7 de abril de 2014 / 09:20 p.m.

Monterrey.- Aquel sitio es un auténtico paraíso... pero, de pronto, en el silencio de la montaña puede surgir un grito de terror.

Nos encontramos en el cañón de San Cristobal, en la Sierra de Santiago, Nuevo León. Las estrechas paredes atraen a escaladores de todo el mundo que son capaces de arriesgar su vida con tal de conquistar estos espectaculares precipicios.

Tres semanas, cada año, el canadiense Jhon Scopan y una docena de amigos viajan a este lugar para trepar por los afamados riscos. Los curiosos observan sus temerarias maniobras que parecen fáciles, hasta que sucede un problema.

Exhausto y doblegado por el dolor, Jhon emitió lastimeros alaridos cuando estaba a mitad del acantilado de 300 metros de altura y, de inmediato, un compañero que tensaba la cuerda, lo ayudó a descolgarse como un guiñapo hasta llegar al piso... luego de despojarse de sus zapatos y descansar un poco, reconoció haber sentido miedo, pero eso, afirmó, es parte de su arriesgada afición.

Este sitio de prestigio internacional entre los escaladores está enclavado a menos de 50 kilómetros de Monterrey, en plena Sierra de Santiago... a 22 kilómetros de la Carretera Nacional, por el camino a Laguna de Sánchez, se encuentra la comunidad de Cienega de González, un valle rodeado de pinos, convertido en un bastión turístico.

De ahí debe seguir a pie o en vehículo 4x4 el curso de cinco kilómetros de un arroyo de aguas transparentes para acercarse a este lugar de fama mundial. Sin embargo, a veces llegan visitantes indeseables, son aquellos que, con bárbaros afanes de notoriedad, grafitean lo que la naturaleza tardó millones de años en modelar o destruyen pinturas rupestres dejadas por antiguas civilizaciones.

Pero también hay algunos que en el esplendor de la montaña no comprenden el valor de la ecología y convierten en basurero los barrancos y aquí las expresiones de miedo no son de los escaladores, sino de los animalitos que tienen al bosque como su casa.

A pesar de los esfuerzos destructivos de la minoría, el lugar sigue manteniendo una belleza inigualable, coronado por una cascada que se ve nutrida cada temporada de lluvias y cuyas aguas audan a taladrar el curso del Río Santa Catarina en su camino hacia Monterrey.

Plenitud y debacle de una sierra maravillosa, que es admirada por los de afuera, y destruida por los de casa... pero hay quienes aun se ostentan como defensores de la naturaleza y esperan que los visitantes, cualquiera que sea su origen, embolsen su basura y se la lleven de regreso a casa para depositarla en un lugar adecuado y que contribuyan a preservar estos sitios que no merecen ser agredidos.

Joel Sampayo Climaco