JOEL SAMPAYO CLIMACO
4 de septiembre de 2017 / 10:53 p.m.

MONTERREY.- A mis nueve años de edad la primera imagen de Roberto Hernández Junior era el de un personaje de bigote recortado y cabello de cepillo que justificaba el apodo de “Cepillín” con el que se referían a él en las pantallas del canal seis de Monterrey.

Compartía micrófonos con otro acelerado: Rubén Aguirre Fuentes, que años más tarde sería inmortalizado en su personaje de El Profesor Jirafales, quien a pesar de medir casi dos metros, había sido bautizado como “El Shory”, o el chaparro, por Kippy Casado, dinámica conductora de programas musicales.

En la incipiente televisión regiomontana había una sana competencia en una barra juvenil con “Muévanse Todos” con Vianey Valdés, mientras en el canal 3, un impetuoso estudiante de arquitectura, Héctor Benavides, conducía El Clan del Martillito.

Don Roberto siempre fue aguerrido defensor de la camiseta. Narra su hijo Roberto Hernández Contreras, que su padre le dio tremenda regañiza cuando lo sorprendió viendo en un canal de la competencia “Thunderbirds en Acción”.

Tiempos de rock, de juventud rebelde y de crecimiento en el que el beisbol era el rey y al futbol, el estadio Tecnológico se veía salpicado con unos cuantos aficionados que seguían a los Jabatos de Nuevo León o a los Rayados del Monterrey.

Aquí empecé a escuchar la bien timbrada voz de Roberto Hernández Junior en la radio y en la televisión, ya que había transmisión abierta. Un partido aburrido lo convertía en un emotivo evento.

En 1974, mis primeras andanzas del periodismo fueron conviviendo con don Roberto Hernández Junior en el Diario de Monterrey, simiente de lo que hoy es la División Prensa del Grupo Multimedios. Escribía su columna de futbol, impulsando siempre al balompié con ese estilo condimentado en la polémica.

Durante los 43 años que tuve oportunidad de convivir con él, siempre se le vio sonriente y bromeaba al menor estímulo. Al iniciar Futbol al Día, primero de cinco minutos, recientemente de una hora y media, las únicas ocasiones en que se enojaba era cuando el Telediario de Maria Julia La Fuente invadía uno o dos minutos del tiempo de su programa. Reclamaba al aire y se dejaban de hablar. Al paso de los días, tan cuates como siempre.

A pesar de sus polémicos contenidos, era respetuoso de las instituciones. En una ocasión, olvidó su pase de prensa y el apenadísimo personal de seguridad del Estadio Universitario le negó la entrada. Simplemente se dio media vuelta y se retiró, convencido que había que cumplir las reglas.

Era un sabio, pero su modestia no le permitía ostentarlo. Delicioso conversador de futbol americano, beisbol, box, de política o temas de actualidad, don Rober no perdía la oportunidad de dar consejos, en las juntas, en los paternales regaños, en su presencia en las pantallas.

Gozó y lloró con sus Tigres. Soportó las injurias de sus detractores. Era enemigo del elogio gratuito. Rechazaba las lisonjas y no perdía oportunidad de criticar, con fundamento, a quien caía en el error.
Fue hombre de familia. Su esposa Margarita, sus hijos, sus nietos, siempre estuvieron cerca de él, cuando prematuramente, cuando aun tenía mucho que aportar, decidió suspender sus incontables viajes por el mundo detrás del balón y las estrellas que lo impulsaban.

Luchador durante toda su vida, ni el traicionero cáncer logró apagar su voz y aun agobiado por la enfermedad, se presentaba ante las cámaras para lanzar sus esperados comentarios.

Murió don Rober. Nació la leyenda.


pjt