3 de junio de 2013 / 12:50 p.m.

 

 

Monterrey • Por mis problemas con la bebida, reconozco que he cometido muchos errores, y las personas que están en mi primer círculo de afectos han sufrido mucho por esa causa, pero nada peor con todo lo que padecí en el centro de rehabilitación Un Regalo sin Envoltura.

Todo comenzó una tarde cuando unos hombres se me acercaron y me llevaron por la fuerza, de manera agresiva me subieron en un coche. Pensaba que me llevaban secuestrado y me entró un temor que nunca había sentido, al poco rato me di cuenta que los que me llevaban laboran en un centro de tratamiento para adicciones, lo que me calmó.

Al llegar al lugar me dio la impresión de que se trataba como una especie de cárcel, más que un lugar de apoyo, parecía una especie de purgatorio, donde las personas pagaban sus culpas.

Desde que uno llega es claro decir que ahí uno no vale nada, y que tiene que soportar lo que le hacen, porque es culpable de haber hecho sufrir a las personas que nos quieren.

Había muchas personas adictas, entre ellas un niño de seis años que luego supe tenía problemas de conducta, que estuvo 15 días.

Como bienvenida, me encerraron dos días en un cuarto, y por haberme resistido, me castigaron colgándome de las manos en el patio al aire libre, pero cerrado con vigas, desde ese momento pensaba solamente en salir.

La impresión que me dio fue como estar en un hospital psiquiátrico, porque está completamente cerrado, y hay gente de todo tipo, hasta enfermos mentales.

En los cuartos había literas de dos camas y todos los pacientes amontonados, 30 personas me daban una sola camisa para toda la semana.

Me daban de comer cebolla por la mañana, la tarde y en la noche. A los que se portaban mal o se quejaban los colgaban de una viga de acero, te vendaban las muñecas para ponerte unas esposas y te subían a un bote para colgarte.

Nos daban caldo de verduras echadas a perder, platos de lentejas nadando en agua, eso era a diario, aparte de la cebolla.

A las cinco de la mañana comienzan las actividades, haciendo ejercicio como una hora y luego me metían a bañar.

Era una tortura todo el día, ni cómo hacerle, pues a mí me decían que la familia ya no quería verme.

En cuanto al tratamiento, no había personas especializadas, desde las personas que son los directores generales, que son los mismos dueños, que es una familia.

Es el señor Jorge, la señora Carmen y un hijo de ellos que ahí vive con su esposa; ellos ahí sólo están afuera, son los que reciben el dinero; adentro, las personas que manejan todo son los mismos internos.

Va una psicóloga de vez en cuando, nos aplica pruebas y se va, creo que está confabulada con los dueños para ganar dinero; fue sólo una vez, pero no te arregla un vaso con agua.

A los dueños de la clínica les interesa que el paciente o interno cumpla con los seis o siete meses del tratamiento, porque es la forma como obtienen dinero; realmente a ellos no les importa si hay una necesidad o cuál es el problema, no les interesa nada.

Por las noche me la pasaba llorando, pensando en salir, todos los días preguntaba por mi esposa y me cambiaban la información, y sólo me decían que mi esposa ya me había abandonado.

No conforme con eso, a mi esposa le decían que yo no quería saber nada de ella.

Los que atienden es gente no capacitada, es pura terapia de castigo, había adictos de todo, hasta a un niño de seis años lo traían lavando ropa, como lo hacían con todos, sin trato humano, a base de golpear y de estar sometidos a gente que no tiene estudios, que no tiene capacitación, y siempre bajo presión.

Alguna vez me pregunté cómo es que era el infierno, era una curiosidad que tenía, bien puedo decir que el infierno es como el centro de tratamiento donde estuve internado. Ahí me castigaban, me golpeaban, no me daban de comer, de tal manera en que yo pensaba que me merecía todo lo que me hicieron.

A veces pensaba correr contra la pared y estamparme para llamar la atención y que me sacaran para así poder escaparme, llegué hasta esos extremos.

Lo que me pasaba no se lo deseo a mi peor enemigo; era humillante, horrible y todavía los que nos atendían nos decían que nos faltaba sufrir más.

Salí del lugar gracias a que tuve un problema de salud en el estómago, la verdad era mentira, me tiré al suelo gritando que me dolía. Al ver la acción, las personas se asustaron y me llevaron a una clínica, y ya regresando de la consulta, me bajé del carro ahí por la Calzada Madero.

Me bajé corriendo sin ver y fue de la manera en que me pude escapar, pero se quedó mucha gente en esta clínica, y eso es lo malo.

Ven a la gente como un billete caminando, ya sea dos mil pesos, 700, 500 a la semana, no es un centro de rehabilitación, es un negocio. La clínica se llama Regalo sin Envoltura esta en M.M del Llano y Doctor Coss.

Ex interno anónimo