27 de julio de 2014 / 04:57 p.m.

Los Ángeles.- El caso de Joseph Rudolph Wood, el reo que fue ejecutado la semana pasada en Arizona pero que antes de morir pasó casi dos horas agonizando debido a que falló la dosis de la inyección letal que le fue suministrada, ha aumentado la controversia que hay en Estados Unidos debido al uso de nuevos fármacos para llevar a término las penas de muerte de reos.

La polémica empeoró porque esa inyección letal que le pusieron a Wood, de 55 años de edad, tenía los mismos compuestos usados en otra controversial ejecución en Ohio, hace seis meses.

"Los estadounidenses están hartos de esta barbarie", afirmó Dianne Rust-Tierney, la directora ejecutiva de la Coalición Nacional para la Abolición de la Pena de Muerte. "La pena capital es una práctica bárbara y barbarizante, ineficaz y que socava el compromiso de igualdad bajo la ley".

Los testigos en el caso de Wood dijeron que el reo continuó resoplando y tomando bocanadas de aire cientos de veces, cuando la ejecución debería haberse completado en unos diez minutos.

Estados Unidos es uno de los 58 países que todavía aplica la pena de muerte mientras que otros 140 la han abolido, casi ocho decenas de ellos después de 1976, cuando el Tribunal Supremo de Justicia estadounidense la restableció.

Entre 1890 y 2010 al menos 8 mil 776 personas han sido ejecutadas en Estados Unidos y 276 de esas ejecuciones de una u otra forma se llevaron a cabo con errores que prolongaron la agonía del condenado, según ha recordado esta semana Austin Sarat, un profesor de jurisprudencia y ciencias políticas en el Colegio Amherst, de Massachusetts.

El país sigue recorriendo un camino tortuoso entre el reclamo de venganza social contra los criminales y la Octava Enmienda de su Constitución según la cual "no se infligirán penas crueles e inusitadas".

Paralela con el debate irresoluto sobre la pena capital en sí ha transcurrido la polémica sobre los métodos de ejecución, salpicada en años recientes por fallas y errores que han resultado en sufrimientos innecesarios para el ejecutado.

Los partidarios de la pena de muerte, en su mayoría, no padecen tales escrúpulos: la crueldad de los criminales justifica que el Estado no gaste dinero en mantenerlos tras rejas, y cualquiera que sea el método para matarlos no se equipara al dolor que han causado.

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