13 de julio de 2014 / 05:48 p.m.

Brasil.- Las protestas que muchos temían que estropearían la fiesta de la Copa del Mundo nunca sucedieron. Y aunque la selección brasileña fracasó en su intento por levantar el trofeo por sexta ocasión, el país al menos puede decir que el torneo que culmina con la final del domingo se realizó apenas con algunas manifestaciones esporádicas.

Brasil se salvó de una situación como la que ocurrió el año pasado durante la Copa Confederaciones, cuando hubo violentas protestas en varias ciudades y más de un millón de personas salieron a las calles en una sola noche para exigir al gobierno mejoras en la educación y otros servicios públicos, en vez de gastar una fortuna en el fútbol.

Pero la ausencia de protestas durante la Copa del Mundo no significa que la población ya no está molesta por la situación social de Brasil. Se debe más bien a que el país estuvo pendiente de los partidos y que la policía se encargó de controlar incluso las más pequeñas concentraciones.

Paulo Cavalcante, un empleado público de 50 años, fue uno de los que participó en las manifestaciones del año pasado, incluso llevando a su hija adolescente a las marchas. Pero durante el Mundial, al igual que muchos de sus compatriotas, prefirió quedarse en casa.

"La policía tenía órdenes de desbaratar las manifestaciones", comentó, refiriéndose a los primeros días del torneo cuando las autoridades usaron gases lacrimógenos y bombas de ruido para dispersar incluso a pequeños grupos de manifestantes. "No iba a poner a mi familia en riesgo".

Para la final del domingo entre Argentina y Alemania en Río de Janeiro, las autoridades desplegaron a más de 25.000 policías y soldados, el mayor operativo de seguridad en la historia de Brasil. El sábado, la policía arrestó a 19 personas sospechosas de vandalismo y confiscó máscaras antigases, pirotecnia y pistolas, según reportes de la prensa local.

La presidenta Dilma Rousseff, quien fue blanco de fuertes críticas por los enormes gastos en proyectos relacionados con el Mundial, se regocijó por el ambiente festivo que imperó durante el torneo.

"Mantuvimos la paz y el orden", dijo el viernes a corresponsales extranjeros.

Queda por ver si ese logro le ayuda en las elecciones de octubre, en las que aspira a la reelección. La población todavía está molesta por la inflación, la pobreza y las acusaciones de corrupción.

"El ciudadano brasileño promedio tiene grandes quejas contra el gobierno, y simpatía hacia las exigencias que se hacen en la calle, específicamente que el gobierno dedique los mismos recursos que invirtió en organizar la Copa del Mundo en la educación, la salud y la vivienda", expresó Guillermo Trejo, un politólogo de la Universidad de Notre Dame que es especializa en problemas sociales en América Latina.

La relativa calma del último mes se debe, en parte, a la falta de una "chispa, algo que transforme las quejas generalizadas e indignación moral en otra movilización masiva", agregó.

En la Confederaciones del año pasado, una pequeña protesta por el aumento de 10 centavos en la tarifa del autobús y el metro en Sao Paulo fue esa chispa. La respuesta de la policía hacia los manifestantes, en su mayoría jóvenes, provocó una ola de indignación, que se canalizó en las marchas más grandes vistas en Brasil en toda una generación.

Las protestas del año pasado perdieron ímpetu a medida que se tornaron más violentas, con enfrentamientos entre policías y seguidores del movimiento anarquista Black Bloc. Muchos brasileños no simpatizaban con las tácticas radicales de este grupo, que incluían ataques a bancos, oficiales e incluso la policía.

Pero durante el Mundial, aparte de algunos enfrentamientos afuera del estadio Maracaná en los primeros días, los anarquistas pasaron prácticamente desapercibidos.

FOTO: Especial

AP