Daniela Mendoza 
5 de julio de 2013 / 12:58 p.m.

 

Monterrey • A veces el dolor es más grande que el miedo.

Así lo dice Elisa Fernández Alvarado al ponerse frente a la cámara y hablar sobre la desaparición de su hijo.

Esta nerviosa y se sienta en el borde de la silla con la espalda muy recta.

Hace dos años y tres meses que su vida cambio para siempre el día en que su hijo Eliasiv Anacarsis fue secuestrado a petición de los líderes de la Federación Nacional de Sindicatos Independientes.

Con muy poco tiempo de haber recibido su título de abogado, y dejar su trabajo en una notaría, el joven se incorporó a las labores sindicales.

“Él quería ayudar a los trabajadores, tenía el ejemplo de su padre que siempre ha sido un hombre muy honesto y muy legal. Trabajo en el hospital unos meses”, dice y se calla abruptamente, le cuesta trabajo continuar.

Habla sobre el miedo en que vivieron los primeros meses, temerosos de decir algo, como si el silencio fuera el escudo protector de Eliasiv, como si cerrar la boca lo mantuviera a salvo.

“Si tenemos un poco de temor, pero queremos saber donde esta nuestro hijo, hay personas detenidas queremos que se toquen el corazón y nos digan donde esta.

“Ya son dos años de vivir en la angustia, no tenemos vida realmente”, dice.

Ha encontrado algo de consuelo en Ciudadanos en Apoyo a los Derechos Humanos, allí el acompañamiento con otras madres y padres que viven la misma pesadilla le ha ayudado a sobrellevar los días de incertidumbre.

También con el apoyo de su esposo, Eduardo Flores, que se ha mantenido no sólo como acompañante sino litigante en la causa de su hijo, es que ha tomado el valor necesario para contar la historia, para mostrar la foto de su hijo.

El joven de lentes con una sonrisa amplia y un gesto de concentración, así se ve en casi todas las fotos que adornan la casa de la familia Flores Fernández.

Elisa pide a las víctimas dos cosas: confiar y exigir. Denunciar a las autoridades pero también insistirles en el cumplimiento de la ley.

“Que confíen en las autoridades y tengan el valor de dar la cara, porque si hay miedo pero por saber dónde están nuestros hijos. Que se atrevan a hablar a la dar la cara por sus hijos”, dice.

La cámara aún no se apaga cuando Eduardo, su esposo, se acerca y la abraza. “Fuiste muy valiente”, le dice.

Espera justicia

Bien sabe que la justicia no le va a traer a su hijo de vuelta a casa, pero Eduardo Flores dice que si se convierte en una “ventana de alivio”.

Espera que concluya el proceso de apelación para que puedan entrar en materia, espera la sentencia de Jacinto Padilla Valdés y Gerardo Ibarra Ruiz, pero sobre todo anhela saber el paradero de su hijo.

“Yo soy un hombre de leyes, creo en la ley y en las instituciones, creo en la justicia, yo ando buscando justicia y yo espero que resuelvan en base a las constancias que hay en el expediente, no están desvirtuadas las acusaciones y que resuelvan confirme a derecho las autoridades.

“Yo aprovecho para decirles a todas las personas que están pasando por lo mismo que nosotros que confíen en las autoridades, pero que les exijan el cumplimiento de la Ley de Victimas, y que observen que la cumplan, el derecho al acceso a la justicia, a la verdad. Y he hecho valer esta ley y las autoridades que les han presentado”, dice.

Agradece a movimientos sociales como los que se gestan al interior de Cadhac y la Fuerzas Unidas por nuestros desparecidos y desaparecidas de Nuevo León, así como a la lucha encabezada por Javier Sicilia en su Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad.

Insiste en la exigencia sobre la aplicación de la Ley de Víctimas, esa que a él le ha permitido coadyuvar en la investigación en la causa de su hijo.

“Creo que con esta ley de Víctimas dice que nuestros derechos no pueden ser menores que las de aquellos procesados por los delitos.

“Las autoridades deben jugar un papel equilibrador, porque siempre se habla de los derechos humanos de los detenidos dejando en un escaño inferior a los de las víctimas”, puntualiza el padre del joven desaparecido.