CRÓNICA POR JUAN PABLO BECERRA-ACOSTA
30 de agosto de 2013 / 12:14 p.m.

Tierra Caliente, Michoacán • El Aguaje, Tierra Caliente, Michoacán. Cenizas. Cenizas y olores insoportables. Esa combinación es la que azota los sentidos y súbitamente hace entender que esta sigue siendo una zona de guerra. Zona de miedos y venganzas.

 

Es por la violencia que varios pueblos de la Tierra Caliente de Michoacán se van quedando semivacíos. Cuatro y hasta cinco de cada diez casas yacen vacías en algunas áreas.

 

Recorremos varios poblados que pertenecen a los municipios de Buenavista Tomatlán y Aguililla, región de constantes enfrentamientos entre narcotraficantes y grupos de autodefensa, así como de emboscadas a fuerzas federales: Catalinas, Pinzándaro, División del Norte, El Terrero, Felipe Ángeles, Punta de Agua, Santa Ana Amatlán y El Aguaje. Todos eran territorios controlados por el cártel de Los caballeros templarios. Todos los han venido ocupando las autodefensas en las últimas tres semanas.

 

Todos, poco a poco, se han ido quedando despoblados. Las placitas centrales lucen desoladas, las calles terregosas abandonadas. La mayoría de los pequeños negocios están cerrados. La hierba de esta tierra fértil, limonera, empieza a crecer en los frentes de las casas desocupadas. Hay ropa colgada en tendederos, ropa que nadie recogió para evitar que la lluvia y el sol la destazaran. Hay juguetes que yacen sin niños en los solares. Hay animales, caballos, perros sin dueño. Hay silencio. El ambiente se percibe denso, como cuando hay mucho miedo.

 

Ante el arribo de fuereños, los pocos pobladores acechan con miradas espantadas: temen (contarán luego) que regresen sus antiguos victimarios y que los castiguen por darle cobijo a las autodefensas que, a punta de balazos, los lanzaron de sus territorios.

 

En Felipe Ángeles una mujer con un hijo en brazos acepta platicar. Al lado, en una hamaca, duerme en el portón de su vivienda su padre ya anciano. Adentro de la casa su madre echa leños al fogón donde cocina la comida campesina del día. Habla de los que se fueron, de los que se quedaron, pero ruega que la cámara solo tome su espalda.

 

—Varias familias se han ido porque tienen miedo. Y los que quedamos también tenemos miedo. Nos da mucho miedo salir a trabajar al campo. A mí me da miedo hasta hablar ahorita... —agrega y suelta una risita que está por convertirse en llanto cuando los ojos se le llenan de lágrimas de espanto.

 

—¿Adónde se van?

 

—No sabemos, porque nomás dicen: “Pus nos vamos”. Van para diferentes partes con sus familias: Uruapan, Morelia, Guadalajara, Iguala, México. No nos dicen.

—añade con mirada recelosa.

 

—Se quedaron sus casas vacías.

 

—Se van, dejan sus cosas, con el tiempo se acomodan y mandan por ellas. Pero, regresar aquí, no creo que se animen hasta que no se acabe esto, que ojalá y sí se acabe, que acaben con los Caballeros mentados.

 

—¿Tienen miedo a los enfrentamientos?

 

—Es que oiga, ahorita tenemos ya tanto miedo hasta de ir a trabajar al campo, porque aquí todos trabajamos en el campo, en el limón, los hombres por el día (jornaleros), y nos da miedo porque no sabemos si en las parcelas estén los señores (narcotraficantes). El viernes se trataron de meter por el panteón y fueron los soldados los que los toparon.

 

Los rastros de la ocupación previa saltan a la vista: casas de seguridad que dejaron atrás los criminales y cuya arquitectura, rebuscada y de colores chillantes, contrasta con las humildes casas campesinas. En una de ellas, dentro de un refrigerador, las evidencias de las atrocidades sacuden: hay restos humanos en una bolsa negra llena de gusanos enormes, gusanos panteoneros. El olor putrefacto marea. También hay una bodega, un entrepiso del cual solo se puede salir con una escalera plegable, donde, a decir de los lugareños, guardaban a secuestrados, a levantados. Ahí quedan restos de tambos con químicos y unas sierras. Utensilios de las monstruosidades regionales.

 

En El Aguaje, uno de los lugares emblemáticos de los Templarios, ubicado a menos de 40 kilómetros de Aguililla, y que desde hace unos días también cayó en poder de una nueva organización de autodefensa apoyada por los demás grupos vecinos, quedan las huellas de la venganza de los criminales: en cuanto la gente se sublevó, un comando penetró al lugar y la funeraria del pueblo —Funerales Alvarado— fue quemada con todo y su anciano dueño adentro (la esposa huyó), quien pereció entre las llamas. El perro del propietario, que estaba amarrado, tampoco escapó a las llamas: ahí quedó, con el hocico abierto y el cuerpo cocinado por la maldad. El canario del viejo tampoco pudo huir de su jaula: una pequeña lona que tenía en su espacio de encierro se incendió y lo derritió. Los ataúdes, los que no se consumieron por completo, están tatemados. Inservibles. Ahora la gente no tiene cómo enterrar a sus muertos: tiene que ir a otra población a buscar quién prepare a los difuntos para ser sepultados.

—Y tenemos muchos muertos, oiga. Apenas los vamos a buscar. Sabemos que el cura y su monaguillo, que mataron estos desgraciados, están enterrados aquí en las playas (así le llaman a la tierra que bordea el río que separa los municipios de Tepalcatepec y Aguililla). Tenemos como 40 muertos que habían levantado estos señores y apenas los vamos a desenterrar, ya nos dijeron dónde están unos halcones y punteros (operadores de radio) de los Templarios… —cuenta el flamante líder de la recién surgida autodefensa local, José Ceja González.

 

Camionetas van y vienen por todos los caminos. Camionetas de hombres armados hasta los dientes con piezas de caza, pero también con fusiles de asalto y pistolas refinadas. Nadie les dice nada. Incluso en El Aguaje la policía municipal se les sumó, es su escolta. En esta Tierra Caliente que dice liberarse de los narcotraficantes, ahora ellos son la ley.