13 de junio de 2014 / 02:23 a.m.

Poco tan significativo como el curare y los dardos. Cualquier que haya visto un documental sabrá que las tribus amazónicas sobrevivieron  durante miles  de años con la practica más mortífera que su rustica arma les brindó.

“Intenta y si le atinas te regalo una”, sonríe el jefe mientras me explica cómo utilizarla. El peso esta desbalanceado y la cerbatana de metro y medio intimida. Hace una hora llegamos hasta el corazón del asentamiento Yagua y la cordialidad es total.  Estiro mi brazo derecho y sostengo el arma mientras inflo mis pulmones.  Coloco el dardo envenenado  en el orificio de dos milímetros de diámetro y soplo con todas mis fuerzas. Jajá, jajá. Las risas tímidas se escuchan en toda la tribu cuando mi proyectil  vuela medio metro debajo del blanco. Tres intentos más y nada.  Ni modo, les compraré un suvenir que me recuerde lo malo que soy para eso.

A diferencia de mi anterior decepción con los Bora, la cordialidad  Yagua se relaciona con su forma de entender la naturaleza. Hace siglos que conviven con los colonizadores europeos y su perspectiva se enfoca hacia lo positivo que ellos puedan obtener.

Contrario a este enfoque,  los Bora intentan imponer un mercantilismo que los visualiza como víctimas. Absorben al turismo para su provecho más superficial pero sus comunidades conviven demasiado perjudicadas. 

Pero sobre esta parte del Amazonas, luego de navegar varias horas y caminar por el barro selvático durante kilómetros; el mundo Yagua es muchísimo más  auténtico. Cada principio de estación  danzan para  que el Tapir (animal salvaje) los favorezca. Viven de ese gran mamífero para su carne, huesos y piel. Los hombres ostentan el rol protagónico y lograr la mayoría de edad luego de un  rito doloroso y ancestral.

“¡Sí, deben llenarse de hormigas sobre el cuerpo y aguantar el dolor por veinticuatro horas!” y me señala un tronco infestado de insectos.  Les dicen ‘bala’ (por su cabeza de gran tamaño) y su picadura es ponzoñosa pero no letal. Aunque, e imaginando  miles, el umbral de dolor que deben aceptar los jóvenes debería superar  todo lo  imaginado.

El resto del grupo coexiste con la mirada occidental  y no se queja. Ni siquiera hablan de fútbol ¡Por fin! Un lugar donde el mundial no llegó. Qué extraño  convivir con una realidad  donde la pelota no figura. Tuvimos que meternos muy adentro del Amazonas pero funcionó.

“Con eso curas el vitíligo y el cáncer de próstata”, explica mientras cortamos una corteza. Según su costumbre, ese mismo árbol produce lo equivalente al yodo y suelen frotárselo para las lastimaduras que tanta naturaleza les produce.

¿Y ese tan alto?, le pregunto y sonríe. “Ah, el ojote. Usamos su fruta y madera. Además,  cuando se muere puedes guardar los troncos porque produce gusanos muy ricos en proteínas”; cada segundo agrega más información y me impacta la variedad de recursos que tienen.

Que extraños somos  ante este  mundo natural  y cuanta riqueza tiene. Debiésemos aceptar nuestra ignorancia ante una selva que nos supera en todo. Creemos que los indígenas carecen de cosas porque lo material nubla nuestros sentidos. Aunque la verdad es otra, porque su vida se centra en lo básico y el ecosistema les entrega todos los recursos.

“El estrógeno también se obtiene de esta fruta. Nuestras mujeres lo comen después de los treinta años para  fortalecerse”, me señala un fruto amarillo y se despide.  Subo a la canoa y mi mentalidad sobre lo indígena se refresca. Un cachetazo de humildad para este citadino ignorante ante tanta riqueza. Ahora sí, puedo embarcarme hacia la metrópoli mundialista (Manaos) con un sentido más real de su Amazonas.