2 de septiembre de 2013 / 08:18 p.m.

Ciudad de México • Palmas. Incontenibles palmas batientes de nuevo. Como antaño…

A las diez en punto el hombre de traje oscuro, corbata gris y la tricolor banda presidencial cruzada al pecho caminaba presuroso por los andadores de Los Pinos. Iba platicando con Erwin Lino Zarate, su Secretario Particular. A las 10:02 entraba a la enorme carpa erigida en una explanada ajardinada donde se yergue una estatua de Francisco I. Madero. Ese era el escenario concebido para diera un mensaje con motivo de su primer informe de gobierno, para que rindiera cuenta de sus primeros nueve meses en la Presidencia de la República, porque en México los informes presidenciales… no abarcan un año, sino el tiempo de un embarazo.

Había sillas para 850 personas, invitados especiales, que les llaman. Había tres teleprompters, uno a la izquierda del podio donde hablaría, otro a la derecha (ambos transparentes, y uno más al centro (una pantalla muy grande al fondo de la carpa). Había tres lámparas gigantes para iluminar desde el techo al señor, ocho más de tamaña mediano, veinte adicionales pequeñas. Había siete cámaras de televisión para enfocarlo, tres de éstas montadas en grúas.

Había políticos de todos los partidos, gobernadores, legisladores, empresarios, intelectuales, líderes religiosos, directivos de televisoras y medios impresos. La aristocracia política y económica mexicana. Había una gran seguridad, tres filtros vigilados por el Estado Mayor Presidencial. En los alrededores había un ejército de guardaespaldas de esos seres VIP que se daban cita en Los Pinos para, por primera vez en la historia, escuchar un mensaje presidencial de gobierno pronunciado en ese sitio.

Y él, Enrique Peña Nieto, empezaba a hablar, a leer en sus pantallas. Nunca leería algo impreso. Leía disciplinadamente sus teleprompters. A su espalda, a lo alto, dos cámaras de seguridad empotradas en unas mamparas vigilaban todo lo que ocurría frente al Presidente. Cada movimiento de los invitados. Los priistas estaban exultantes, risueños a más no poder, festivos: su primer informe presidencial luego de doce años de sequía. Y entonces, volvía aquello de antaño: los incontenibles y reverenciales aplausos. Veinte veces fue interrumpido el “Señor Presidente” por sus fieles que palmeaban sus manos fervorosamente. Veinte veces en una hora exacta de mensaje (de las 10:08 a las 11:07). Un aplauso cada tres minutos, en promedio. Regresaba, se reinstauraba aquel rito presidencialista de halago a palmas incontinentes.

Terminaba el rito. Peña Nieto saludaba de mano a varios invitados. Un paseíllo de más de diez minutos. Y se iba caminando de nuevo por las avenidas de Los Pinos, muy alegre, riendo, acompañado de su esposa Angélica Rivera. El rito presidencialista del informe quedaba inaugurado para la residencia oficial de Los Pinos, aunque… las invitaciones aún decían: “Campo Militar Marte. 1 de septiembre, once horas”. Pero bueno, esas son cosas de la furia en las calles que este 2 de septiembre ni siquiera se aproximó por aquí…

JUAN PABLO BECERRA-ACOSTA