REDACCIÓN
1 de septiembre de 2013 / 04:58 p.m.

México • El 10 de julio una camioneta llegó a la casa de Rosalinda, en Nuevo Laredo, Tamaulipas. Del vehículo bajó su hija de 15 años, descalza, con la blusa rota y el cabello alborotado.

 

La adolescente abrazó a su madre y soltó el llanto. La mujer, sorprendida, atinó a preguntar "¿Qué te pasó, por qué vienes descalza?". La respuesta fue un susurro al oído: "Me violaron".

 

Pasmada por la impresión, le limpió la cara con la mano y la miró: "¿Quién te violó?". "Los soldados", respondió.

 

Rosalinda, madre de la joven ultrajada por elementos del Ejército, contó los hechos a Cimacnoticias con el objetivo de que alguien se atreva a alzar la voz por ellas y se castigue a los agresores.

 

Ese 10 de julio, la mujer le pidió a su hija que fueran a denunciar: "Quiero ir al cuartel para hablar con el general para demostrarle la clase de criminales que tienen y que portan placa". Pero la joven se negó.

 

En esa fecha, la adolescente estaba con su novio en un hotel de Nuevo Laredo. Antes del mediodía, él salió de la habitación. Momentos después tocaron a la puerta. Ella abrió creyendo que era su pareja, pero al instante un grupo de soldados armados y con pasamontañas entró al cuarto.

 

Un militar le quitó el celular, otro le revisó la bolsa. Uno más le ordenó que se quitara el pantalón. Vinieron el interrogatorio y los golpes en el vientre. Para que ya no le pegaran ella dijo que estaba embarazada. De nada sirvió. La violaron.

 

Tras el ultraje, los soldados se fueron. Ella salió del hotel, encontró a una persona y le pidió prestado un celular. Llamó a su madre para que fuera por ella a una gasolinería cercana a su casa.

 

Rosalinda estaba ocupada en el negocio familiar, una tienda de abarrotes, por lo que su papá fue por la joven. Cuando llegó, ella no estaba. Se la acababan de llevar los mismos soldados que la habían agredido.

 

Según el relato de la madre, la adolescente le contó que los militares la subieron a un vehículo y la llevaron a un paraje lejano; ahí le quitaron los zapatos y la abandonaron. Ella caminó hasta que encontró una casa donde le prestaron auxilio y la llevaron en una camioneta con su madre.

 

 

Temor

En un primer momento, la familia creyó que habría que olvidar lo sucedido. Pero la vida no volvió a ser la misma. La joven ya no salía de casa, comía poco y tenía trastornos de sueño.

Días después, camionetas del Ejército comenzaron a pasar de manera frecuente frente a la tienda de abarrotes que era atendida por la adolescente. Los vehículos bajaban la velocidad sin detenerse.

 

A veces, un par de camionetas se paraban frente al lugar; soldados iban a comprar, veían a la joven, susurraban entre ellos y se reían.

Así pasaron dos semanas hasta que un día Rosalinda no pudo más, rompió en llanto y decidió no callar, convencida de que quería justicia para su hija.

 

"El miedo me impulsa a defender lo que yo más amo en esta vida, que es mi hija", dijo. A fines de julio convocó a los medios de comunicación a una conferencia de prensa para contar las vejaciones sufridas.

 

Luego, el 29 de julio, Rosalinda acudió al Comité de Derechos Humanos de Nuevo Laredo para presentar una queja por el hostigamiento del que era víctima.

La estrategia de informar a los medios dio frutos y el 5 de agosto la Comisión Nacional de Derechos Humanos emitió el comunicado 223/13, para informar que iniciaría una investigación de oficio al respecto.

Ese mismo 29 de julio la mujer fue a la PGR a denunciar los hechos. El 3 de agosto acompañó a su hija al cuartel militar en Nuevo Laredo y las recibió un general, de quien no recordó su nombre.

El mando militar se comprometió a investigar los hechos; además le pidió que al día siguiente, 4 de agosto, regresara para reconocer a los agresores.

 

Rosalinda llevó al Ejército un video del hotel en el que se ve a los soldados entrar y salir del lugar. Además entregó la blusa rota de su hija. Dio todas las pruebas, confiada de que sirvieran para acreditar la violación sexual.

 

La adolescente identificó a por lo menos cuatro de sus agresores. También narró que ellos le pidieron la contraseña del celular, le robaron la bolsa, que la obligaron a fumar mariguana, que le rompieron la blusa y la golpearon con sus armas.

"Ojalá que la Sedena se dé cuenta de la clase delincuentes que tiene adentro de sus filas. Yo creo que los altos mandos no se dan cuenta de lo que andan haciendo esos criminales", apuntó Rosalinda.

 

La denuncia —lamentó la mujer— le ha traído a su hija estigmas, críticas y acusaciones de que ella "tuvo la culpa", porque se encontraba en un hotel, lo cual —aseguró— no justifica que dos o más soldados cometan una violación sexual.