30 de enero de 2014 / 08:30 p.m.

Santiago.- Desde su merendero en la Cola de Caballo, don Pancho contemplaba el paisaje nevado mientras saboreaba sus deliciosos tamales recalentados con un humeante café de olla... Y surgió espontáneo de su ronco pecho una sincera exclamación: "Unos tamales y un cafecito... ¡Esto es vida!"

Una tormenta invernal blanqueó no sólo las montañas, sino hasta las llanuras de Santiago, Nuevo León... Una gran acumulación de hielo, suficiente para dejar una capa de unos cinco centímetros, refrendo su carácter mágico a este pueblo a 27 kilómetros al sur de Monterrey. El amanecer del miércoles 29 de enero del 2014 se convirtió en todo un acontecimiento para aquellos que, aun acostumbrados al rigor de la sierra, despertaron con un espectacular paisaje, aunque para algunos, no fue pretexto para dejar de trabajar... Las imágenes que regaló la naturaleza movieron inmediatamente a la inspiración... Y el Reportero del Aire no pudo resistirse a invitar a su crónica al gran Johan Strauss para, con su inmortal Danubio Azul, dar marco al fortuito espectáculo invernal... A la altura del paseo Cola de Caballo, el hielo acumulado obligaba a los pobladores de la sierra a buscar confort, ya con una fogata, ya con una bufanda, pero pocos resistían a la tentación de salir para disfrutar de escenas que no son tan comunes. La cascadita, hermana menor de la ancestral Cola de Caballo, era una máquina generadora de vapor, que a su vez se convertía en agua, y en poco tiempo en hielo... Era una lección práctica de los tres estados de la materia, conocimiento básico para quienes gustan de la física. Los restaurantes del rumbo esperaban la llegada de turistas de media semana y sus propietarios se aprovisionaron de los ingredientes para el champurrado, el café con canela y los manjares que rompen la dieta del más resistente. El arroyo Escamilla no dejaba de cantar, sus aguas danzaban al lado de las nevadas riveras ofreciendo una paz que muchos creían jamás recuperarían... Los artesanos veían sus negocios nevados, junto con carretones, troncos y los instrumentos para elaborar artesanías.... Y mientras los clientes llegaban, impulsados por las noticias en la televisión, algunos se daban habilidades para amasar el hielo como nieve y esculpieron diversas figuras, como los ya clásicos monitos... Aunque algunos trataron de desahogar sus pasiones de una manera singular... No acostumbrados a recibir a estos blancos visitantes, los platanares debieron doblegarse a esta fría manifestación... Pronto, sus enormes hojas perderán el alegre verdor para convertirse en amarillentos montones de vegetación aniquilada por el frío. Pero ya vendrán los tibios vientos de la primavera para brindar una nueva oportunidad a la planta tropical. Si decimos que en aquel paisaje polar vimos a un pingüino tan vez arriesgaríamos parte de nuestra credibilidad, pero el honor queda a salvo al mostrar el testimonio visual de este personaje, arrinconadito al fondo de una alfombra impecablemente blanca. El invierno ha decidido extender su presencia por estas tierras de una manera que nos obliga a reflexionar acerca de las mejores cosas de la vida que, de vez en cuando, nos pueden caer del cielo.

Crónica de Joel Sampayo