26 de junio de 2013 / 01:21 a.m.

 

Monterrey.-  • La vida no es fácil para las siamesas Elsa y Lupita, quienes a sus tres años de edad viven unidas por el abdomen. Así han estado siempre, y se han adaptado, coordinándose para moverse, jugar, ver televisión.

Para ellas, esa es la normalidad de la vida, pero lo verdaderamente difícil, es su situación económica, pues cada día requieren más cosas y el dinero no siempre llega.

Con casi 30 kilos de peso entre ambas, ya es difícil cargarlas para sacarlas de casa y les urge una carriola o silla especial, dice su mamá Facunda Hernández.

"Una sillita para poderlas a sacar, ahora, cuando voy a las juntas de la escuela, las llevo cargadas, a veces en taxi, pero ya están muy pesadas", dice.

Además, las niñas son inquietas, como todas. Sentadas en una enorme silla circular, comen y una a otra se limpia la cara, se toman de la mano, pero a veces, se pelean.

Tienen dos hermanas más, Karla Patricia de 8 años, que junto con María Fernanda, de seis años, asiste a la escuela.

Las siamesas son como cualquier pareja de gemelos, juegan juntas, hacen travesuras juntas, se enferman una después de otra y además les encanta pintar.

Sin embargo, en los últimos meses, el trabajo ha escaseado para su padre, Apolinar Sánchez González, y con ello, el nivel de vida de la familia, se ha reducido.

El jefe de familia trabaja en la obra. Su especialidad es la colocación de mármol en pisos y paredes, un oficio que ellos consideran bien pagado. Pero a últimas fechas, ha escaseado el trabajo. Y el poco que ha tenido, no se lo han pagado.

El padre es diabético y en las últimas semanas ha tenido complicaciones porque por la falta de recursos no ha podido comprar la medicina que lo mantiene estable.

Eso hace más difícil su situación por eso Facunda Hernández, dice que han tenido que aceptar algo de alimento y pañales para las niñas, que les envía el municipio de Santa Catarina, algo que antes, no habían requerido.

"Les mandan estos jugos, son caros, cuestan veinte pesos cada uno, y pañales, es que la verdad, no tenemos porque no hay trabajo".Pero en realidad, aclara, la única ayuda que ellos quieren, es que haya trabajo para el jefe de familia.

"Usted no está para saberlo, pero a veces las niñas se han ido a dormir sin cenar, llegan de la escuela, y no hay comida. O comen pura sopita, sin tortilla".

Facunda Hernández asegura que no piden ni dinero, ni comida, sólo trabajo. Mientras lo haya, ella, sus dos hijas mayores y las siamesas, tendrán lo que necesitan.

Por ahora, la vida no es fácil, reconoce la madre. Pero al igual que las niñas, se han sabido adaptar.

Y así como un milagro las ha mantenido vivas, confían en que haya otro milagro que les ayude a cambiar su suerte.

Francisco Zúñiga