18 de febrero de 2014 / 11:42 p.m.

Monterrey.- Fue una reacción en cadena donde el último eslabón fue el peor librado. El escenario: avenida Garza Sada y Lázaro cárdenas. La hora: 9:10 de la mañana. Protagonistas: un automóvil Jetta gris, un tráiler de plataforma y otros vehículos que simplemente se fueron. El saldo: una mujer prensada.

Es apenas uno de los más de 100 casos de colisiones que se presentan en la zona metropolitana de Monterrey, causantes de daños en vehículos, lesiones o muertes en conductores y demás involucrados, y jugosas ganancias para aseguradoras, grúas, talleres, hospitales y funerarias.

Esta historia tiene nombre y apellido. Es Elizabeth Mata, de 23 años. Ingeniera forestal al servicio de una empresa de reciclaje. Circulaba por Garza Sada al norte, recién había pasado Lázaro Cárdenas, y delante de ellas iba una camioneta.

De pronto, salió sin precaución un camión de pasajeros. La camioneta, frenó, el Jetta también, pero no pudo hacerlo un tráiler de plataforma que venía atrás; golpeó brutalmente la parte posterior del pequeño auto y lo hizo girar para proyectarse contra el muro de una tlapalería. Los que iban al frente siguieron su camino, quizá sin enterarse del drama que ocurría metros atrás.

Aturdida, la conductora recibió rápida atención de una paramédico de la Cruz Verde de Monterrey, que compartió con ella su prisión de metal retorcido y cristal roto. Trataba de tranquilizarla, hablándole para evitar que cayera en un sueño no deseado. Le proveyó de oxígeno, de palabras de aliento, mientras sus compañeros llegaban con otras herramientas para tratar de liberarla.

Y así se incorporaron al rescate la planta generadora de electricidad, las bombas neumáticas, las mangueras y las poderosas pinzas capaces de demoler el metal como cuchillo en mantequilla.

Mientras continuaban las maniobras, la socorrista le ayudaba a marcar un número en su teléfono. Dentro de su crisis, Elizabeth quería notificar a su familia que estaba bien y que pasaba por un proceso del que saldría avante.

Las quijadas metálicas seguían con su labor de seccionar los marcos de las puertas para continuar con el rescate. Adentro, la mujer era cubierta por una sábana azul y por el cuerpo de la brigadista, para evitar que le punzaran la pedacería de metal y vidrio que saltaban como proyectiles.

Ocho minutos difíciles transcurrieron hasta que Elizabeth pudo ser subida a la camilla. Su respiración era agitada, sus ojos, apretados, trataban de contener tantas emociones en tan poco tiempo. Su mano derecha tensa como cuerda de violín, manifestaba el momento que pasaba.

Ingresó a la ambulancia rumbo al hospital. En tanto, curiosos, periodistas, paramédicos, oficiales de tránsito desempeñaban cada quien un papel en este teatro de la vida, donde a veces hay comedias, donde a veces hay dramas.

Joel Sampayo