MILENIO DIGITAL
22 de noviembre de 2016 / 10:10 a.m.

ESTADOS UNIDOS.- Desde el sótano de una iglesia metodista en el centro de Filadelfia, Pensilvania, Javier Flores, migrante mexicano indocumentado, emprendió un acto de resistencia contra las deportaciones.

Después de haber sido devuelto a México en cuatro ocasiones, ya no está dispuesto a abandonar una vez más a su esposa y tres hijos en Estados Unidos, por lo que refugiarse en la iglesia fue su última opción.

El domingo 13 de noviembre venció el plazo de 90 días que la autoridad migratoria le otorgó para preparar con su familia la deportación; sin embargo, él confiaba que en ese plazo le otorgaran la visa U, documento que meses atrás había tramitado y que se otorga a migrantes que sufren lesiones psicológicas o físicas y colaboran con la policía.

En 2004 Javier fue víctima de un asalto con violencia por parte de dos mexicanos en las calles de Filadelfia, considerada Ciudad Santuario para los migrantes. Él colaboró con la policía para que procesaran a los delincuentes, que lo colocó como candidato a la visa U, una vía legal para permanecer sin problemas en el país.

No obstante, el tiempo se acabó y el mexicano, con un historial de entradas ilegales a territorio estadunidense, no tiene más opción que resistir en la iglesia Arch Street United Methodist el tiempo que sea necesario para obtener una respuesta. Javiercito, su hijo de cuatro años, lo acompaña en el lugar, pues no quiere estar ni un momento lejos de su padre.

"Me siento a veces un poco desesperado, porque todo el tiempo estoy trabajando para sacar adelante a mis hijos. Ahora, desgraciadamente, estoy en una situación en la que me entregaba o seguía peleando. No podía dejar a mis hijos, ellos (la autoridad) quieren dividir a una familia, pero yo sé que tengo un buen caso y aquí estaré no sé cuánto tiempo", expresó.

Originario de Toluca, Estado de México, Javier cruzó por primera vez la frontera en 1997. Desde entonces, aseguró, se ha dedicado a trabajar, principalmente en la jardinería; no cuenta con ninguna mancha criminal. Pero la vida del otro lado sin documentos no es tranquila y sabe que vive en constante acecho, pues en cualquier momento lo pueden "echar para atrás", como él dice.

"Yo entiendo sus leyes, no he hecho nada malo, solo trabajar para mi familia... no me estoy escondiendo, saben dónde estoy y lo que he hecho en este país, por eso me están considerando para la visa U, pero no lo quieren reconocer", contó, mientras mostraba un grueso anillo negro en su tobillo derecho; es un localizador GPS activo día y noche, que le recuerda reportarse con los oficiales de migración o que incluso le reclama con una vibración si intenta aflojarlo un poco.

El dispositivo, que carga como si se tratara de un grillete, le fue colocado tras cumplir casi un año y medio detenido en los centros de detención de los condados de Pike y York, después de que en mayo de 2015 agentes de inmigración lo detuvieran afuera de su casa y en presencia de su familia.

Desde entonces no ha podido regresar a su casa, en el sur de la ciudad de Filadelfia, y ahora su hogar es un pequeño cuarto en el sótano de la iglesia metodista, donde cuenta con un catre, televisión, una pequeña mesa y un frigobar.

Javier
se puede desplazar libremente por las diferentes capillas del lugar, pero teme dar un paso fuera de la puerta principal.

Su hijo recibe educación en los talleres que imparte la iglesia por las tardes, pero el mexicano sabe que no es suficiente ni lo correcto, por lo que espera convencer pronto al pequeño para que retorne a su vida normal, con su madre.

"Él tiene que ir a la escuela, regresar con su mamá, con sus hermanos; convivir con otros niños, esto no está bien", lamentó.

Ataviado con una camiseta blanca y un pantalón deportivo, el hombre de 40 años denota preocupación en su expresión. No puede engañarse cuando habla de sus hijos: la mirada se torna aún más triste y tensa la mandíbula cuando relata las afectaciones psicológicas de sus hijos, nacidos en EU.

Tras lo ocurrido en los últimos meses, el pequeño Javier fue diagnosticado con cuadros de ansiedad; su hija de 12 años, Adamaris, ya tuvo un intento de suicidio, y el más pequeño, Yael, de 2 años, sufre su ausencia.

Gracias al reverendo del templo, Robin Hynicka, en la iglesia no le falta apoyo material ni espiritual. Su congregación, relató, acoge a personas sin techo, pero nunca había protegido a alguien en riesgo de deportación.

"Cuando escuché su historia, no me podía negar a ayudarlo; se trata de alguien que está luchando por su familia, por el amor; es alguien honesto y no podemos permitir que el gobierno siga dividiendo familias", expresó el religioso.

La organización civil Juntos, de Filadelfia, también apoya a Javier con movilizaciones y con su manutención.

En el otro lado de la ciudad, su esposa, Alma López, una oaxaqueña también indocumentada, ha sido el pilar más fuerte para la familia durante este periodo. No solo está al pendiente de sus hijos, también debe lidiar con abogados e incluso participa en las movilizaciones que la comunidad latina realiza en la ciudad contra las deportaciones.

Pese a su corta edad, Adamaris tampoco se queda atrás en el activismo. Con una sonrisa repleta de brackets relata que su familia no se dará por vencida y luchará por que su papá se quede legalmente en Estados Unidos, porque "si todo sale bien, yo tendré un buen futuro".