26 de septiembre de 2013 / 01:45 p.m.

Monterrey.-  Hace seis años que Jorge -nombre ficticio- sufre de violencia física y verbal dentro de la escuela sin que la directora o sus maestras tomen cartas en el asunto. Las docentes incluso culpan a la madre del menor, Inés Martínez Esparza, por haberle enseñado a hablar su lengua materna, el náhuatl.

El pequeño de 12 años de edad y sus cuatro hermanos, que también cursan estudios en el mismo plantel son constantemente golpeados por sus compañeros, que además destrozan sus útiles escolares, sin que nadie ponga freno a la situación, que ha escalado a tal nivel que los menores ya no quieren ir a la escuela vespertina “Felipe Ángeles”, en la colonia Topo Chico.

Este miércoles, la madre de los pequeños interpuso una queja ante la Comisión Estatal de Derechos Humanos (CEDH).

“Yo hablo el náhuatl y a mis niños les pegan mucho, y la directora dice que yo tengo la culpa de todo porque yo les enseñé a hablar el náhuatl, y me dicen mis niños que ya no les enseñe porque todos nos humillan”, dijo.

La situación no es nueva; el más grande de los menores actualmente cursa el sexto grado y ha sufrido hostigamientos desde el principio; posteriormente sus hermanos, actualmente en primero, segundo, cuarto y sexto año, debieron pasar por lo mismo.

El acoso escolar los ha orillado a permanecer juntos durante los recreos, pero eso tampoco les salva, pues los compañeros se les acercan para insultarlos o quitarles su lonche, llamándolos despectivamente “indios” o “rancheros”. Además de las agresiones verbales, los menores también han sufrido violencia física tras recibir patadas de otros infantes.

Estos hechos han ocurrido bajo conocimiento de maestros y directivos, cuya reacción al respecto ha sido darle largas al asunto y culpar a la madre por enseñarles náhuatl a sus hijos.

Por ello, los pequeños ya no quieren seguir estudiando por temor al ataque de sus compañeros.

“Desde primero y ya está en sexto, él me dice que ya no estudiará más porque ya no quiere que lo sigan golpeando y molestando”, cuenta.

Desesperada, esta mujer busca que se cite a los padres de familia, maestros y directivos para que juntos hagan entender al resto de los niños que atacar a sus compañeros no está bien bajo ningún motivo.

Sobre la enseñanza de la lengua materna, dice que es su derecho mantener a los niños cerca de sus raíces para que se puedan comunicar con sus mayores, algunos de los cuales no hablan el español.

Ella y su esposo, Rubén Antonio Inés, llegaron desde la ciudad huasteca de Xilitla en San Luis Potosí, tienen siete hijos y rentan un espacio en la colonia Topo Chico, al poniente de Monterrey.

“Yo quiero lo mejor para mis chiquitos, yo trabajo en una dulcería, pero cuando llego del trabajo me dicen las quejas, cuando voy a la escuela es lo mismo, tengo cinco hijos, y aparte otros dos más chiquitillos, mi esposo trabaja en carpintería y pasa mucho tiempo fuera”, dice.

Además, ella pide algún apoyo de despensa y pañales para poder sostener a todos sus hijos en la escuela

Señala que además una de sus pequeñas acaba de ser operada de una rodilla, lo cual ha significado complicaciones económicas para darle el seguimiento médico que su condición requiere, y dos de sus hijos menores no han podido ser registrados porque nacieron en casa y no cuentan con certificado de nacido vivo.

“Con la directora también he batallado con lo de las cuotas y los libros, porque no los tengo todos ni puedo pagar todo, no están todos forrados y los poquitos que tienen a veces los otros niños se los rompen y maltratan”, cuenta.

Lo más importante para la señora Inés es que sus niños no dejen de estudiar y que tengan el ambiente adecuado para prepararse académicamente.

Algunos de sus hijos están en el primer lugar de su salón, con calificaciones de 9 y 9.5.

“No quiero que me les sigan pegando a mis chiquitillos, voy con las maestras y las directoras; ellas dicen que son niños y que no me preocupe, pero sí llegan con chipotes o con golpes en la frente, moretones en las piernas y chicles pegados en la cabeza; así no me puedo sentir bien, voy a buscar respuestas, no hablan con los padres de familia de los otros niños, no han hecho nada”, dice.

Cuenta que a veces tiene que llevar a sus niños a fuerza a la escuela, porque tienen miedo de ir y sufrir más situaciones de este tipo.

La directora del plantel, a la que sólo pudo identificar con el nombre de Juana, le pide constantemente que cumpla con el pago de las cuotas escolares, aunque no le ha negado el derecho a la educación a los pequeños.

— DANIELA MENDOZA LUNA