13 de febrero de 2014 / 07:28 p.m.

Monterrey.- Ni para donde hacerse.  La del hoy, la de ayer, la de mañana son jornadas en las que el sufrimiento innecesario es una constante para miles de conductores que siguen sin comprender como una ciudad crece y crece y como la autoridad no resuelve los prioritarios problemas de una vialidad que ya no da para más...

El colapso llegó a Paseo de los Leones, a Garza Sada, a Gonzalitos, a Miguel Alemán, a Ruiz Cortines, a Díaz Ordaz, Constitución o Morones Prieto y a todas las avenidas que se jactaban de vías rápidas.

No hay distinción para tal o cual municipio. Lo mismo padecen los conductores procedentes de modestos suburbios, como los que surgen de palaciegos sectores.

A bordo de un auto, todos son tratados por igual por semáforos que duran tres segundos, como el de Colón y Pino Suárez, o por los agentes de tránsito, si la fortuna le favorece toparse con alguno.

Mientras las agencias de autos siguen despachando modelos del año como si fueran tortillas, los puentes, pasos deprimidos, desviaciones, obras viales y baches se convierten en estorbo, pretexto para llegar tarde a sus citas, o invitación a algún percance. Y no queremos mencionar el factor clima, porque podemos hacerlos enojar.

A eso debemos agregar la merecida mala fama de los conductores regiomontanos, correlones al menor estímulo, malhumorados ante cualquier pretexto.

Hay Ecovía, hay metro, hay camiones, con limitada utilidad, si tomamos en cuenta la explosiva zona metropolitana que se expande como sobre lo parejo y sobre la montaña, desafiando todas las leyes, comenzando con la de la gravedad...

Sabemos del problema y seguramente la autoridad también. Ignoramos quién pondrá el cascabel al gato. Lo cierto, es que hay que restaurar las vialidades, o frenar el crecimiento de una ciudad que ya se volvio monstruosa.

Crónica de Joel Sampayo