19 de mayo de 2013 / 01:26 p.m.

Santiago.- • Tristeza, nostalgia, un sinfín de recuerdos yacen ahora bajo las ruinas y los rescoldos de lo que fue la Fábrica de Hilados el Porvenir, en el centro de el Cercado, Santiago Nuevo León.

Cuando nacieron los actuales habitantes, la enorme nave ya estaba ahí, convertida en el "lugareño" más antiguo del lugar. Todas las familias tuvieron ahí a algún miembro que trabajó ahí a lo largo de los 142 años que la fábrica tiene de historia.

Joel Salazar, médico de profesión, es claro ejemplo. Su padre, Donato Salazar, trabajó desde los 16 años hasta que se jubiló. Igual que su abuelo Jesús Salazar. Y él mismo, hizo sus prácticas de estudiante en la fábrica.

La voz amenaza quebrarse mientras platica la historia, pues ve las ruinas de lo que fue el principal motor económico de El Cercado por más de un siglo. "Las palabras que pudiera decir, son pocas para lo que sentimos en el pueblo en este momento".

El viernes por la madrugada, el resplandor del fuego despertó a los habitantes de esta tranquila población, ubicada a media hora de camino de Monterrey. El fuego avanzó rápidamente, y en cuestión de minutos, la enorme nave que alguna vez albergó tanta actividad textil, era devorada por las llamas.

De nada sirvió que fuera considerada patrimonio histórico, el incendio no respetó nada.

"Prácticamente todas las familias del pueblo tuvieron a alguien trabajando aquí, son 142 años de historia que se pierden con este incendio", dice Salazar, quien era acompañado de su pequeño hijo, del mismo nombre, mientras tomaban fotografías de lo que quedó de El Porvenir.

Las personas mayores todavía recuerdan cuando las calles aledañas se llenaban de gente a las cuatro de la tarde. Era la hora en que los trabajadores salían. “Eran muchos, salían caminando y llenaban la calle de lado a lado.

Este sábado hubo mucha gente, pero no suficiente para cubrir el camino. Llegó a lo largo del día para ver cómo quedó la fábrica, cerrada hace varios años, aunque todavía se daba actividad en el interior, pues algunos trabajadores seguían permanentemente con sus labores de mantenimiento.

Llegaron para darle el adiós, como a un viejo amigo, el que les ayudó a mantener a sus familias, a darles el estudio a sus hijos.

Desde el alto de la calle, se puede ver perfectamente el interior del inmueble. No hay barda que obstruya la vista hacia abajo. Las láminas, retorcidas por el calor, cubren a medias la desnudez del antiguo edificio inaugurado en 1871.

Las paredes se ven, ennegrecidas por el humo, y las ventanas sólo dejan salir humo. El crepitar de las llamas acabó, pero se escucha el caer del agua sobre los rescoldos, que un solitario y perseverante bombero sigue arrojando con su manguera.

Nada queda ya. Baldomero Alanís mira con tristeza la obra del fuego. Nunca trabajó en El Porvenir, pero la fábrica era como un viejo amigo, ese que todos los días estaba a la vera del camino, esperando para saludarlo.

"Es triste, era parte de la historia del pueblo, todos crecimos con la fábrica, aunque no hayamos trabajado en ella", dice, con una voz que denota la nostalgia.

Al otro extremo de la calle, justo antes de que el camino haga un brusco viraje para seguir subiendo la montaña, otros lugareños aprovechan para tomar fotos.

Más que ruinas, buscan plasmar en sus fotos la nostalgia del vecino más longevo del pueblo, aunque apenas alcanzan a ver la agonía del gigante textil que por más de un siglo le dio a la gente del Cercado, la oportunidad de llevar el pan de cada día a sus familias.

FRANCISCO ZÚÑIGA