FRANCISCO ZÚIÑIGA ESQUIVEL
4 de junio de 2015 / 08:53 a.m.

Monterrey.- Una mujer hondureña vive la pesadilla del viaje desde su natal país hasta los Estados Unidos, donde dice que la espera su esposo. Viaja con su hijo de cuatro años, y ha presenciado abusos, violaciones y extorsiones.

Pide dinero para poder pagar la cuota que les piden en cada estación del tren, para dejarlos seguir en paz, su nombre es Julia Arandas Castillo y su hijo Luis.

Hace dos meses inició el calvario de Julia, una mañana tomó de la mano a su hijo Luis y emprendió el camino.

Lo que ha visto en estos sesenta días, prefiere no contarlo.
La vida y la dignidad de los migrantes están al arbitrio de mucha gente, unos delincuentes, otras autoridades, pero ninguno es bueno con ellos.
Mientras ella busca como sobrevivir, el niño juega con un silbato, como si la vida fuera un paraíso para él.

En la esquina de Alfonso Reyes y Pedro María Anaya, Julia pide una moneda a la gente que pasa. Su color de piel, sus rasgos afroamericanos, la hacen demasiado visible a todos los que pasan. Tanto, que alguien denunció su presencia ante el DIF, para acusarla de que tenía a su hijo mendigando. Ella no sabe que las leyes en Nuevo León prohíben que los niños trabajen, ni siquiera pidiendo de caridad un peso que les ayude a comprar algo para comer. Ni siquiera para sobrevivir.

“Me tengo que quitar porque ya vinieron a quitarme los del DIF, dijeron que me quitara de ahí”.

Julia, su hijo y un primo llegaron a Monterrey el martes por la noche, en un tren de carga procedente del sur. Pasaron la noche en las vías del ferrocarril, cerca de la antigua estación, y por la mañana buscaron algo para comer.

Tienen que reunir dinero, porque cada vez que se suben al ferrocarril, los extorsionan. No pagar la cuota de 150 dólares, puede incluso costarle la vida.

“Cada lugar pues se baja uno a conseguir monedas para eso”.
Julia no quiere problemas, y con la ley menos. Prefiere tomar de la mano a su hijo y seguir caminando por el largo camino que aún le queda adelante. Dios proveerá, piensa, y entonces, una camioneta se detiene junto a ella y le da una bolsa.

No es mucho, sólo algo de comida y la felicidad, disfrazada de un par de zapatos, que hacen la delicia del pequeño migrante.