21 de abril de 2013 / 02:26 p.m.

La pobreza y el abandono tienen al borde de la desaparición al ejido El Delgado, en Mina.

Mina • Vivir simple y sencillamente de la nada es la realidad un puñado de personas radicadas en un ejido olvidado en Mina, Nuevo León.

Pese a estar ubicados a menos de 100 kilómetros de Monterrey, los habitantes de El Delgado están acostumbrados al olvido de las autoridades.

La mayor parte de sus moradores son personas de la tercera edad que se aferran a lo poco que tienen y, a pesar que sus tierras no dan para más, las cuidan como su más grande tesoro, una riqueza heredada por las viejas generaciones que arribaron a este poblado fundado a finales del Siglo XIX.

Ubicado en un laberinto de lomas y serranías, El Delgado es un pueblo que se niega a morir, sus gentes son personas del desierto que más que sobreviven en un medio hostil, donde la belleza agreste da al traste con la sequía prolongada que se padece desde hace décadas.

Las tonalidades azules, grises y el poco verde que predomina en la zona son algunas de las postales que el visitante puede observar desde cualquier punto de su línea de vista, sin embargo, la vida cotidiana de sus habitantes es una narrativa marcada por una constante de lucha en contra de ecosistema que no da nada y que desde hace años quita, como si escondiese sus beneficios.

Quienes ahí habitan, personas de la tercera edad, laboran en jornadas de trabajo que comienzan al amanecer y terminan cuando se mete el sol, con un salario semanal apenas llega a 200 pesos y que lo poco que tienen lo gastan en servicios y comida.

"Nos levantamos muy temprano, mi esposa me ayuda con las chivas y en mi caso me voy a juntar lechuguilla en el cerro, no hay más, no tenemos manera de vivir, somos de la tercera edad y no tenemos la manera de que se nos contrate en una fabrica", dijo don Luis, un hombre que a sus 63 años labora de sol a sol tallando la lechuguilla.

A pesar de las carencias, estas familias no se quieren alejar de lo que consideran su gran tesoro: la tierra.

"No nos vamos a ir a otro lugar, aquí nos vamos a morir de viejos, aquí en este pueblo nacieron nuestros padres y nos heredaron estas tierras, no es posible que las dejemos para que otros vengan y se queden con lo que trabajamos toda la vida", sostiene don Luis.

En El Delgado, el pasado ha sido por mucho mejor que el presente, pues aunque los beneficios de la modernidad han llegado a este poblado, las carencias parecen ser el denominador común de la vida de las personas.

"Tenemos refrigerador pero sirve más para tener el agua fría, pues es muy poca la comida que tenemos, además tenemos que apagar la luz de los focos, es algo caro lo que se paga", dice doña Josefina.

Sobre los apoyos del Gobierno, algunas personas mayores comentaron que reciben ayuda, no obstante aclaran que eso no les es suficiente.

"Nos ayudan pero es muy poco, claro que nos sirve, pero como no llueve es que la tierra no da nada y los animales se nos mueren de sed, el otro día se nos murió una vaca y para mala suerte, los coyotes se llevaron unas gallinas y una chiva, al igual que nosotros, los coyotes batallan, le dije a mi marido que matara un coyote para comerlo y vender el cebo, es bueno para los dolores2, relata triste doña Josefina.

La escuela de El Delgado luce sola y sin alumnos, desde hace 25 años los niños se fueron, la falta de un futuro mejor los hizo abandonar su tierra, ahora los mesabancos sólo son un recuerdo de años donde en el poblado se podía ver a una población constante.

Los viejos tableros de las canchas de básquetbol resisten el embate de los elementos, sin niños que jueguen en sus canchas, el tiempo y el olvido son la constante de esta escuela.

Ahora, hay más tumbas en el panteón que habitantes en el poblado, sus tumbas de alguna manera ilustran el devenir del tiempo y son un presagio del destino de sus pobladores.

Los instrumentos de labranza están arrumbados en los rincones, desde hace tiempo que la sequía no permite que ningún cultivo prospere.

"Antes, cuando era niño, se daba mucho, pero como el agua se acabó ahora ya no hay nada, se sembraba maíz, ajo, tomate, chile, calabaza y hasta en las orillas del arroyo se daba melón, pero ya no queda nada, está muy seco, aquí se vive de milagro", dijo don Carlos, quien a sus 68 años labora extrayendo cera de una planta llamada candelilla.

En la entrada del poblado, escrito en uno de los frontones, se encuentra la frase "Viva Carraza", una marca que data de los años de la Revolución Mexicana ya que en esta zona de Mina, Nuevo León, se llevo a cabo una batalla entre fuerzas carrancistas y villistas.

Pese al valor histórico de este poblado, el olvido y las carencias predominan sobre todas las cosas y sus habitantes, a diario viven su propia revolución y la han ganado al paso de los años, pero ahora, el tiempo ha cobrado su factura y la edad ha derrotado a los habitantes, quienes se aferran a sus tierras por ser su mejor posesión.

En espera de un mañana mejor, los pobladores viven de las promesas y las esperanzas, esperanza que se persistirá hasta el fin de sus vidas.

LORENZO ENCINAS