24 de agosto de 2014 / 10:56 p.m.

Monterrey.- Son las seis de la mañana y la luz del sol todavía no se asoma, pero Concepción Hernández ya está listo para irse a trabajar. Extraña que su esposa y sus hijos lo despidan en la puerta; esa escena está muy lejos de este departamento pequeño que comparte con otros albañiles. Su Chiapas y su familia, son la razón por la que migró al norte para conseguir dinero.

No hay tiempo para nostalgia, Concepción y sus compañeros abandonan el departamento y se enrutan a Félix U. Gómez y Félix Galván donde se encuentran las obras de la Línea 3 del Metro. En el estómago solo hay un café, es eso o gastar los pesos que gana para enviar a su esposa y sus seis hijos.

A las ocho Concepción ya está en la obra. Con la misma puntualidad llega su compañero Jorge Alberto Briones Ramírez pero a otra zona de la construcción: Padre Mier y Constitución. Dos horas antes cuando Jorge salió de su casa se despidió de su esposa y sus hijos, sin embargo, la suerte de ambos hombres es la misma: construyen un coloso vial arriesgando la vida, uno rascando las entrañas de la ciudad, y otro a ras del cielo.

LA RUTINA COMIENZA

Hoy al 'Tío' -como sus compañeros le dicen a Concepción- le toca trabajar con varillas de tres metros. Su 'chamba' es colocarlas, junto a un grupo de 11 albañiles, para construir las columnas de las vigas por donde pasará el Metro y que miden hasta 35 metros de largo y pesan 210 toneladas, pero las cifras y las alturas no lo asustan, pues no es la primera vez que le toca un trabajo como éste. Cuando llegó a Monterrey, contratado por una empresa de construcción, debió subir hasta 20 metros para cimentar un edificio de oficinas.

"¡No qué me va a dar miedo!, eso de las alturas es mi mero mole, pero primero me encomiendo al de allá arriba para empezar, aquí no ha habido novedades, todo tranquilo, yo llego y empiezo a jalar con toda la banda, con la raza y estamos capacitados para subir hasta 200 metros de altura".

Lleva puestos sus guantes gruesos, unos pantalones de mezclilla, playera de manga corta y sus zapatos de casquillos casi destrozados, pero que siguen siendo una de sus principales herramientas de seguridad. Concepción empieza a acomodar entre el suelo aterrado las varillas que más tarde empezarán a subir. A veces le toca a él estar arriba y otras abajo. Cuando recibe las barras de metal, debe ponerse el arnés con seguro para evitar accidentes, como ya ocurrió en una ocasión, pero aún y con su protección encima, afirma que no le "saca" al trabajo duro, que asegura, los norteños no quieren hacer.

Concepción salió de su casa en Chiapas hace poco más de cuatro meses, dejando atrás a su esposa y sus seis hijos, para buscar una mejor oportunidad de trabajo en el norte del país; pero no se queja, pues "chamba" nunca le ha faltado.

Alberto apenas alcanza a escuchar las indicaciones que el Ingeniero encargado del equipo de trabajo les da. Las máquinas perforadoras y las bombas extractoras de agua que se encuentran en las excavaciones del Barrio Antiguo hacen casi imposible la comunicación entre los albañiles y demás trabajadores. Alberto se ha puesto su casco, su chaleco fluorescente y una playera en el cuello que le sirve para limpiarse el sudor.

Hoy estará taladrando en las paredes de la perforación haciendo pruebas para comprobar la resistencia de las mismas, si no es suficientemente sólido podría venirse abajo y sepultar a quienes se encuentran en el área.

Al interior del túnel la humedad es casi insoportable, te marea y te hace sudar como en un baño sauna, aunado a ello el piso es más bien tierra aplanada que en gran parte del lugar se convierte en lodo por las goteras que abundan en la construcción.

Con todos los riesgos que implica trabajar 12 horas al día en un lugar así, Alberto asumió el reto de ser parte de los 600 albañiles que construyen en las alturas y en lo profundo la L3, aunque al principio tenía miedo de aceptar el trabajo.

