SANTIAGO FOURCADE
12 de marzo de 2015 / 11:17 a.m.

São Paulo.- Irasema se frota los ojos y mira hacia abajo. No quiso hablar para nuestra cámara y apenas se animó a una respuesta.

"No aguantamos más. ¿Qué gobierno te deja una semana sin agua? No vivimos en el Amazonas...somos paulistas que pagamos impuestos, pero parecemos indigentes", muerde en un portugués tan sureño que confunde.

Lo extraño de ella es que la encontré en el supermercado muy feliz hablando con sus hijos. Tenía un cuerpo espigado y una clásica tez trigueña remarcada por dos profundos ojos miel.

Preguntarle sobre el agua la espantó. Miró a su Rafael de nueve años, y a Paulo de cuatro, y su voz se quebró. Según la joven de no más de veintisiete años, el forzado racionamiento que impulsó el gobierno la motivó a situaciones inhumanas.

"Toda la familia en un baño sin agua y sin posibilidades de buscar más. O la tomas o la tiras... ¿Qué haría usted?

Sus días sin agua fueron el denominador común para millones de citadinos por primera vez en su historia. La estrategia de la administración estatal dividió la metrópoli en una cuadrícula donde los pobres serían los primeros en pagar las consecuencias.

De sur a norte las diferencias marcaron las dificultades para asearse, lavar la ropa, los platos o ir al baño. "Nos dan agua dos horas durante la tarde y luego la cortan toda la noche. Esta semana no tuvimos ni lunes ni martes. Ya compramos las botellas que podíamos, pero el problema es el resto".

Lejos, sobre Itam Bibi, la situación es opuesta. Edificios lujosos y hoteles exacerban el consumo. Un turista podrá ducharse durante una hora mientras la mitad de la ciudad pelea por un vaso de agua potable.

"Los paulistas siempre hemos vivido del lujo y de nuestra riqueza. Te diría que nosotros trabajamos para vivir y no al revés como los cariocas (Río de Janeiro)", detalla un hombre de casi cuarenta y traje desgastado. Espera el ómnibus rumbo al centro y habla como si fuese el dueño de la ciudad.

"Ya se acabará esta sequía, creo que exageran mucho para manipularnos con las tonterías del gobierno. Imagínese que São Paulo se quedase sin agua..."

Exportador de matorrales

Empujarse hacia la ruta es una obligación para entender São Paulo. Lejos del epicentro, la perspectiva se ensancha y los colores mutan del gris al verde. Atrás quedan los orines callejeros y los grafitis y cada kilómetro avanzado comulga con el corazón agroindustrial que caracteriza a la región.

Cruzo Mujin de las Cruces y luego Poa. Un poco más adelante me sorprende la cantidad de pequeñas industrias que hay en São Miguel Paulista y por fin nos perdemos hacia la zona del Alto Tietê.

Curvas y contracurvas se mezclan como el aire enrarecido con soplos frescos. Desaparece la ciudad y la tierra roja define la geografía del lugar, más parecida a la Brasil gaucha que a la citadina.

Luego de cuatro caseríos, la pregunta es obligada: "Disculpe, ¿la presa?". "Ahí está señor", y el campesino me señala una infinita área verde. Pastizales de medio metro y vegetación dibujan la postal de la venerada represa de Tietê.

"Queda muy poca agua y debe irse varios kilómetros hacia el este para encontrar su centro. Siga esta carretera y quizá tope con ella. Hasta hace dos días podíamos atravesarla caminando como si fuésemos Moisés", se burla.

"O te adaptas o te vas. La ayuda del gobierno es casi inexistente y sabemos que el agua no volverá. Algo está funcionando mal para que la región más rica de Brasil esté padeciendo esta catástrofe", dice.

"¿Y si otra vez todo fuese agua?". Moisés (así lo bauticé) responde casi inentendible: "Esta sequía llegó hace mucho y dicen que es la peor. Yo no sé, seguiré con mis lechugas y si no, mi hijo tendrá que aprender a vender matorrales".

Números secos
Grafico

Cuarenta y cuatro millones de personas padecen la sequía más voraz de los últimos cien años en tierras paulistas y el futuro no parece optimista. Luego de meses donde la ausencia de lluvias rompió todos los récords, las intermitentes precipitaciones comienzan a refrescar al estado más industrializado de Brasil, pero las represas siguen en emergencia.

Conocidos por su desarrollismo desde los sesenta del siglo pasado, los brasileños hicieron de las periferias paulistas el ejemplo a seguir en materia hidroeléctrica y de potabilización de agua. Para eso, construyeron un sistema complementario de represas que se retroalimentarían de los tres ríos más importantes de la región y sus afluentes clave.

Cantareira, Alto Tietê, Guarapiranga, Río Grande; Alto Cotia y Río Claro evolucionaron como el complejo de ingeniería que podría abastecer al motor económico de Brasil (más de 22 millones en São Paulo) y derramar plusvalía energética hacia las ciudades satélite.

En total, la capacidad hídrica del sistema supera los mil setecientos millones de litros y debiese abastecer la creciente tasa poblacional de la región

¿Qué ocurrió? Deficiente visión gubernamental y rezagos tecnológicos dinamitaron una resultante donde la falta de lluvias fue demoledora. Sin precipitaciones durante meses, el sistema que parecía perfecto comenzó a operar bajo niveles absurdos y la actualidad las encuentra bajo 40% de su despliegue.

Con excepción de las represas más pequeñas, los dos colosos (Cantareira y Alto Tietê) siguen muy por debajo de sus índices históricos y decenas de kilómetros de sus lechos lucen llenos de plantas y matorrales. Según cifras oficiales, las crecientes han sido de apenas de 0.6% en ambos sectores para una población de once millones de personas bajo requerimientos básicos de agua y electricidad.

El sector agroindustrial también resintió la crisis y sus pérdidas rondarán cifras millonarias debido a su dependencia del abastecimiento de agua estatal. Misma situación que los hospitales, muchos obligados a métodos alternativos de recolección y compra de barriles de doscientos cincuenta litros.

El debate es muy profundo entre los defensores del gobierno actual y quienes expresan la necesidad de medidas orientadas a la sustentabilidad y consumo responsable. Una realidad que parece nueva para los brasileños del sur y centro del país, conocidos por malgastar los recursos, a comparación de sus compatriotas del norte.

Tal es la diferencia, que marzo comenzó de forma inversa a lo acostumbrado y la mayoría del país sobrelleva precipitaciones de gran caudal que ocasionaron numerosas inundaciones. Mientras tanto, la región paulista espera por las inconstantes lluvias que mojan sus calles, insuficientes para devolver a sus presas el porcentaje mínimo que su consumo diario exige.

La sequía de Dilma

Todavía se debate en las calles de São Paulo sobre el polémico discurso televisivo de la presidenta Dilma Rousseff hace unos días. Mientras la mandataria exponía sus argumentos en cadena nacional, miles de paulistas protestaron con bocinazos y apagaron las luces de sus departamentos.

"Algunas de las consecuencias de la sequía serán los aumentos en la energía y los alimentos", fue una de las frases que exacerbó a los industriales y potencializó una situación social que siempre ha sido crítica en la ciudad más influyente para la economía brasileña.

Para los sindicatos opositores, la coyuntura posiciona a Rousseff otra vez bajó índices mínimos de popularidad y se espera que el 2015 defina varios de los proyectos de ley orientados a la mejora del sistema energético y repartición social.