8 de enero de 2014 / 02:37 a.m.

 

Monterrey.- Se esfumó el encanto, y a pesar del aparatoso ausentismo en las escuelas de Monterrey por el frío intenso, con un termómetro atornillado en los cero grados, las avenidas de Monterrey retomaron sus escenario de congestionamientos por la ancestral oleada de tráfico que, como tsunami hace su reaparición aparatosa después de replegarse cada período vacacional.

 

Hizo frío, pero la anhelada nevada sobre la ciudad no se presentó. La repetición de aquel sueño sorpresivo del 9 de enero de 1967 no pudo cumplirse por la falta de humedad suficiente en la atmósfera. La necesaria para una modesta llovizna hubiera sido suficiente para blanquear casas y jardines. El ambiente se tornó seco e hizo quedar mal a los previsores del clima, aun con su experiencia y herramientas predictivas de ultima generación.

 

Sin embargo, las nubes en las montañas ocultaban una sorpresa que había que descubrir.

 

Y por eso, el capitán Carlos de la Rosa enfiló el helicóptero de Multimedios Televisión hacia las cordilleras que a diario saludan a los regiomontanos. Y entre ese ropón de nubes, y un termómetro que se fue a cuatro grados por abajo del punto de congelación, se introdujo por esos bosques de pinos que cambiaron su ropa habitual de verde y hoy lucieron ornamentos como de novia.

 

Encima de la meseta de Chipinque, donde muchas familias se amontonaron buscando el premio de cada muchos inviernos, fue donde aparecieron los paisajes alpinos, aunque no en la presentación ni en la concentración esperada.

 

Sucede que la humedad aprisionada en esos mantos nubosos fueron cristalizándose sobre las hojas de los árboles para formar capas y capas y más capas de hielo, lo suficiente para dejar una huella sobre las puntiagudas copas.

 

El paisaje fue espectacular, pero pocos pudieron disfrutar la escena por la alfombra de algodón que flotaba sobre Monterrey. A la distancia, el Cerro de la Silla hasta parecía alzarse para contemplar estos detalles que la naturaleza a veces nos envía.

 

Los bosques se convirtieron como de cristal y ni una rama se movía hasta que el señor Sol, implacable como siempre, se encargó de romper el encanto de ese paisaje como de cuentos de hadas, y la temperatura comenzó a ascender y el hielo a convertirse en agua.

 

Pero había que buscar más, y la aeronave se escurrió por los apretados callejones de piedra que forman interminables pliegues y laberintos, donde nace, se pasea, crece y duerme el río Santa Catarina, ese mismo que cada tantos años despierta para convertirse en un monstruo demoledor.

 

Los socavones y la niebla fueron haciéndose cada vez más estrechos y la idea de quedarnos encañonados, una de las situaciones más críticas en el vuelo de montaña, flotó de pronto en la mente de los navegantes del cielo. En eso, apareció como la luz al final del túnel, La Ciénega de González, un poblado a mitad de la Sierra de Santiago, Nuevo León, donde sus perfiles, de por sí hermosos, adquirieron otra dimensión por cortesía de la temperatura de siete grados bajo cero.

 

Ahí el riesgo de los hombres del aire tuvo su recompensa: los pinares, plateados por el brutal abrazo del invierno, se transformaron en una especie de sucursal de los míticos bosques de Viena, aquéllos para quien Josep Strauss se inspiró para escribir esos valses que se han convertido en referencia de la música clásica, los mismos que escuchamos en las graduaciones infantiles, en los quinceaños y en algunas de las pocas bodas donde todavía se casan de blanco.

 

Ondulantes cerros o aterradores precipicios se aliaron este día para ofrecer una estampa que envidiarían algunos de los grandes paraísos vacacionales muy lejanos. Y ahí están, a menos de 50 kilómetros de Monterrey, siguiendo una delgada carretera llena de emociones aun sin la presencia de hielo o nieve.

 

Las bajas temperaturas se convirtieron en promesa para "aplacar" a las plagas y dar una dosis del frío necesario para los frutales que se dan en las tierras altas, algo así como su vitamina.

 

En esta ocasión la palabra drama no fue escuchada. Se mantuvieron al margen los cierres de caminos, derrumbes de techos o daños causados por fenómenos naturales mayor.

 

Hoy se trató de una helada que no reventó tuberías ni lanzó voces de alerta. Un par de cobijas extra y un chocolate caliente habrían sido suficientes para mitigar los efectos de la ola ártica para aquellos que se ganan la vida en la bella soledad de la montaña.

 

JOEL SAMPAYO CLIMACO