3 de mayo de 2013 / 01:43 p.m.

De la admiración al valor de Felipe Calderón por combatir a los narcos al seco reconocimiento al sello reformista de Enrique Peña Nieto. De un sexenio a otro Barack Obama ha pasado del elogio a la mesura. No ha perdido la propensión a utilizar adjetivos cuando habla acerca de los presidentes mexicanos. Pero en el trayecto parece habérsele extraviado la sonrisa que suele reservar para los amigos más cercanos.

La imagen oficial que tomó el fotógrafo de la Presidencia antes del arranque de dos horas de discusiones privadas marca bien el momento. Los mandatarios posan para la cámara en el despacho presidencial. Es una pose de rutina, con el librero y un escritorio en el fondo. Al frente, Peña y Obama. El estadunidense casi envuelve con su manaza de basquetbolista la mano más pequeña del mexicano, a quien rebasa por casi una cabeza y media. Desde la altura, es todo dientes. Enseña sus incisivos enormes, blancos, perfectamente alineados, enmarcados por unos caninos bien cuidados. Buena vibra dental.

Dos horas más tarde el gesto se ha ido. Las imágenes de la conferencia de prensa muestran al estadunidense con el rostro serio, mirando de reojo hacia el podio que se halla a la izquierda. El gesto adusto es correspondido por Peña Nieto, que mira a la derecha con cierto recelo. Hay un cierto indicio de tensión entre ambos. La camaradería calderonista —de aliado, de cómplice— ha quedado para el recuerdo, reemplazada por una fría distancia envuelta en lo que pasa por cordialidad.

Lo que la segunda imagen sugiere es que algo ocurrió en esas discusiones privadas, en las que el tema de la seguridad (nuevo término sanitizado que ha reemplazado al del narcotráfico) fue uno de los centrales, si bien se hicieron todos los esfuerzos por dejar en claro que no el único y que la relación ha entrado al ámbito de lo multitemático tras años de permanecer en su opuesto.

La duda sobre qué sucedió y se dijo en ese encuentro privado entre los dos presidentes y sus comitivas puede despejarse con una frase pronunciada por Peña Nieto durante la conferencia:

Respecto a la cooperación con Estados Unidos “a partir de la nueva estrategia, lo que hemos buscado es ordenarla, institucionalizarla, establecer canales claros y únicos para esta cooperación que nos permitan lograr nuestro objetivo de ser más eficaces y lograr mejores resultados”.

La clave está en el opuesto de lo que se dice en Palacio Nacional. Si se va a ordenar la cooperación con las agencias de Washington, quiere decir que la relación estuvo desordenada. Si se le va a institucionalizar, entonces fue caótica. Si se busca ser más eficaces, los esfuerzos previos no lo fueron. Si se va a establecer un solo canal de comunicación, hubo muchos que no debieron serlo.

Es decir: si la CIA, el Pentágono y la DEA quieren hablar con alguien, que lo hagan con Gobernación. Que pasen a la ventanilla de Bucareli. Porque las del Ejército, la Marina, el Cisen y la Policía Federal han sido clausuradas. Muestra clara: ninguno de sus titulares estuvo presente ayer en Palacio Nacional. No se les dejó estar frente a la delegación estadunidense.

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La última vez que un gobierno priista estuvo frente a un presidente estadunidense data de 1997. Y ya desde entonces no se caían bien. Fue durante el sexenio de Bill Clinton, cuando vino a reunirse con Ernesto Zedillo y su gabinete en el que quizás era el peor momento de la relación bilateral en muchos años.

Meses antes, había caído el presuntamente incorruptible zar antinarco, Jesús Gutiérrez Rebollo, por trabajar para El señor de los cielos. Washington deslizaba sobre la mesa la idea de “palomear” y hacer pruebas de confianza al procurador general de la República, a lo que Zedillo contestó: “¡es ridículo!”

En paralelo, el Departamento de Estado amenazaba con descertificar a México como un socio preferente por considerar que sus esfuerzos antinarcóticos eran insuficientes. En el Congreso había quienes exigían una intervención directa. Y desde Washington se pedía que los agentes de la DEA pudieran usar armas en territorio mexicano para defenderse. Es decir, nada muy diferente de lo que hoy sucede.

Pero la desconfianza tiene historia. Algunos de los actores que por aquel entonces llevaron encima el peso de Washington siguen vigentes. Emilio Chuayfett era secretario de Gobernación. Manlio Fabio Beltrones gobernaba Sonora y peleaba contra acusaciones lanzadas en el New York Timesde supuestamente colaborar con el narco. Pedro Joaquín Coldwell era secretario general del PRI. Ildefonso Guajardo, oficial mayor de la Secretaría de Relaciones Exteriores. Jesús Murillo Karam gobernaba Hidalgo, donde un joven Miguel Ángel Osorio Chong ascendía rápidamente por sus estructuras.

Una generación marcada por una relación ríspida. Y que hoy, 15 años después, vuelve a encontrarse de frente con los gringos.

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La conferencia conjunta duró poco más de media hora. De lo que no se dijo se extrae tanto de lo que sí. La Iniciativa Mérida, la piedra angular de la colaboración entre México y Estados Unidos durante el sexenio calderonista, no fue mencionada una sola vez.

Obama hizo dos guiños a la que parece ser la nueva realidad. Primero: “Depende de los mexicanos determinar sus estructuras de seguridad”. El segundo estuvo relacionado al pasado: “tuvimos una relación maravillosa con el presidente Calderón”.

Si esta visita presidencial a México pudiera musicalizarse, si tuviera un soundtrack, quizá embonaría bien “You’ve lost that lovin’ feeling” de los Righteous Brothers.

Víctor Hugo Michel