26 de abril de 2014 / 01:41 p.m.

Ciudad del Vaticano.- En entrevista con Notimex, a pocas horas de que el Papa Francisco eleve al honor de los altares a Karol Wojtyla, el catedrático del Instituto Juan Pablo II de la Universidad Lateranense de Roma recordó al pontífice polaco.

“Después de su muerte sí pensé en que él podía ser santo, pero antes no lo pensé. Era mi profesor de filosofía, colaboraba con él, sus textos publicados en la revista de la cual era redactor pasaban por mí, entonces me sentía seguro porque estaba casi protegido por su persona, pero no pensaba que fuese santo”, señaló.

“Además de Juan Pablo II, otros tres amigos míos son siervos de Dios, existe su proceso de canonización. Conviviendo con ellos sabía que eran personas grandes, bellísimas, pero no pensé jamás: ‘Ahh futuros santos!’(...) No me interesaba tanto eso”, agregó.

Grygiel contó que llegó a hablar abiertamente con Juan Pablo II sobre la santidad pero de manera indirecta, respecto de la santidad del matrimonio y en el matrimonio, de la familia y en la familia o, en una o dos veces, de la santidad de los sacerdotes.

Sostuvo que Wojtyla vivió la santidad comportándose siempre como un hombre, un ser verdaderamente humano, una humanidad que siempre confió a Dios y, en este sentido, era santo.

Recordó que sólo una vez le escuchó hablar de sus defectos, cuando le dijo que estaba preocupado por la mirado de un personaje importante para él, el obispo auxiliar de Cracovia que ahora es siervo de Dios, Pietrashko.

“Era su maestro, él miraba siempre su cara cuando hablaba con los fieles o sacerdotes y si tenía una mueca estaba seguro que había cometido algún error y que debía corregirse. Fue la única ocasión en que le sentí hablar de sus errores o defectos”, precisó.

“Si él no hubiese tenido el vestido blanco y usted hubiese hablado con él, no hubiese alcanzado la conciencia de estar hablando con el Papa. Sí, tendría la certeza de hablar con un hombre que era verdaderamente hombre, pero nada más. Basta”, añadió.

Evocó una anécdota de muchos años atrás, cuando al inicio del pontificado fue con su mujer y sus dos hijos a cenar con el Papa. Uno de los niños le pegaba por debajo de la mesa y le decía: “Vámonos de aquí porque es aburrido”.

Entonces él le pidió calmarse y esperar un poco, pero a los 10 minutos le dio otro golpe y le dijo: “Papá yo ya no puedo más acá, son aburridos”.

El Papa se dio cuenta de eso y exclamó: “Tú, Iacopo. ¿Qué quieres?, ¿qué sucede?”. Entonces él le respondió: “No puedo más, son aburridos acá”.

“El santo padre replicó: ‘Iacopo, te pido disculpas, yo te invité para la cena y no hablé contigo, pero sólo hablé con tus padres’. Entonces dejó de hablar con nosotros y hasta el final de la cena habló con él. Esta es la santidad”, apuntó Grygiel.

Notimex