4 de septiembre de 2013 / 01:32 a.m.

Ciudad de México • La lluvia no da tregua. A la media noche Alejandra, una maestra de Chiapas, no puede dormir porque su colchoneta se mojó, y no tiene otra alternativa más que sentarse en un banquillo a velar el sueño de sus compañeros y sumarse a la guardia nocturna.

Por la noche, un grupo cuida dos cosas: que no les roben sus pertenencias, y que la policía no los desaloje.

Amanece y un maestro que despierta le cede a Alejandra su tienda de campaña. Ella planea dormir un par de horas para después unirse a sus compañeros en el plantón afuera del Senado, no sin antes poner su colchoneta a secar.

En las carpas se formaron cunetas que se llenaron con agua de lluvia. Los maestros aprovechan y golpean por debajo de las lonas para que el agua caiga y llene cubetas que usarán para lavarse las manos.

Otros ponen orden en el campamento: sacuden y doblan cobijas, barren y acomodan mesas, sillas y bancos. Se turnan para ir a los baños públicos donde pagan 20 pesos para bañarse en menos de cinco minutos.

Bajo las lonas

En los balcones y azoteas de los edificios que rodean al Zócalo se divisa el capamento; carpas y lonas que cubren la superficie, desde los edificios del GDF en la calle 16 de Septiembre, en la Plaza de la Constitución frente al Palacio Nacional y hasta el patio de la Catedral en la Calle de Tacuba. Abajo hay una ciudad.

En el centro del Zócalo hay dos toldos blancos, todo lo demás son lonas sostenidas con palos y cuerdas que dejan estrechos pasillos para los peatones, que además sortean su andar agachándose para esquivar los mecates.

Debajo de las lonas y toldos hay tiendas de campaña, colchonetas, colchones inflables y bolsas de dormir; improvisadas cocinas con anafres y fogones, con mesas portatiles de plástico y cajas de madera que guardan despensas de agua purificada, latas de atún, pan de caja, café y huevo.

La organización

En el campamento de la calle Brasil, donde están los maestros de Chiapas, la profe Lupita deja caer jitomate cortado en cubos sobre cebolla acitronada. Huele bien. Rompe tres docenas de huevos y mezcla todos los ingredientes. En otro anafre la profe Emma calienta tortillas y hierve agua para café.

Habitualmente a esa hora, las mujeres anuncian a sus alumnos la entrada a clases… ahora anuncian a sus compañeros que el desayuno está listo. Ellos, acostumbran a esa hora ayudar a sus estudiantes a hacer fila para entrar al aula, pero ahora hacen fila en el anafre para servirse el desayuno.

"Es lo más económico" dice Lupita "la gente piensa que estamos como reyes, aquí se batalla mucho y hacemos mucho esfuerzo por la causa".

La profe Lupita tiene cinco días en el campamento, salió de Tuxtla en un autobús con 50 compañeros para relevar a otro grupo. "Nos estamos turnando, porque es muy complicado estar aquí tanto tiempo y lejos de la familia", cuenta.

En los estrechos pasillos que quedan entre las tiendas de campaña, los maestros avanzan hasta áreas de cinco metros cuadrados que dejaron libres para realizar sus juntas y celebran la primera del día.

Es el repaso del itinerario: quienes se quedan a cuidar, quienes salen a los mítines y plantones, quienes van a comprar víveres, utensilios de cocina, lonas y demás herramientas que hagan falta en el campamento.

Antes de las siete y media de la mañana, el campamento comienza a vaciarse. Se quedan los de la guardia matutina y los de la guardia nocturna que ahora duermen.

El acopio y la cooperación

En la esquina de Venustiano Carranza y Pino Suárez, maestros de San José Temango, Oaxaca, cuelgan un cartel con la leyenda "coopere con nosotros, no a la privatización", anunciando la instalación de un centro de acopio.

"Lo que más nos urge es agua, agua para tomar, nosotros aquí cooperamos, hacemos una vaquita, pero no alcanza, ya ha habido gente que viene y nos deja botes de agua y hasta garrafones", dice el maestro Evaristo.

 

A lo largo de todo el campamento hay frascos y recipientes acompañados de letreros pidiendo cooperación.

"Pedimos cooperación porque no nos están pagando, nos tienen retenido el salario y no nos queda otra más que pedir", dice la profesora Lupita del campamento de Chiapas.

El acopio de víveres se mueve lento, son más los peatones que se animan a cooperar con un par de monedas.

 

Los maestros y los peatones

En el Zócalo la mañana transcurre lenta. Se va en leer, platicar y escuchar la radio. Los peatones que cruzan el campamento para llegar a su destino rodean tiendas de campaña y se agachan para esquivar las cuerdas que las sostienen.

 

Tres mujeres ajenas a la causa de los maestros, se dirigen a la Catedral; sortean su paso por el campamento de la Coordinadora de Escuela Demócratas en el Estado de México y están enojadas.

"¡Míralos!, (los maestros) están echadotes, ¿haciendo qué? ¡nada!", se dicen entre ellas y en voz alta. Los maestros las escuchan y callan. Cuando las tres mujeres se van, ellos comentan "ni siquiera se acercaron a hablar con nosotros, a preguntarnos qué hacemos aquí, se dejan ir solo con lo que dicen en la televisión".

Otros reaccionan diferente, desde lejos gritan un "¡estamos con ustedes!", otros se acercan, preguntan y platican. Para los maestros de la CNTE es un momento clave porque pueden abrirse, expresarse y dar su mensaje.

"Es una mentira eso que dicen que no queremos ser evaluados, claro que queremos que nos evalúen, no le tenemos miedo a eso, lo que queremos es que primero se evalúe al Gobierno", dice el maestro de una primaria de Oaxaca, Valentín Robles.

Valentín es cuestionado por los peatones acerca de los bloqueos, en particular el de las inmediaciones del aeropuerto de la Ciudad de México, “dejaron a mucha gente sin vuelo, y mucha gente no pudo llegar a sus trabajos”, dice un transeúnte.

"Mira, esto es lo que pasa, que para acabar con esta maldita oligarquía no nos dejan otro remedio más que sacudir el árbol para que caiga la fruta mala de la copa", comenta Valentín.

Al hablar se tapa la boca con el cuello de la chamarra."Es una medida de seguridad", dice uno de sus compañeros, y explica que temen que sus conversaciones sean grabadas, o que sus labios sean leídos por infiltrados.

Arriba, desde los balcones y azoteas de los edificios, los turistas toman fotos; se quedan con postales de carpas de colores decorando el Palacio Nacional y la Catedral.

LILIANA CAVAZOS