FRANCISCO ZÚÑIGA ESQUIVEL
10 de octubre de 2016 / 12:27 p.m.

MONTERREY.- Simplemente ya no despertó. Cuando sus compañeros de indigencia se levantaron y fueron a llamarlo, "El Callado", como lo conocían, ya nada podía decirles, aunque hubiera querido.

Sobre el colchón viejo que usaba como cama, dentro de la choza hecha con tablas y bolas de plástico negras, estaba el cuerpo de su compañero de andanzas, inerte totalmente, y en una posición como si hubiera querido en el último momento salir a esconderse de la muerte entre la selva que se ha formado en el río Santa Catarina, donde desde hace años vivía.

No presentaba huellas de lesiones, heridas ni golpes. Además, si alguien hubiera llegado hasta ahí para atacarlo, los otros se hubieran dado cuenta, porque los perros que siempre traen de socios hubieran ladrado y despertado a medio Monterrey.

“El Callado” tendría unos 55 a 60 años. Moreno, de estatura regular, nunca dijo su nombre a los otros indigentes que viven en esa pequeña comunidad escondida entre los arbustos que han brotado en el lecho.

Hace años que convivían con él en esa vida que más parece supervivencia. Se dedicaba a juntar cartón, latas de aluminio vacías, que luego vendía para mal comer.

Nunca dijo cómo se llamaba, así que nadie lo supo. No platicaba mucho, se limitaba a sonreír de vez en cuando, si le hablaban, y seguía en silencio. En esas comunidades de indigentes y abandonados sociales nadie tiene historia, muchos no tienen nombre y si la tienen no la cuentan. Por eso nada sabían de 'El Callado', si tenía familiares, o si alguna vez tuvo una familia.

El cuerpo estuvo ahí un par de horas, esperando que llegarán los elementos de Servicios Periciales para revisar el escenario y confirmar que todos los indicios indican que fue muerte natural, aunque eso sólo lo confirmará la autopsia que por ley tendrán que practicarle.

Por lo pronto, tan callado como siempre, “El Callado” siguió en la muerte la inercia de sus últimos años. Callado y sin nombre.