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1 de octubre de 2015 / 09:30 a.m.

Vaticano.- El sacerdote mexicano Juan Manuel Martín del Campo avanzó un paso más hacia la santidad gracias a la aprobación, por parte del Papa Francisco, de sus “virtudes heroicas” y el otorgamiento del título de “venerable”.

El Vaticano anunció este jueves que el pontífice recibió la víspera en audiencia privada al cardenal Angelo Amato, prefecto de la Congregación para las Causas de los Santos, quien le sometió a su consideración el expediente del cura mexicano.

¿QUIÉN ERA MARTÍN DEL CAMPO?

Martín del Campo era “siervo de Dios”, el nivel más bajo del proceso de canonización, y ahora gracias al reconocimiento del Papa de que vivió sus virtudes católicas “en grado heroico” accedió al título de “venerable”.

Nacido el 14 de diciembre de 1917 en Lagos de Moreno (Jalisco), desarrolló prácticamente todo su ministerio eclesiástico en la localidad de Xalapa (Veracruz), donde falleció el 13 de agosto de 1996.

A Juan Manuel Martín del Campo le llamaban “apóstol de la confesión”. Al momento de su muerte contaba ya con “fama de santidad” por su trabajo como guía espiritual, consejero de muchos fieles y exorcista. Sus restos reposan en la parroquia San Jerónimo en Coatepec.

RUMBO A LA CANONIZACIÓN

Su proceso de canonización ha avanzado rápidamente ya que toda la información sobre el caso fue entregada por la Arquidiócesis de Xalapa al Vaticano el 12 de marzo de 2011 y poco más de tres años después, sus “virtudes” fueron aprobadas por una Comisión de Teólogos el 25 de noviembre de 2014.

El pasado 22 de septiembre, el expediente fue analizado por una Comisión de Obispos y Cardenales que dio voto favorable, permitiendo someter su proceso a la consideración del Papa.

Una vez reconocido como “venerable”, restan dos pasos más antes de que pueda ser reconocido como santo de la Iglesia católica.

En cada una de estas etapas se requiere confirmar la presencia de un “milagro”, una curación inexplicable o hecho prodigioso que ofrezca la certeza al Papa para que lo eleve al honor de los altares, primero como “beato” y después como santo.