"Me dije que tenía que aventurarme a cosas nuevas y darle para adelante, siempre tuve miedo, pero me encomiendo a Dios. Es un reto nuevo para mí estar aquí en un túnel (…) De repente está uno de este lado y mira de lejos que se cae poquita tierra, pero hasta ahorita han sido cosas leves".

Es la una de la tarde, hora de la comida. El "Tío" va a una tienda de conveniencia que está frente a la construcción y se toma un refresco y su comida es un pan dulce.

Alberto se reúne con sus compañeros en la parte alta para calentar el lonche que su esposa le puso, no varía mucho, hoy otra vez va comer tacos de huevo con frijoles.

Ninguno de los dos está satisfecho con su menú, pero "es lo que hay", dicen.

Ambos conviven con sus compañeros que sienten como segunda familia, y si hay oportunidad, hasta se echan un "sueñito" en la calle.

Se dan las 2 y el sol ha alcanzado su mayor resplandor, pero hay que regresar a las labores. Concepción tiene 49 años, pero las marcas del sol en su piel lo hacen lucir mayor. Brazos, cuello y cara tienen un tono rojizo por la exposición a los rayos ultravioleta.

"Con pura agua, quisiéramos echarnos una chela para calmar el calor, pero mejor no".

Las altas temperaturas no es la única inclemencia que albañiles de las alturas y de los túneles han tenido que soportar, pues a diferencia de años anteriores, las lluvias fuertes se han hecho presentes en la capital noelonesa y traen consigo una gran humedad.

Alberto lo sabe, pues al interior del túnel se siente aún más.

"Sale uno todo mojado, pero ¿qué haces?, hay veces que estamos excavando y no tenemos máquinas de aire y sudas más, está bien difícil trabajar con este calor, pero es el trabajo, si no me dan chance aquí, ¿dónde? Por eso no me quejo".

La línea 3 del Metro enlazará a los municipios de Monterrey, San Nicolás de los Garza y Apodaca, consta de 7.5 kilómetros.

Hasta ahora los trabajos en la fase elevada reportan más del 20 por ciento de avance, mientras que en lo subterráneo se ha logrado más de la mitad. La obra deberá estar concluida en agosto del 2015.

Este sistema de transporte contará con ocho estaciones: Santa Lucía, Adolfo Prieto, Félix U. Gómez, José A. Conchello, Violeta, Ruiz Cortines, Los Ángeles, para finalizar en el Hospital Metropolitano

La obra ha generado seis mil empleos indirectos y directos, entre ellos el de Concepción y el de Alberto. La satisfacción de haber contribuido a esta gran construcción se quedará en la memoria y el corazón de ambos.

"Cuando esté terminado y pase por aquí pensaré ‘aquí dejé mi mano de obra’, me va a dar mucho orgullo si algún día lo ven mis hijos", dice el "Tío".

"Ojalá la gente no piense que tiramos la hueva, aquí son chingas y chingas muy buenas, lo que hacemos nosotros es muy importante, deben valorarlo porque lo estamos haciendo para la comunidad que va a ocupar el Metro, de repente puede haber un accidente y podemos quedar varios, por eso es importante que nos valoren", comenta Alberto.

Ya ha oscurecido y por fin el calor bajó. La jornada laboral se ha terminado, pero todavía es una hora y media de regreso a casa. Aún y con su cansancio, Alberto llega y abraza a sus hijos y esposa, les ayuda con tareas y finalmente pueden ir a la cama. Les da un beso, que otra vez, podría ser el último que les entregue.

Concepción llega a casa después de las 10 de la noche. Está satisfecho de su trabajo, pero lo que le anima es que terminó un día más y cada vez son menos para que se llegue diciembre y pueda ir a ver a su familia en Chiapas. Espera regresar al norte el año próximo y ahora sí, poder seguir su camino hacia Estados Unidos, donde busca un mejor futuro.

FOTO: Adriana Dávila ADRIANA DÁVILA