2 de abril de 2013 / 02:01 p.m.

Nuestros guías —del camarógrafo, el fotógrafo y el reportero— están nerviosos desde el momento en que entramos a la colonia Simón Bolívar de Acapulco. Y no es para menos: junto a la colonia Zapata, su vecina, es considerada por las autoridades municipales como la más peligrosa, la más violenta. El día anterior a nuestra visita los hombres salieron huyendo del lugar: quedaron en medio de una balacera.

"“Territorio comanche"”, le llaman con sarcasmo algunos costeños.

Tienen razón: apenas en noviembre pasado un taxista narraba a MILENIO la forma en que sicarios no dejaban entrar al área a choferes que laboran en la zona turística y cómo ejecutaron a uno de sus compañeros, le cortaron la cabeza, y quemaron su coche. Los criminales tienen sus propios taxis —piratas, por supuesto— que los utilizan como medio de transporte de su mercancía proveniente del narcomenudeo y como vehículos en los cuales sus halcones vigilan la colonia.

Pero la Simón Bolívar, ubicada del otro lado de la Bahía de Santa Lucía, detrás de los cerros que circundan la parte turística de Acapulco, donde viven 2 mil 144 habitantes, no solo padece altos índices delictivos: también miseria y hambre. De acuerdo a cifras oficiales, 66 por ciento de sus hogares yace en pobreza extrema y 13 sufre pobreza alimentaria. Por eso, la Secretaría de Desarrollo Social (Sedesol), a pesar de que ha encontrado hasta casas de seguridad de criminales en el lugar, la ha escogido como símbolo, como colonia piloto en su Cruzada Nacional contra el Hambre que inicia este mes, y que pretende combatir la pobreza no solo en zonas rurales, sino en áreas urbanas donde hay más de 7 millones de personas miserables y hambreadas en ciudades de todo el país.

Pero aquí, en la Simón Bolívar, no será fácil implementar proyectos productivos:

trabajadores de Sedesol que laboran en el diseño de la estrategia local comentan fuera de cámara que buena parte de la economía del lugar está ligada a las actividades criminales, y que los narcos, como si fueran “un Estado, un gobierno paralelo conservador, pretenden conservar el statu quo”. No les interesa —afirman— que los ciudadanos tengan alternativas económicas. Y es que, tan gobierna aquí esta gente de “la maña”, como le llaman a los capos, a “los mañosos”, que al saber que Sedesol realizaría trabajos preparatorios para su cruzada contra el hambre, les mandó a decir a los funcionarios:

"“Hasta las cinco de la tarde pueden entrar, después de esa hora no nos hacemos responsables de su seguridad"”, según narran. Y dicho y hecho: la víspera de la visita de MILENIO los trabajadores huyeron al atardecer, cuando se produjo una balacera a unos metros de ellos…

***

Aquí, en la Simón Bolívar, una vecina, Ninfa Dorantes, nos recibe en su humilde casa de paredes hechas con palos de madera y con piso de tierra. En su solar, rodeada de patos, gallinas, palomas, y un perro encadenado, llora al hablar de su miseria, de los frijoles que serán la única comida del día de ella, su hija, su yerno y su nieta. Y llora porque su hermana recién fallecida era la que más le ayudaba económicamente…

—Así que en Acapulco también se sufre… —se le comenta.

—No, pues sí…

—La gente piensa que en Acapulco…

—Todo es felicidad, ¿no? —interrumpe, se limpia las lágrimas y sonríe—. Se equivocan. Sufrimos. Hay mucha gente que sufre. Mucha gente…

—Así que eso de que en el mar la vida es más sabrosa…

—Jajaja… Eso dice la canción. Bueno, los que tienen (dinero), sí, la vida es más sabrosa porque se la pasan allá, bañándose, cachondeándose con las turistas, pero nosotros los pobres, como dice Pedro Infante, aquí estamos, arrinconados…

La mujer ha lavado y planchado ajeno toda su vida para sobrevivir, siete días a la semana, por lo cual ha percibido un promedio de 70 pesos por día: seis pesos la docena, diez docenas diarias.

Otra vecina, Mariana Valencia sintetiza su vida minutos más tarde en otra parte de la colonia:

—Allá la Costera está bonita, pero para acá, hay mucha pobreza extrema. Nos falta agua, drenaje: aquí la gente no tiene baños, usa fosas, y la gente todavía cocina con leña…—Ni parece que está uno en Acapulco… —se le comenta.

—Aquí vive una como de rancho, de pueblito, comiendo frijolitos y chile.

—Así que de pescadito, nada…

—No, pues a veces, una vez por semana, a veces, y porque lo pido de fiado. De fiadito, un cuatete, unos camaroncitos…

La vida polvorienta del otro Acapulco, que más se asemeja a la de los municipios más pobres del país que a la de uno de los centros turísticos más concurridos…

***

No lejos de ahí, una docena de jóvenes descalzos juega futbol en una campo de tierra lleno de piedras y vidrios. Uno de ellos ya perdió un dedo que se cortó con un cristal. Primero se muestran reacios a platicar, pero luego de unos minutos entran en confianza.

Dicen que si tuvieran instalaciones dignas (las cuales ya han solicitado sin respuesta desde hace años), se alejaría de las drogas y el crimen, aunque, eso sí, viven bajo la presión de los delincuentes:

—Cuando llueve pasa un arroyo por aquí y se lleva toda la arena, no podemos jugar.Aunque sea un pisito que nos pongan. Una cancha sintética, porque no hay agua para regar pasto… —cuenta uno.

—¿Y el deporte sí los aleja del vicio, de la delincuencia?

—Sí, preferimos andar haciendo deporte que andarnos mariguaneando…

—Con las balaceras se pone feo aquí…

—Sí pues…

—No hay dónde esconderse…

—Ni modo que atrás de las piedras, nos agarran de todos modos. Y grábanos (con la cámara de televisión), por si nos mandan a la selección de chivas (por si los ejecutan por delatores)…

La peligrosa, oscura (apenas hay unas cuantas luminarias) y miserable colonia Simón Bolívar. A ver cómo está dentro de un año, luego de que se aplique la cruzada…Mientras tanto, a tan solo unos minutos de distancia, pero como si fuera en otro mundo, detrás de los cerros la vida turística transcurre con normalidad tanto en el día como en la noche: es la alegre e iluminada Bahía de Acapulco.

— JUAN PABLO BECERRA ACOSTA