29 de mayo de 2013 / 01:41 p.m.

Sinaloa • ¿Que quién tuvo la idea de poner la primera cruz en una banqueta? —me pregunta Ramón Osuna, el director de cementerios de Culiacán. —Le digo la verdad, joven. No lo sé. No sé a quién se le fue a ocurrir eso de recordar a los muertos en la vía pública. Lo que sé, es que al que se le ocurrió nos afeó la ciudad. ¡Hasta me han preguntado si enterramos a la gente en la calle! Y yo les digo, “¿qué, paraditos?”.

Junto con Osuna y varios sepultureros que tienen cara de no haber dormido, estoy en los descampados de la San Ángel, la calle que marca el fin de Culiacán, al sureste, y en donde a veces aparecen cuerpos tirados. Caminamos hasta detenernos frente a un nicho azul, coronado por una cruz. Hoy será demolido.

—Juan, pégale a la base. ¡Fuerte! —ordena don Ramón a un enterrador que, atinadamente, se llama Juan Cruz— En ninguna ciudad he visto algo como esto. Les ponen globos y vienen a prenderles veladoras. Hay algunos a los que hasta les ponen mantas. Lo que a mí se me hace raro, es que a veces están mejor cuidados que las tumbas.

A lo que Juan Cruz le está pegando es a un cenotafio, uno de los dos mil nichos mortuorios que han brotado en la última década en la capital de Sinaloa y que, básicamente, conmemoran a aquellos que fueron a morirse en la calle. Este mide unos 30 centímetros y tiene una veladora de San Judas. Fue construido a la sombra de un poste de la CFE. Escrito sobre una cruz de latón oxidado está el nombre de Jesús Iván Torres Noriega. Por las fechas de nacimiento y de muerte, se desprende que era un joven de 25 años. Fue asesinado en 2008.

Los cenotafios son tantos y se han vuelto tan cotidianos que desde hace rato se fundieron por completo con el paisaje urbano de Culiacán. No es una exageración. Se han multiplicado como hongos en lluvia. Podría haber de 300 a 2 mil: nadie sabe la cifra exacta. Están tan la vista que ya ni se ven. Ahí en el puesto de tacos de la avenida Sanalona hay uno. La cancha de basquetbol en la que una barda pintada anuncia como con sarcasmo el lema del calderonato, “Vivir Mejor”, tiene el suyo en el punto donde asesinaron a varios jóvenes. Debajo de un puente vial hay un par. Rosa y blanco, son de una pareja de adolescentes asesinados mientras hacían el amor en un coche. ¿Que cómo sé todos estos datos? Osuna: es una enciclopedia andante de la muerte y sus nichos. Sería gracioso de no ser por lo siniestro de lo que subyace en estos monumentos que más bien parecen tumbas.

De los cenotafios y la extraña obsesión de los culichis por rendir culto a los muertos a los ojos de todos ya han escrito otros antes que yo. Por eso, mejor les cuento cómo desde hace tres meses Osuna está atrapado en un juego del gato y el ratón que parece no tener fin. Se le ha ordenado desaparecer todos los nichos que pueda de la faz de Culiacán. Su misión es la de removerlos y entregarlos a las familias de los deudos que acepten su retiro. Pero los habitantes de la ciudad siguen construyéndolos obstinadamente. Insisten en conmemorar a sus difuntos en la vía pública.

—A veces, cuando paso por una calle me encuentro con cenotafios nuevos —me dice Osuna, casi riendo. —Yo creo que todas las semanas se han de construir unos dos o tres.

***

A sus atareadas labores de administrador panteonero en una de las ciudades más violentas de México, don Ramón ha debido añadir la de esteta urbanista. Los críticos dirán que está borrando a mazazos una página negra pero innegable de la historia de Culiacán. Los que simpatizan con la idea argumentarán que se está dando vuelta a la hoja y viendo hacia adelante.

El gobierno local tiene su teoría particular, el alcalde, Aarón Rivas, está convencido de que ha llegado el momento de proyectar la imagen de que “Culiacán está abierto para los negocios” y que la ciudad es más que las matanzas de los últimos años. Hasta ahora, 35 cenotafios han sido retirados y otros 10 están en proceso de remoción.

Osuna mejor ni le busca lecturas simbólicas a lo que está haciendo. Tiene demasiado trabajo entre coordinar la llegada de muertos a los cementerios locales y la remoción de los nichos.

