16 de agosto de 2013 / 01:04 p.m.

Tijuana • Miriam tiene 13 años y juega con sus primos menores en el patio de su casa, en la esquina de 5 de Mayo y Sánchez Ayala, en la colonia Zona Norte de Tijuana, Baja California. La reja está cerrada con candado, por lo que no hay manera de salir, así que la diversión dependerá exclusivamente de ellos y sus juguetes.

Su tío Jorge le explicó que cuando “oscurece salen los vampiros y ya no se puede salir. En las calles cercanas lo que venden es inapropiado” dice.

Se refiere al muro fronterizo que está a 20 metros y divide a México de Estados Unidos. Sus láminas oxidadas y rejas gruesas impiden el paso de indocumentados y migrantes, pero es el punto de reunión para narcomenudistas. Su vecino Demetrio los llama malandros.

Están ahí para ampliar su mercando con los niños y jóvenes que pasan solos la mayor parte del día porque sus padres trabajan.

Uno de ellos llegó al Club de Niños y Niñas de Tijuana. Su historia es contada por Penny Guevara, quien es presidenta de los centros.

“Fue un milagro porque los narcomenudistas querían convencerlo de trabajar para ellos. No te sé decir cómo, pero el niño afirma que les dio largas hasta que llegó aquí.”

Como él hay mil 200 niños que asisten fuera de sus horarios de escuela.

“No somos un orfanatorio ni una guardería, sino un espacio de prevención y centro formativo basado en el esquema estadunidense Boys and girls que trajo un grupo de empresarios preocupado por la violencia que comenzó aquí hace cinco años.

“Somos en primero en México y América Latina. Gran sorpresa nos llevamos cuando, al principio, uno niño soñaba con tener su propia pistola para ser narco” explica Olympia López, directora del club matriz.

Los espacios son amplios, coloridos, semejantes a una escuela privada adinerada que recibió a niños de zonas marginales del Polígono Norte. En el Club (mediante una cuota anual simbólica) reciben asesoría para mejorar su desempeño escolar, toman clases de dibujo, música, baile, arte, computación y ecología entre otros.

“El objetivo es fortalecer los valores humanos, cultura de la legalidad y civismo con la idea de que su vida puede ser mucho mejor si siguen estudiando y practican las actividades que les gustan”, refiere Penny.

Prueba de ello son los dibujos con crayola que tapizan las paredes o los alebrijes de colores y monstruos de yeso recién terminados que esperan al rayo de sol para secarse.

“Tenemos niños y niñas con bajo índice escolar en matemáticas o español. Vienen de la escuela pública sin saber leer y escribir y aquí tenemos que asesorarlos, no coordinan movimientos en deportes, son obesos o viven con familias violentas. Cuando detectamos esto interviene la psicóloga y si el niño entra a terapia, la familia está condicionada a hacerlo también”, detalla Olympia.

El segundo club (de un total de tres) está en una casa que fue confiscada a la delincuencia organizada. Club de Niños y Niñas de Tijuana se unió al proyecto que aplicará la Secretaría de Gobernación en este municipio, mediante la subsecretaría de Prevención y Participación Social. El objetivo es mejorar el nivel de vida en esta localidad que, según cifras del Coneval 2010, es la segunda más pobre del estado, tiene altos niveles de desempleo y su población juvenil crece en un ambiente de violencia con pocos espacios educativos.

Prueba de ello son las paredes de una escuela primaria de la colonia Zona Norte, que si bien la autoridad pintó con mensajes ecológicos y números telefónicos de seguridad en beneficio de los vecinos, fueron grafiteadas. Después siguieron casas, negocios, puentes peatonales y vehiculares, así como gran parte del muro fronterizo.

Algunos “autores” fueron detenidos y llevados al juez cívico. Como sanción deben asistir cada sábado de 8 a 14 horas, a los cursos denominados Jóvenes cambiando su vida, impartidos por instructores de policía y psicólogos.

Como asistente del grupo, Martín de Jesús (de 15 años) habla de la disciplina militar que ahí recibe junto con otros 50 adolescentes. Para entrar tuvo que cortar su cabello a rape, hecho que le dolió. De sus compañeros solo hay diez mujeres que llegaron por llevar consigo cigarros de mariguana, vender drogas o porque sus profesores reportaron una conducta difícil de controlar.

A Roberto le encontraron una navaja en el Operativo Mochila. “Todos los sábados vengo de 8 de la mañana a 2 de la tarde, he aprendido a marchar, a pararme y a saludar a un oficial”, enlista. No obstante, confiesa, ser el mismo.

Además de entrenamiento físico, reciben charlas motivacionales impartidas por psicólogos y autoridades en diversos temas, como adicciones, noviazgo, relaciones de pareja, violencia contra la mujer, prevención de embarazo y educación cívica.

—Repitan conmigo: ¡Yo me amo! ¡Abrácense!,— les instruye uno de los psicólogos.

Entre risas, timidez y socarronería, los jóvenes se abrazan a sí mismos. Se miran extrañados. En el aula contigua, sus padres trabajan con otra terapia.

Como directora de Prevención del Delito y Participación Ciudadana en Tijuana, Lot García explica que el plan que trabajaron con Segob consiste en una estrategia de intervención que dará prioridad a los ejes sociales como prevenir la violencia contra las mujeres, niños y jóvenes; promover la cohesión comunitaria, cultura ciudadana, de la legalidad y urbanismo social, entre otros.

 — ÉRIKA FLORES