15 de junio de 2014 / 10:35 p.m.

Como les había comentado, este sábado estuve en Recife en el partido de Japón vs Costa de Marfil, en Recife.

Les cuento todo. Llegamos a esa ciudad a las 4 de la tarde; la entrada a la ciudad es muy complicada, mucho, y antes de llegar a Recife pasas por dos pueblos: Paulista y Olinda. La carretera está en muy malas condiciones: baches y nulas indicaciones, los letreros que te guían casi no se ven, están en su mayoría despintados; la vista de ambos pueblos es muy triste, huele a pobreza, tristeza y falta de ambición.

Al llegar a Recife, acerqué el auto a unas señoras que estaban en una esquina; la más morenita estaba embarazada, le pregunté sobre cómo llegar al Arena Pernambuco, a lo que ella inmediatamente llamó a alguien más; ese alguien era un tipo de 1.60 de estatura, gorra y con un aspecto desalineado que me empezó a explicar; no lograba entenderle mucho, ya que parecía estar alcoholizado, pero no era así, mi sorpresa fue mayor: el tipo tenía una botella de plástico en la mano derecha, adentro de la botella había resistol amarillo, y en el pico de la botella tenía una especie de bolsa que servía de filtro para el consumo del químico.

A un lado de esta persona había dos niños, uno más grande que el otro, y muchos más corriendo por esa esquina. Mi camarógrafo se asustó y me pidió que pusiera el auto en marcha porque venía más gente hacia nosotros. Arrancamos con algo de prisa y finalmente encontramos la avenida principal.

Al llegar al centro de la cuidad no vimos más que un centro sucio, descuidado y sin vida de Mundial. No había letreros alusivos al evento. Comimos en un McDonalds y de ahí fuimos al estadio.

La Arena Pernambuco está como a 35 minutos fuera de la ciudad. La misma historia, las calles en muy malas condiciones, no había letreros para llegar y el tráfico agobiante. La panorámica era la misma de la llegada: mucha pobreza y nada qué llevar a casa.

Llegamos al letrero enorme que indicaba que el estadio estaba cerca. Cuando arribamos fue increíble lo que vimos: un monumento de arquitectura, un estadio de locura, de grandes ligas, estadio de mayores proporciones que se distinguía entre la pobreza de sus alrededores y la opulencia de su construcción.

Arribamos, nos estacionamos y nos pusimos a trabajar. Hicimos un par de enlaces a Multimedios y a Milenio Televisión, y decidí entrar al estadio. No había indicaciones del acceso a prensa, así que tuve que rodear todo el inmueble que, por cierto, está enterrado en un pozo. El estadio es algo que necesitas 10 o 15 minutos para contemplarlo y hacerte la pregunta que millones de brasileños se hacen: ¿cómo es posible que con tantas carencias que este país tiene, hayan gastado 500 millones de dólares en un estadio a 35 minutos fuera de la ciudad, en medio de la nada? Es en serio, de nada, allá donde se regresa el viento y donde apenas se alcanza a divisar una comunidad de agricultores o yo qué sé.

Vi el juego. Todo normal. Salimos en medio de la tormenta y regresamos al hotel. En el camino de vuelta nos encontramos con una ciudad como la mayoría en América Latina, con algo de prostitución en las calles, nos asombrábamos con facilidad de las condiciones físicas de las que parecían mujeres que ofrecían sus servicios al mejor postor.

Al paso de ver dos mujeres, nos dimos cuenta que eran todo lo contrario. Se trataba de travestis o transexuales que viven de eso. Sin seguir deteniendo el auto, llegamos al hotel Vila Rica, ubicado enfrente de la playa. No había nada de comer y ya eran las 2:15 de la madrugada, pero teníamos mucha hambre.

Caminamos tres cuadras largas, pasamos dos semáforos y llegamos a Giro, un restaurante en una esquina, algo elevado en relación a la calle. Pedimos de comer, en mi caso una pasta con pollo y jugo de piña. Salimos de ahí a las 3 de la mañana, rumbo a dormir. Nos levantamos tarde, a 8:15 de la mañana, a trabajar.

Tenemos que hacer cápsulas comerciales y preparar dos envíos de material. Entramos en vivo a Rumbo a la Corona y guardamos todo; encendí el auto y emprendimos la vuelta a Natal. No hacía menos de 24 horas que habíamos viajado 6 horas para llegar a Recife y teníamos que volver a Natal.

Hicimos 4 horas en la vuelta. Nos paramos en la carretera, hice un reportaje sobre frutas exóticas para Futbol al Día y grabamos dos cápsulas más con unos motociclistas. Llegamos al segundo tiempo a nuestro punto de reunión, el restaurante Mercatto de Natal, tiene wi-fi y los meseros ya nos conocen.

Es un buffet de buena comida. Tiene dos televisores, ahí alcanzamos a ver el tercer gol de Francia a Honduras.

Aquí estoy, viendo ahora la previa de Argentina, esperando que Mercatto cierre sus puertas a las 22.00 para de aquí irme al aeropuerto, ya que mi vuelo sale a las 12:39 de la noche rumbo a Fortaleza, ya que allá México jugará contra Brasil.

Mi camarógrafo, Manaure, casi no habla conmigo; él edita y envía material a Multimedios y Milenio casi todo el día. No hemos tomado una gota de alcohol, es imposible. Nuestra rutina es dormir 4 a 5 horas diarias y manejar, volar, hacer cápsulas, ir a conferencias de prensa, entrevistar aficionados, editar el material, enviarlo y volver a dormir.

Así llevamos 5 días. Y aún faltan 32 para volver casa. El WhatsApp me hace estar cerca de Monterrey. El Twitter casi no lo uso, no hay tiempo; quisiera contestar todos sus mensajes pero no puedo, el tiempo se nos va como agua entre las manos.

Abrazo.