LUIS GARCÍA
19 de febrero de 2016 / 09:20 a.m.

Monterrey.- Juan Manuel cuenta los días para cumplir su condena. Lleva cuatro años recluido en el penal del Topo Chico, le quedan cinco, aunque espera que sean muchos menos.

Con apenas 350 pesos por semana que saca trabajando en la ixtlera, más lo que su familia le aporta, vive el día a día en este lugar, al que ingresó tras ser acusado de un robo con violencia.

Su morada es el ambulatorio C, uno de los escenarios del enfrentamiento del pasado jueves. Juan Manuel afirma que sólo tiene un objetivo en mente.

"Una vida normal, una familia, todos (aquí) hemos hecho cosas malas, pero todos merecemos una segunda oportunidad", manifestó.

Esta es una de miles de historias que existen en el penal. Contrario a lo que podría pensarse, los reos buscan quién los escuche y las cámaras no los intimidan.

En el ambulatorio E 1 se realizan algunas actividades profesionales, entre ella está el caso de Alan, un reo que se dedica a cortarle el cabello a sus compañeros a cambio de algunas monedas.

"Lo hago más que nada para superarme en la vida… (cobro) 25 pesos por rasurado, cejas, barba, sí es un poco difícil más que nada cuando es la primera vez, nuca he estado detenido. Es un poco difícil ambientarse, pero al final (zic) y al cabo se tiene que hacer a la idea de está detenido y a pagar el error", narró.

En este lugar los internos les rezan a Dios y a la Santa Muerte. Profesan el amor a los colores de su equipo, se dan tiempo de leer el periódico o de convivir en una celda, como cualquier grupo de amigos.

"Queremos que arreglen las porterías, que estén chidas para jugar futbol, que nos apoyen con balones con lo que se ocupa principalmente para jugar diariamente", solicitó un joven.

Pese a ello, los problemas que los aquejan a hombres y mujeres los regresan a su realidad.

"Habemos muchas que ni siquiera estamos sentenciadas. Yo tengo un año siete meses y ni sentenciada, y pues ya estoy desesperada, ya me quiero ir de aquí; mi abogada de oficio no hace nada", contó una mujer.

Custodiados por 96 cámaras en todo momento, los internos tratan de hacer vida. Sus relatos desde las sombras muestran que por increíble que parezca, ellos abrigan esperanza en medio de su infierno.