicadores, pura cortesía, charla, y hasta abrazos. Solo en los discursos hubo una ligera disonancia. Mancera decía que obras como el túnel se vuelven “una válvula de seguridad para la Ciudad de México”, ya que evitarán grandes inundaciones. Peña Nieto, último en tomar la palabra, decía que… no. Que decir eso es una media verdad. Casi una mentira, pues.

“Para la Ciudad de México la temporada de lluvias cada año representa un reto muy importante a enfrentar. Hoy estamos seguros que con la puesta en marcha de estos diez kilómetros se da tranquilidad respecto de una amenaza latente, de una gran inundación en la ciudad”, discurría Mancera.

“Esta obra vendrá a mitigar los efectos de las lluvias y a evitar, o mitigar, mejor dicho, eventuales inundaciones futuras para esta gran zona metropolitana. Y lo quiero decir con precisión y con todas sus letras, y con toda verdad: cuando se dice que alguna obra será para evitar inundaciones no vale la pena ni siquiera decirlo así, y menos generar esa expectativa. Realmente es imprevisible, no se puede prever la magnitud ni el tamaño de una lluvia que eventualmente se llegue a tener. (…) Decir que una obra es para evitar inundaciones es decir una verdad a medias, o simplemente no decir la verdad completa como debe conocerla la ciudadanía”.

Mancera ponía semblante de incomodidad. No pasaría de ahí. Luego volverían las charlas y sonrisas entre ellos. Eruviel Ávila, el gobernador del Estado de México, el otro actor del día, él estaba en lo suyo, como anfitrión: agradecía y alababa una y otra vez al Presidente (“en este primer medio año de gobierno ya está escribiendo páginas de la historia de este gran país), a quien comparaba con… Winston Churchill y le llamaba “estadista”. Y claro, todo aderezado con porras de acarreados para el invitado de honor, como en tiempos de campaña. O como en otras épocas priistas, porque para ver al señor Presidente, había quien se presentaba hasta de traje (el dress code era informal) y con zapatos… de charol.

—¡Cómo no! Hay que rendir tributo a la investidura del señor Presidente… —se justificaba un hombre con ese tipo de cacles, quien se decía “licenciado, asesor de gobiernos mexiquenses”. En fin, pura armonía en aguas profundas de la macrópolis.

CRÓNICA POR JUAN PABLO BECERRA-ACOSTA M.