—Yo lo que creo es que a los muertitos de uno hay que verlos en el panteón, que es en donde están. No aquí, en la calle —me dice, mientras Juan Cruz termina de desarmar el pequeño altar y corta con una segueta el crucifijo de latón.

Lo que al final del día me quedará claro es que nadie parece ponerse de acuerdo en torno a por qué los culichis siguen construyendo altares en estacionamientos, camellones, esquinas, terrenos baldíos y hasta en las jardineras de los parques. Altares que, dicho sea de paso, duplican eso de recordar a los muertos con las tumbas oficiales, en las que sí yacen los cuerpos de los fallecidos.

—Es que si no, no descansa la persona —me dice Ricarda Ruela, a quien se le murieron su esposo y yerno en un accidente.

—Es que hay que poner algo para recordar donde esté la sangre

—añade Alma Medina, cuyo hermano fue asesinado.

—Pinche tradición —resume don Ramón.

***

Hace como seis meses, el alcalde Aarón Rivas venía del aeropuerto de Culiacán con un empresario prominente de la Ciudad de México, cuando éste le llamó la atención sobre lo extraño que es eso de convivir con monumentos que parecen tumbas en la calle.—Como que se ve feo, alcalde.

Y esas palabras se le pagaron al presidente municipal, que admite tampoco saber el origen de la tradición fúnebre. Lo que sí sabe es que en una ciudad como Culiacán no se pueden remover así como así los cenotafios. Primero se tiene que pedir permiso.

—Mi equipo y yo salimos en diciembre y pues no queremos que nadie nos reclame después en la calle —explica el alcalde. Por eso estamos sensibilizando a los familiares que perdieron algún ser querido y decirles que en Culiacán no nos veíamos bien con tanto cenotafio en lugares muy concurridos. Gente muy importante viene a invertir y no se lleva un buen recuerdo.

El mensaje que se le quiere enviar a la población, me dice Rivas, es sencillo: por favor, recuerden a sus muertos en el panteón. “Esperamos que la gente lo entienda”, sostiene. Pero por lo que me dice José Luis Padilla, director de Magaña Marmoleros, se puede presumir que muchos no lo han entendido.

—Todas las semanas vendemos como 3 o 4 cenotafio —me dice. No como cuando estaba la violencia, que vendíamos hasta 6, pero siguen saliendo.

***

Desde marzo, el equipo de sepultureros de Osuna ha encontrado y ubicado en un mapa más de 200 cenotafios. Van de lo sencillo a lo rocambolesco. Los hay de granito, mármol y con pedrería. Están adornados con zapatos, prendas íntimas, chicles y fotografías de los difuntos. Hay algunos que no tienen nombre. Y otros que pertenecen a figuras con apellidos de rancia alcurnia narca, como Quintero, Guzmán y Beltrán.

Uno de esos, el que se erigió en el estacionamiento de la plaza comercial City Club, se ha vuelto el más icónico de la ciudad. Es una cruz de cantera de dos metros de altura. Está justo en el punto en el que murió balaceado, en 2008, Édgar Guzmán Salazar, hijo de Joaquín El Chapo Guzmán.

—La familia ya accedió a que lo retiremos —me dice Osuna, que prefiere no entrar en detalles sobre cómo se obtuvo el permiso—. Lo vamos a quitar con todo el respeto. Quieren que pongamos una placa de una estrella.

Probablemente ese sea el punto culminante de la campaña para remover cenotafios. Quizá cuando caiga la cruz más famosa de la ciudad, la mayoría de los culichis decida cambiar la tradición.

Estoy platicando de eso con Osuna a bordo de su camioneta sobre la Manuel J. Clouthier, cuando una mancha rosa atrapa su atención.

—¡Hijo de la chingada! —dice. En un solo movimiento frena y baja del auto. —Este es nuevo. Manejé aquí la semana pasada y no estaba. ¿Ya ve por qué le dije que es como el gato y el ratón?

Alguien construyó otro cenotafio en esta banqueta, que lleva al estacionamiento de un Soriana. Es un nicho con dos jarrones y pequeñas columnas tipo griego. En un arrebato adicional, quien lo colocó decidió decorar los alrededores.Pintó toda la banqueta de rosa.

VÍCTOR HUGO MICHEL