2 de mayo de 2013 / 12:54 p.m.

 

Jimmy Carter tuvo un ataque de diarrea. A John F. Kennedy casi lo aplastan groupies histéricas en el Centro Histórico. William Clinton agravó su lesión de una rodilla y terminó en manos de un masajista, mientras Paseo de la Reforma era un campo de batalla en el que estudiantes lanzaban globos teñidos de rojo a la embajada de Estados Unidos. Para los pocos presidentes estadunidenses que se han atrevido a venir a la Ciudad de México, la visita siempre ha sido una aventura de desenlace incierto.

Describirlo como un atrevimiento es adecuado. Solo seis de 44 mandatarios de EU han querido pisar cancha mexicana en 200 años de turbulenta historia compartida. Pero desde que Clinton lo hiciera en 1997 —en medio de fuertes protestas—, ninguno ha podido o querido realmente transitar de nuevo por el Distrito Federal. Los servicios de seguridad de ambos países ya no han querido arriesgarse. La urbe es muy grande y difícil de controlar. En resumen, impredecible.

Barack Obama vino en 2009, pero en realidad nunca estuvo. Se amuralló entre 3 mil policías y militares. Jamás dejó los confines de una burbuja de 2 kilómetros cuadrados entre Los Pinos y Polanco. En ocho años, George W. Bush tampoco quiso venir. Simplemente era demasiado propenso a detonar manifestaciones en su contra. Prefirió recluirse en la seguridad relativa de Guadalajara, Monterrey, Cancún, Mérida y Los Cabos. Todo menos la Ciudad de México.

Este jueves y viernes, Obama romperá parcialmente con esa prohibición que la Casa Blanca y Los Pinos se han autoimpuesto por cautela y temor a la ira callejera. Aunque en una zona muy reducida, se tiene previsto el traslado de la comitiva presidencial desde Polanco hasta el Centro Histórico y de vuelta. Es un trayecto que, si se realiza por tierra, le llevará a cruzar la ciudad por sus avenidas más emblemáticas y que expondrá al llamado líder del mundo libre ante los capitalinos por vez primera en una generación. Cómo reaccionarán éstos, es un volado.

""Que Obama venga a la Ciudad de México habla de un país muy confiado en sí mismo"", sostiene Enrique Berruga, ex subsecretario de Relaciones Exteriores. ""“No debería haber ninguna protesta antiObama. No es un presidente que haya sido duro con México"".

Para Gerardo Fernández Noroña —detenido durante las protestas contra Clinton en 1997— la visita es un acto de arrogancia que bordea en la provocación. ""El PRI piensa que tienen controlada la capital, pero seguro que habrá manifestaciones"", pronostica. ""Desde hace 15 años no venía un presidente de Estados Unidos. Ya verás. Habrá detenciones y barbaridad y media"".

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La visita a la capital de México por parte del mandamás del vecino del norte no es cosa común. En dos siglos solo ha ocurrido en 12 días. Es un evento tan raro como polarizador. Anima lo mismo al pro como a la contra. Incita al rechazo y al aplauso. Ha sido ocasión propicia para furiosas protestas y recibimientos apoteósicos, casi imperiales.

En un extremo está Kennedy, el último que pudo moverse con absoluta libertad. Un millón de personas salió a recibirle en el verano de 1962 a lo largo de su traslado desde el aeropuerto al Palacio Nacional. El recorrido lo hizo a bordo de una limosina abierta. En Ciudad Satélite, 5 mil personas celebraron a su lado las fiestas anticipadas del 4 de julio con un desfile de autos enanos. En la Unidad Independencia del IMSS se saltó la valla para saludar a la gente de mano. En la Basílica dijo rezar primero como católico, luego como presidente.

En otro desplante de confianza, Kennedy caminó como un vecino cualquiera por la calle de Moneda. Iba a la vieja sede del Museo de Antropología. Las crónicas del día hablan de un incidente que estuvo cerca del desastre y que obligó a los G-Men a rescatarle.

""…de pronto, cuando menos lo esperaba, una multitud lo rodeó, lo aprisionó, le manifestó su simpatía de mil maneras distintas y a punto estuvo no solo de ahogarlo, sino de aplastarlo"". (Excélsior 1/7/62)

William Clinton se halla en el otro polo. Nunca hubo una gira tan atrevida. Si las demás han sido actos de relumbrón y protocolo —la de Carter, marcada por algunas desventuras personales, cae en ese concepto—, la del ex gobernador de Arkansas fue un pase de lista a los actores del sistema político mexicano. Se reunió con el gabinete de Ernesto Zedillo en pleno y después, con los dos muy jóvenes presidentes de un PAN y un PRD que buscaban romper con la hegemonía priista. Eran Felipe Calderón y Andrés Manuel López Obrador.

La visita presidencial de 1997 fue todo menos pacífica. O neutral. Desencadenó protestas ante la embajada de EU en Paseo de la Reforma y conatos de bronca en distintos tramos de la avenida. Integrantes del Consejo Estudiantil Universitario y maestros de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación se trabaron en lucha con los granaderos. Quemaron una bandera estadunidense.

Por toda la ciudad se reportaron detenciones de activistas. Teodoro Palomino, ex dirigente de la sección 9 del SNTE, fue acusado de planear un acto de sabotaje y consignado por portación de arma.

Hubo los más aventurados. Fernández Noroña buscó interceptar a Clinton personalmente en la explanada de Bellas Artes. Quería reclamarle las políticas económicas impuestas desde Washington a Latinoamérica y decidió armar un muy tradicional plantón a las puertas del recinto para obligarle a ver a un grupo de deudores de la banca.

""Nos instalamos en el campamento"", recuerda el ex perredista. ""Pero cuando pasé al baño en el Sanborn’s fui detenido por policías judiciales. Nos subieron a una patrulla y nos llevaron a Xochimilco"". Ahí permanecieron por dos días. Justo el tiempo necesario hasta que el Air Force One estuviera de nuevo en el aire.

— VÍCTOR HUGO MICHEL