3 de marzo de 2014 / 03:10 p.m.

Monterrey.- Susana no imaginó ser la protagonista de una historia de agresión hacia sus niñas. Gritó, jaloneó y golpeó a su hija mayor desde que era bebé. No pensaba, su ira era incontrolable. 

Con sus papás, Susana nunca sufrió violencia. Asumió un papel de mujer con carácter fuerte, irritable y con fastidio. Y así se desquitaba con la pequeña Mildred.

“Tan simple como que quería que se durmiera y no se dormía, que no se tenía dos o tres años, que no recogía sus juguetes, algo tan simple pero en su momento se me hacía un mundo”, confesó.

Por las tardes, el ejercicio de las tareas se convertía en un tormento para una niña, que en la escuela no bajaba de nueve, ante el miedo de sufrir maltrato en su hogar.

“Yo de mamá hacía sus tareas con ella y era a gritos, era a golpes y siempre terminaba bien mal, pero pensaba es que no me entiende, es que le estoy diciendo, es que es simple lo que le estoy explicando”, narró.

La escena de la agresión no sólo se repetía en casa, también ocurría en la calle.

“En la calle le llegaba a pegar porque me contradecía, porque pensaba yo soy la mamá, yo tengo la razón, ella tiene que hacer lo que yo digo. Y cuando pensaba, en un impulso la agredía, le daba manazos, cachetadas”, recordó.

“Aunque fuera en la calle le gritaba, la hacía sentir muy mal física y emocional y moralmente, pensaba es que es soy explosiva y esa es mi personalidad y muchas veces pensé que me gustaba ser así”, añadió.

Nuevo León rompió récord en denuncias por violencia familiar en 2013. Comparado con un año anterior la cifra pasó de 9 mil 799 a 11 mil 761. En el presente año el número de reportes es de 888.

EDUCACIÓN A GOLPES

Martha se aferró a educar a su hijo de cinco años a golpes. Lo asustó, lo amenazó y en más de una ocasión lo empujó. El pequeño Brayan no asimilaba lo que ocurría en casa.

“Sentía que no bastaba con un manazo o una nalgada, gracias a Dios nunca le hice un daño peor, pero sí lo llegué a jalonear. Después sentía mucho arrepentimiento”, admitió.

La violencia de madre a hijo se replicó en la escuela. Una llamada fue clave para que Martha abriera los ojos ante su grave error.

“Me dijo la maestra que se había sorprendido porque un niño se burló de él y él se paró enojadísimo y lo levantó de la camisa”, añadió.

“Lo que más sorprendía es que el niño era mucho más alto que él, demostrando una fuerza exagerada por el coraje, y pensé que era mi resultado de ser una mamá agresiva”, contó con asombro.

Susana y Martha reconocieron que el papel de madres violentas les costó muy caro: temor de sus hijos; divorcios; y crisis emocionales que solo pudieron reaccionar con terapias. En grupos, como Neuróticos Anónimos, donde poco a poco convierten el odio de sus allegados en apoyo y amor.

ODIABA A MI PADRE

Para Hugo golpear a su padre en reclamo por lo que no tuvo desde niño era un acto normal. Su odio era tanto que no se conformaba con agredirlo a él, humillaba a su mamá y tenía rencillas con el resto de sus hermanos.

“Nos estaba yendo muy mal económicamente en la casa, y yo siempre me peleaba con papá, incluso ni le decía papá le hablaba por su nombre, y siempre lo estaba criticando, atacando”, relató.

“En esa ocasión le dije que por su culpa estábamos así, y se enojó y fue cuando lo agredí porque me respondió lo que le estaba diciendo”, recordó.

Todos en casa sufrían la violencia de él, hermanos y hermanas. Su mamá rompía en llanto tras cada humillación que le hacía su querido hijo.

“A mi mamá no la golpee pero si la hacía llorar mucha, incluso la regañaba o la hacía sentir como tonta o la amenazaba con suicidarse, también tengo esas tendencias, la asustaba y hasta le decía de qué manera”. 

El coraje que Hugo desquitaba en su familia, traspasó su vida. No respetaba a nadie, desquitaba su furia en quien cruzara a su paso y le llevara la contra.  

“Siempre sentí mucho coraje hacía, no nada más mi familia, todas las personas, mis vecinos, mis compañeros de trabajo, las parejas que tuve, incluso cuando me compré un coche, a mí me intolera mucho el tráfico”, comentó.

“Te topas con alguien igual que tú, ese tipo de situaciones llegué a pasar, incluso hubo un momento de mi vida que anduve armado”, señaló.

A su pareja le hizo lo mismo, la agredió y rompieron con la relación.

“Me pareció que se estaba burlando de mí, como diciendo yo tengo trabajo y tú no, lo que hacía con ella era que me hablaba y la ignoraba, como estamos hablando tu y yo y la ignoraba y en esa ocasión ella no se aguantó y se fue y la alcancé y le provoqué esa lesión”.

La locura de Hugo tenía un motivo, un coraje, un resentimiento hacia su progenitor; y la carencia económica en el hogar.

“Yo veía a mi papá como el culpable de que no tengamos fiestas, que yo no traiga ropa bonita, que en mi casa no sea agradable, hoy lo veo que empecé a acumular un resentimiento”, indicó.

Hoy Hugo acude a terapia en grupo; controla su emoción e intenta cicatrizar con amor las huellas que dejaron los golpes en sus seres queridos.

José Plata