14 de junio de 2014 / 10:29 p.m.

Es casi la medianoche y durante todo el día observé como cientos de aficionados ingleses (hooligans) se emborrachaban y cantaban hasta enrojecer. Manaos esta transformado y su gente palpita el mundial. Compró un refresco, pido platanitos fritos y tanto ambiente festivo me empuja a sacar mi laptop de la mochila y compartirles la siguiente reflexión:Llevo doce años analizando la influencia del futbol en nuestro universo y nunca me cansaré de lo intrigante que resulta ¿Cuantas implicaciones tiene una pelota? ¿Cuán lejos llegan los tentáculos del deporte más practicado del planeta? Con esas y otras interrogantes me golpeo la cabeza desde el 2002. Sí, y pasaron cuatro mundiales consecutivos (Corea-Japón / Alemania/ Sudáfrica/Brasil) que me tienen viviendo fuera de mi país y observando todo desde otra perspectiva.

Porque este conjunto denominado futbol es un monstruo donde se perderían hasta los gestálticos más sabiondos. Cada parte se rodea de prejuicios o elogios. Le echamos la culpa de todos los males del planeta o lo adoramos como dios mitológico ¡Piénselo dos segundos! Siempre leeremos que los mundiales tapan masacres y económicas podridas. Corrupción, fraudes y fotografías escandalosas se conoceremos desde que la FIFA designe una nueva sede y los cañones del escrutinio internacional se apunten hacia ella.Enfrente, el fervor por el balón será lo opuesto. Equipos, pronósticos y cábalas conforman el caparazón de un animal indestructible. Como si fuese resistente a cualquier catástrofe y pandemia. La pelota rueda entre guerras y la gente sonríe. En barrios que no tienen agua potable se discute sobre los millones que debería costar Messi. Nunca aceptarán que exageran porque su inconsciente ganará. Su vida es el fútbol y son felices así. No hay más.

Tan extraña es la simbología futbolera que hasta los taoístas se basaron en ella. Jajá, que más descriptivo para este deporte que su Ying y Yang. Un círculo (¿casualidad?) donde colores y corrientes opuestas se alimentas entre sí. Nunca podrán vivir sin la otra y la vorágine diaria las empuja a complementarse.

Así de complejo es definir la influencia del fútbol en nosotros. Si me preguntan sobre mi experiencia; les diría que fue un amor a primera vista que ha madurado con el tiempo. Lo veo tan parecido a la vida misma que me sorprende. Primero te dejas llevar hasta enceguecerte. Nada ocupa tu centro más que un equipo. Ni siquiera puedes aceptar una crítica porque te enojas. Todo siempre está bien. Viajas en camión donde sea y alientas tus colores. Cada lunes estarás cansadísimo pero no importa. Exprimiste tu camiseta con orgullo y ni siquiera criticarás tremenda.

Luego, pasan los años y te vuelves adulto. Conoces otras opciones y comparas aquello que pensabas intocable. Te alejas y lo criticas. Hasta empiezas a sentirte escéptico y el desencanto te gana. Lees sobre las atrocidades que los gobiernos hicieron y compras sinfines de teorías. Cuánta razón tienen esas hipótesis ¿Cómo decirles que no? Aprendes a odiarlo y te alejas.

Pero ahí sigue y allí está. Nunca termina de irse y el sonido del gol repica en tu mente. En el fondo lo conoces tanto que se vuelve imposible no sentir cosquilleos. Miras de reojo y te haces el tonto. Otra vez ese coqueteo perturbador te envuelve. No pasarán más de tres partidos y varios goles para que su amor te vuelva a incendiar por dentro.

Pero ya no es lo mismo. Pasó mucho tiempo desde la primera vez y sonríes con aplomo. Observas lo bueno y lo malo con frialdad. Aceptas al conjunto como un todo que se diferencia de sus partes. Ni el amor ni el futbol son perfectos. Buscar esos ideales es tan irrisorio como la inquisición intelectual que coloca la pelota en las hogueras. Si comprendemos que los opuestos se complementan llegaremos a la conclusión que buscamos. Dejémoslo ser. Que la pelota ruede y la realidad se transforme. Quizás la naturaleza del futbol este más allá de lo que creemos entender.