5 de marzo de 2014 / 02:30 a.m.

Monterrey.- Su sueño era llegar a Estados Unidos a ganar dinero. Su pesadilla es seguir en los cruceros de Monterrey pidiendo unas monedas para seguir el viaje, aunque generalmente no les alcanzan ni para comer.

Alexander es hondureño y tiene ya tres meses en la ciudad. Cada día, llega a distintos lugares, donde pide unas monedas a los automovilistas. Su meta, reunir unos 2 mil 600 dólares que le cuesta el paso por la frontera, ayudado por un "pollero".

"Yo no pude pasar para los Estados Unidos, y me deportaron hace tres meses, aquí pedimos para rentar un cuarto, y para comer algo", dice el joven, de 22 años de edad, aproximadamente.

Junto con él, otros migrantes centroamericanos hacen equipo en Sendero y Universidad, en San Nicolás.

Cuando ven las cámaras, unos huyen, temerosos de que venga una redada que los mande deportados, o que simplemente les quite lo que traen en los bolsillos.

Otro, se acerca y pregunta cuánto le pagarán por la entrevista.

"El otro día una chava de una televisora me dio 500 pesos, de veras", dice muy seguro, como queriendo convencernos de que le paguemos alguna cantidad.

No hay trato, y se retira.

Mientras, Alexander sigue pidiendo. Ahí lo abordamos, sobre la marcha. Sobre la avenida Universidad.

"¿Cómo te va, que haces aquí?", le preguntamos.

Empieza a platicar, su deportación, la diaria lucha por sobrevivir, sacar unos centavos o pesos, para comer.

Siempre les dan algo. La gente es dadivosa y solidaria.

Ahora pide porque nadie le da trabajo por su situación de ilegal. 

"A mí nadie me da trabajo, porque no tengo papeles, soy ilegal, por eso tengo que juntar dinero, para irme a los Estados Unidos", advierte muy seguro de que lo logrará.

Duerme donde puede, tiene que esconderse por el temor a toparse con alguna autoridad que lo envíe a Migración, y de su familia sólo le queda el recuerdo. Imposible comunicarse con ellos sin dinero. Imposible volver.

No hay otra opción más que llegar a los Estados Unidos.

La historia de Alexander es la de muchos migrantes. Su pobreza lo empujó, pero no suficiente. Se quedó en la orilla del sueño americano.

Francisco Zúñiga Esquivel