JOEL SAMPAYO
13 de enero de 2017 / 07:19 a.m.

MONTERREY.- Y la gran concha de piedra que forman las montañas en torno al valle de Monterrey se convirtió en gigantesca prisión de humos y gases que, sin poder escapar ante la falta de vientos, ennegrecieron el panorama y multiplicaron las consultas a los especialistas en enfermedades respiratorias.

Los primeros 12 días del año han sido de una contaminación sofocante que impide curarse a los enfermos, y a los sanos no los deja ejercitarse al aire libre ante el riesgo de perder la salud.

El Gobierno anunció una tibia prealerta de precontingencia ante la posibilidad de que los niveles de contaminación siguieran incrementándose hasta llegar el nivel de 165 puntos IMECA, que es cuando se toman medidas, claro, como dirían los abuelos, cuando el problemón ya nos tiene invadidos.

Pero, vale que cada quien, a la medida de sus posibilidades, evite exponerse a la intemperie.

Afuera, la atmósfera baja viene impregnada de microscópicas partículas de polvo que irritan al instante las vías respiratorias propiciando tos o estornudos, le abren la puerta a los oportunistas virus estacionarios.

La ausencia de lluvias y vientos, y la inversión de temperaturas, han extendido la presencia de los contaminantes que además da argumentos a que los mal pensados empiecen a externar el temor de medidas gubernamentales como limitar la circulación de vehículos, o resucitar las temibles verificaciones.

Por lo pronto, cuide a los enfermos y a los ancianos y afine su automóvil. No de pie a que vuelvan a acertar los que mal piensan.