11 de mayo de 2014 / 12:18 a.m.

Monterrey.- Las manos con arrugas de Eva cortan con velocidad una decena de tortillas en pequeños trozos. Con un movimiento rápido de la mano los deja caer en aceite hirviendo, haciendo el sonido característico y despertando los aromas de la cocina; esos que por extraño que parezca, con el sonido despierta el apetito.

Mientras baja la flama pregunta qué se antoja desayunar. Pero no lo pregunta a su hijo. Eva tiene que atender el pedido de al menos una decena de comensales en la barra de la cafetería Callitos, ubicada en el primer cuadro de la ciudad, y en donde comienza su "festejo" del Día de las Madres.

"¿Usted cree que me van a dar ganas de llegar a la cas ay todavía hacer de comer?", pregunta con una risa irónica, pero llena de alegría, como quien a pesar de festejar su día como madre de familia, lo disfruta en el trabajo que ha tenido desde hace varios años.

"Claro que uno trae aquí el sazón de mamá, pero lo menos que quiere una al llegar a la casa es hacer de comer. Si se trata de festejar, pues que nos festejen", sonríe mientras de forma hábil corta rebanadas de aguacate para dejarlas suavemente al costado de un plato de machacado; son cinco rebanadas de aguacate por plato, todas con impecable simetría.

Doña Eva recibe en su "oficina", como ella la llama, a quien decide charlar, aunque de vez en vez la plática se posterga entre los pedidos y los platillos especiales. Pese a ello, su atención se mantiene, como una madre al conversar con su hijo.

Su labor comienza al despuntar el alba, a las 6:00 de la mañana, y tras un recorrido de una hora desde su hogar, al poniente de Monterrey en sus límites con García. Implora su hora de salida a las 2:00 de la tarde, aunque como madre, es paciente, y aguarda.

"Una se acostumbra a trabajar festivos, días que se celebran, pero pos así nos tocó, ni qué hacerle, lo bueno es que hay trabajo", asegura con una sonrisa y una diminuta carcajada mientras sirve un café americano a un hombre de bigote que lee algunas notas policíacas en un periódico del día, quien sumido en su mundo, ni siquiera agradece. "Hay a quienes no les enseñan modales en su casa las mamás", dice en voz baja la mujer de poco más de sesenta años, quien no pierde la energía para continuar su día.

Su regalo, contrario a otras madres de familia no es mucho: pasar el día con sus hijos, nietos y su esposo; ese hombre al que señala, le agradece haberle dado la dicha de convertirla en madre, aunque como diga ella misma "a veces es medio terco y hay que educarlo como a otro hijo".

Israel Santacruz