24 de abril de 2014 / 05:14 p.m.

Ciudad del Vaticano.- Hace casi tres años Floribeth Mora Díaz estaba condenada a muerte por causa de un grave derrame cerebral, pero su curación inexplicable se convirtió en un “milagro” que allanó el camino a la santidad de Juan Pablo II.

El próximo domingo 27 de abril, la mujer de origen costarricense y madre de cinco hijos, asistirá en la Plaza de San Pedro a la ceremonia en la cual Karol Wojtyla será elevado al honor de los altares como santo de la Iglesia católica.

Desde su llegada a Roma, apenas unos días atrás, no ha parado. Su agenda está repleta de entrevistas, participación en programas televisivos, encuentros y actos varios. La gente por la calle la reconoce y hasta le pide tomarse fotografías.

A ella no le importa el agobio y el cansancio. “Es la forma en que puedo anunciar a mi señor y transmitir la esperanza a todo el mundo, porque el milagro no es sólo mío, ni siquiera de Costa Rica, es de todo el mundo”.

Su historia comenzó el 8 de abril de 2011 cuando sufrió un fuerte dolor de cabeza, de una intensidad extraña, fuera de lo normal. Entonces se dirigió al hospital de Cartago, pero los médicos que la atendieron no le detectaron nada.

El diagnóstico fue “migraña por exceso de trabajo”. Le recetaron algunos calmantes y la mandaron de vuelta a su casa. Para despejarse fue con su familia a pasar unos días a una localidad costera.

Pero sus dolores persistían, se agravaron y le provocaron una caída. A su regreso a San José habló con una doctora para pedirle ayuda porque ya tenía serios problemas del lado izquierdo de su cuerpo, dificultades que poco a poco la estaban paralizando.

Su retorno al hospital le cambió la vida. Fue internada en cuidados intensivos y tras una artereografía se llegó a identificar el motivo de su malestar: tenía un aneurisma en una zona inaccesible del cerebro.

Ante el fulminante diagnóstico los médicos sólo pudieron recomendarle que viajara a Cuba o a México para una operación de alto riesgo, una intervención que en su país nadie estaba dispuesto a realizar. Pero la falta de recursos impidió esta opción.

“Los médicos dijeron que era mejor darme el alta, que no tenía sentido estar más tiempo ahí, fue cuando uno de ellos llegó con mucha claridad, se puso a explicarme lo que tenía, en ese momento me pareció muy cruel”, recordó Mora Díaz en un encuentro con periodistas en un café de Roma.

“Me hizo el dibujo de mi arteria y me dijo que iba a durar un mes, una semana, cinco minutos, pero que se iba a reventar mi aneurisma e iba a morir”, añadió, con los ojos vidriosos.

No obstante la emoción contenida, siguió su relato. Aseguró que en ese momento le era imposible creer lo que le estaba ocurriendo y tenía mucho miedo. “Estaba condenada a muerte y no sabía las razones”, apuntó.

No obstante su lucha por quedarse en el hospital, ante el miedo a morir sin atención, le dieron el alta y regresó a su casa. Allí el ambiente era una mezcla de tensión y luto.

Sus hijos la cuidaban hasta el extremo, su situación era delicada y, cada tanto, la despertaban para ver si continuaba respirando. Mientras, por prescripción médica, tomaba potentes calmantes que debían prevenir su dolor cuando explotara el aneurisma.

A sus hermanas le pidió que cuidaran a sus hijos y al resto de la familia que permaneciera unida. “No me voy a morir”, aseguraba a su nieta, Valentina.

Desde el principio le pidió a Juan Pablo II que la ayudara. “Tu que estás tan cerca de Dios, dile que no me quiero morir”, imploró.

En esa situación llegó el 1 de mayo de 2011, el día de la beatificación de Karol Wojtyla en la Plaza de San Pedro. En Costa Rica la transmisión televisiva comenzaba a las dos de la madrugada, por la diferencia de horario.

Esa noche ocurrió algo inesperado. No obstante el cóctel de fármacos ella pudo despertarse a la hora establecida y presenciar, a través de su televisor, la ceremonia en El Vaticano. No llegó a verla toda, porque se quedó dormida.

“Desperté a las ocho de la mañana y fue el momento más importante para mí, porque escuché esa voz en mi dormitorio. Decía: levántate. Yo estaba incrédula. Estaba sola y sin embargo escuché esa voz que decía: levántate. Volví a escuchar la voz que decía: levántate, no tengas miedo”, relató.

“Inmediatamente mis ojos se posaron en un suplemento de periódico. Estaba sobre el televisor de mi cuarto y vi que en la portada estaba Juan Pablo II, tenía las manitas levantadas. Vi como sus manos salieron del cuadro, indicándome que me levantara”, abundó.

Ella respondió al llamado y simplemente exclamó: “Si señor!”. Entonces se levantó y fue a la cocina de su casa, donde estaba su esposo. El le cuestionó: “¿Qué haces aquí?”. “Me siento bien”, contestó. “Ya no tenía agonía ni miedo, sino una paz que me dio la certeza que estaba curada”, confesó.

Pasaron siete meses antes que Mora Díaz tuviera la certificación médica de aquello que sentía en su corazón.

Por eso cuando un médico analizó sorprendido sus análisis, antes y después de la curación, ella no dudó en afirmar: “Yo se que estoy curada, me curó Dios por intercesión de Juan Pablo II”.

El médico, incrédulo, fue a confirmar que los archivos médicos fueran efectivamente los suyos. Tras cerciorarse de la veracidad de los estudios, sólo pudo confirmar que aquella mujer había sanado.

Unos días después Mora Díaz entró a la página de internet de la causa de canonización de Karol Wojtyla. Sólo quería dejar constancia de lo que había vivido. Lo hizo sin sospechar que su historia serviría al Papa polaco para su reconocimiento como santo.

Y ante la incredulidad que puede existir ante su testimonio, ella aclaró: “Nunca entro en discusión con esas cuestiones, el que quiere creer que crea y el que no, ni viendo va a creer”.

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